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La biblioteca

No importaba si afuera llovía y la galerna arrancaba paraguas de cuajo, o si hacía calor y la humedad dificultaba la respiración: en la biblioteca el clima era siempre perfecto.

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Interior de la Biblioteca Central de Cantabria en Santander.

Interior de la Biblioteca Central de Cantabria en Santander.

En los días de verano, de sol y aire pesado, la calle Castilla se parecía a las calles de antiguos veranos en Andalucía. La calle Castilla, con sus bares de vecinos de siempre y sus supermercados de emigrantes y su acera en sombra, conducía, rectilínea, hasta una intersección que giraba hacia el mar para encontrar la Biblioteca Central de Cantabria. Qué idiota y para nada sería el mundo sin bibliotecas...

No tenían a Fante, pero tenían a Maiakovski. No tenían a Dovlatov, pero tenían a Boris Vian. Y un surtido amplio de Stefan Zweig y Sherwood Anderson. Un techo altísimo y mucho espacio vacío. Unos baños que siempre estaban limpios y el internet de los pobres: conexión a través de explorer y una impresora láser atareada con billetes de avión, noches de hotel y súplicas a la administración.

Afuera llovía, la galerna arrancaba de cuajo paraguas desprevenidos; afuera se pavoneaba el sol, la húmedad y la sal emborronaban la respiración; no importaba: la biblioteca tenía siempre el clima perfecto. La planta de arriba, en primavera, se llenaba de estudiantes que huían en dirección contraria al tiempo. Abajo, en la sección de cómics, uno encontraba siempre lectores despreocupados. Otros lugares -geografía, matemáticas, religión, poesía- estaban casi siempre deshabitados.

En la Biblioteca Central de Cantabria descubrí por casualidad a Joseph Roth. Recuerdo sobre todo una novela: El peso falso. Va de un pobre guardia fronterizo que pierde la cordura y la vida por culpa de una gitana de la Galitzia. O quizá es al revés, y el pobre hombre gana la locura y la muerte. Roth escribía sin liturgias, como un niño que juega a pegarle patadas a una naranja, y vivía con dramatismos: perdió su país en la guerra y a su mujer en un manicomio de Viena. Murió en París, solo, quebrado y triste. Bebía. Es un mundo difícil. Recuerdo la biblioteca porque recuerdo aquel libro. Y recuerdo aquel libro porque recuerdo una profecía, la profecía que condenó al ingenuo guardia fronterizo de la historia: los ojos de ella, de un azul intenso, le recordaban el mar; a él, que nunca había visto el mar.

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