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En la guerra como en la guerra

Tenemos que despabilar amigos para que cuando llegue el derrumbe que llegará, no nos pille debajo

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Se derrumba parte de un edificio desalojado esta mañana en Santander

Varias personas observan la fachada derrumbada en la calle Sol, en Santander. EFE

Calle del Sol. El derrumbe se produjo la tarde del 19 de julio aunque nadie murió bajo los escombros gracias a “la anticipada, desesperada y persistente lucha de los vecinos contra la propia administración local que debió protegerles”. Sí, en la guerra como en la guerra, amigos. Ahí tienen a los vecinos peleando contra el Consistorio que “permitió obras irregulares a un empresario”. Sin miedo. Por el miedo. Gracias al miedo. Y contra la corrupción.

Y ahora que lo pienso, este derrumbe, en plan metáfora, podría servir para sacar algunas conclusiones. No sé. Quizá. Voy a intentarlo.

Así, a bote pronto se me ocurreque los “vecinos” (mujeres y hombres) nos atrevemos a ser valientes porque nuestra imaginación es incapaz de sentir el miedo que debería a las monstruosas consecuencias de ciertas realidades. Creo que tendríamos que entrenar más. Para entender las consecuencias de realidades tan obtusas (corrupción, estulticia, crueldad) tendríamos que entrenar más… ¿Qué cosa? Pues la imaginación. ¿Qué otra cosa? La imaginación es algo imprescindible si queremos entender mejor la desproporcionada situación en la que nos han coloca dotantos sinvergüenzas. La imaginación es necesaria si queremos garantizar de alguna mínima manera nuestra supervivencia.

Tenemos que despabilar amigos para que cuando llegue el derrumbe que llegará, no nos pille debajo pues ya hemos visto que los supuestos responsables de nuestra salvaguarda, incapaces e inservibles como zorros cuidando de gallinas, no son capaces siquiera de garantizar que el techo de nuestras casas no se nos venga encima.

Durante los juicios de Núremberg la opinión pública quedó escandalizada por la insistencia de los criminales nazis en explicar sus acciones como mero cumplimiento de instrucciones, es decir, según ellos lo único que hacían era desempañar su trabajo con la eficiencia que se espera de todo buen empleado.  Estoy segura que siguiendo esta misma lógica de elusión, los corruptos actuales consideran que sus actos o tareas están desvinculados de toda consecuencia moral, lo que les lleva a sostener delante de nuestras mismas narices un sistema pavoroso de devastación ya sea en las Instituciones (¿queda alguna?), en la Naturaleza, en la Educación, en la Salud...

¿Y nosotros? ¿Qué hacemos mientras tanto? ¿Cómo es que somos tan incapaces de detener el horrible desastre que parece agazapado detrás de cada decisión que tomamos o - más bien– de cada decisión que permitimos que tomen por nosotros? De verdad, no quiero ser una agonías, es más, todavía conservo una fe inquebrantable en “los vecinos” de todo el mundo, en todas esas personas con nombres y apellidos que juntas se obstinan en sostener un sentido entre los despojos de lo que fue sabiendo, por supuesto, que aquello, aquel capitalismo primigenio, aquella descontrolada locura, aquel desarrollismo continuadono volverá a repetirse.

Pero bueno, tampoco es cosa de dejarnos abrumar por una tristeza exagerada. Estamos vivos. Y todavía coleando. Quizá podríamos hacer algo aunque no nos dejen hacer nada.

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