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Moroso elogio de la paciencia

La Cantabria rural es lo que empieza justo al salir de la ciudad… es un espacio bastante grande y desconocido donde podrás encontrar cosas sorprendentes

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Camino de la reserva natural del Saja. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Camino de la reserva natural del Saja. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Andaba yo el otro día tan ufano como siempre, haciendo una de esas múltiples gestiones en las que se nos van años de vida, salud mental y, seguramente, sosiego espiritual. ¿Han visto “Asterix y las doce pruebas”, cuando a los irreductibles galos casi les derrotan a base de burocracia? Pues algo así, sólo que en el sector privado, que parece que jode más, ¿no?...

El caso es que mientras esperaba en la cola (la empecé siendo un adolescente ilusionado e ilusionante, y salí convertido en esto que ahora ven) me entretuve en mirar a mi alrededor, porque los paisajes no son solamente rurales, quizás. Y allí estaba. La abducción completa, total y absoluta del ser humano. Pequeñas fotocopias que miraban embobados sus móviles sin alzar la vista lo más mínimo, y que poseían un sexto sentido para ver avanzar la fila sin necesidad de despegar sus ojos del aparatejo. La pesadilla de Orwell, Skynet a tope de anfetas, Asimov después de meterse un cocido montañés entre pecho y espalda. Esas cosas. Que, a todo esto, puedo señalar que yo estaba ahí con un libro en la mano, pero no hemos venido a hablar de mis taras, sino de las ajenas, que siempre divierten más. Y además lo otro me da para un artículo diferente, y no es cuestión de ir derrochando.

El lienzo me recordaba a una conocida fotografía del creador de una red social pasando junto a un grupo de enfervorecidos fans que esperaban a que diera su discurso magistral sobre la nueva chorrada intrascendente que había inventado. La particularidad era que mientras el pizpireto multimillonario aparecía vestido con su ropa normal todos los demás asistentes tenían puestas unas aparatosas gafas de “realidad virtual” que, de facto, les uniformizaban como si fueran un ejército de autómatas destinados a rebelarse contra la raza humana. Escalofriante, oigan.

Pero volvamos a mi temblor al encontrarme entre hombres y mujeres a un móvil pegados, cual gongorinas napias. Me llamó la atención no el hecho, ya muy frecuente, sino la propia identidad del mismo, su trasfondo, que diría si fuese un poco pedante. Es decir, con ese recurso inmediato al teléfono eliminamos el propio concepto de espera. Que es una cosa muy enojosa y muy pesada, pero oigan…existe. En otras palabras, parece que hay la necesidad de cubrir con elementos de ocio cualquier momento de nuestras vidas, como si la inexistencia de tal ocio fuese siempre el tedio. Algo que no es necesariamente cierto.

Sobre esto escuchaba el otro día en la radio a una psicopedagoga hablar sobre el peligro de dar un artefacto electrónico a los niños cada vez que estemos haciendo una cola o esperando algo con ellos al lado. Claro, parece la manera más sencilla de tenerles “entretenidos” (que es como decir quietos y calladitos). Pero, apuntaba la profesional, eso hará que no aprendan el valor de la paciencia.

Joder, el valor de la paciencia. Qué palabras. Cómo se desprecia hoy en día, y lo importante que es. Pero pareciera que no. Si te pasas más rato de la cuenta esperando algo tienes la sensación (nos han vendido que debemos tener la sensación) de perder el tiempo. Es un mundo acelerado, donde los premios son tan inmediatos que, forzosamente, resultan superficiales y fácilmente olvidables. Por su propia naturaleza. Vuelvan al párrafo anterior…el valor de la paciencia.

Seguro que alguno pensará que yo digo esto por mi tendencia a la morosidad, por mi infinita capacidad para hacer las cosas despacio y con tranquilidad. Pero no es verdad, o no al menos por completo. Paseen, paseen por la Cantabria rural (aclaración para los urbanitas de pro… la Cantabria rural es lo que empieza justo al salir de la ciudad…es un espacio bastante grande y desconocido donde podrás encontrar cosas sorprendentes, como silencio, prados y misteriosos habitantes con costumbres propias que te parecerán pintorescas en un primer momento). Paseen, digo, por los pueblos, y fíjense, por favor, en los mastines, esos enormes perrazos que parecen hacerlo todo a cámara lenta. Y ahora díganme si no tienen aspecto de ser cojonudamente felices. En plan tranquilo, como si les costara incluso ladrar. Pero felices.

Sean buenos y aprecien la paciencia. Los premios que esconde suelen ser mejores que los traídos por las prisas.

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