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Sobre rencillas y debates

Criticar con más fuerza lo que se considera propio no es desmerecerlo, sino intentar lograr la excelencia que se anhela tenga. Y eso vale para todo en la vida. También, claro, para la política.

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A mí muchas veces me dicen que me meto demasiado con la izquierda. Con los políticos de izquierdas y con sus actuaciones. Me dicen, ellos, que es un mal propio de la misma orientación, que donde las fuerzas conservadoras se muestran inasequibles, cerrando filas, los "progresistas" (dejémoslo así, por no enredar el debate) se pierden en luchas internas, en el "y tú más", en criticarse en demasía comportamientos que pueden ser poco edificantes, sí, pero que en ocasiones (solo en ocasiones) pueden no pasar de lo meramente ornamental. Y, ¿saben qué? Quienes me comentan eso tienen toda la razón. Yo me meto muchísimo con la izquierda, soy furibundamente crítico, soy un opinante que no deja pasar una…

Roberto Bolaño era un escritor chileno al que le ardía el alma en letras, y que ha dejado una de las obras más intelectualmente coherentes del último siglo. Fue un poeta pasable que escondía, aun a su pesar, a un narrador mayor, quizá el que mejor ha entendido lo que es ser latinoamericano y escribir en un momento, post-boom, en que no era rentable ser latinoamericano y escribir. Una lengua afilada, además. Una personalidad arrolladora.

Roberto Bolaño falleció muy joven, demasiado para los muchos que bebíamos su obra con furia de antiguos alcohólicos rehabilitados. Pero tuvo, antes de irse, un rasgo de genialidad y coquetería difícilmente superable. El de conceder una entrevista, su última entrevista, a la revista Playboy. Una efectuada a distancia, con el enfermo recibiendo las preguntas y escupiendo mordaces respuestas (por favor, léanla, es imposible no imaginarle con una sonrisa en la boca) que acaban componiendo un corpus tan reconocible como irónico.

Tranquilos, que ya llegamos al lugar donde pretendo llevarles. En una de las cuestiones a Bolaño le inquieren sobre qué cosas le aburren, y su respuesta es concisa: "El discurso vacío de la izquierda. El discurso vacío de la derecha ya lo doy por sentado". Y se reiría mientras tecleaba, el cabrón genial.

El caso es que esta frase, que parece una provocación más del provocador por excelencia, esconde una reflexión extraordinariamente profunda. La de quien se desconcierta con la vacuidad de lo propio porque está convencido de la vacuidad de lo ajeno. La de quien es más exigente con aquellos que, considera, defienden sus ideas, precisamente porque es en ellos en quien más debiera confiar. Porque son, claro, los que pretenden hacer realidad lo que tanto anhela. Y luego, cuando se cae el mito, la decepción es mayor. Más impactante. Más dolorosa.

Criticar ferozmente a la izquierda es un ejercicio tan divertido desde la derecha como necesario desde la izquierda. Los primeros buscan torpedear al adversario, juguetearle cosquillas que puedan arrancar un renuncio, mostrar en el espejo que la limpieza esconde también un trazo de suciedad. Y es normal, lógico, incluso.

Pero resulta distinto si la crítica viene desde la propia izquierda. Yo nunca he entendido como negativo el exceso de ortodoxia que algunos parecen exigir a sus "correligionarios". Es decir, si no estás orgulloso de ellos, de quién podrás acabar estándolo. Si no piensas que son las personas adecuadas, con la preparación precisa y la maduración de ideas suficiente para llevar a cabo el proyecto político y filosófico con el que te sientes identificado… ¿quiénes podrán serlo? Criticar a la izquierda desde la izquierda (y, por cierto, la denominación aun sigue teniendo sentido, mal que les pese a algunos políticos que gustan de esconderse bajo ropajes distintos) no es hacerle el juego a los conservadores… es poner en el adecuado punto de importancia las ideas propias.

No entiendo a quienes sacan el argumento vacío del "y tú más". Es pueril, es repulsivo. No quiero que haya "menos", lo normal sería querer que no hubiera "nada". Tampoco entiendo a quienes cubren bajo su manto a corruptos, ineptos, lameruzos, estólidos, alucinados, resentidos o trepas solo porque llevan sus mismas siglas, o gritan sus mismas soflamas. No, pienso que no es el camino. No me importa (no me importa tanto) que otros sectores estén plagados de esta fauna. Allá ellos, que les critiquen desde su trinchera (salvo si tocan dinero público, ahí sí que hablamos de otra cosa). Lo que me duele, lo que me aterra, es que ocurra entre aquellos con los que me siento (o me podría sentir) identificado. Y reír gracietas propias cuando se abuchean gracias ajenas me parece una salida tan pueril como peligrosa a la larga. De una sobreabundancia, además, desesperanzadora.

Claro que critico mucho a la izquierda, y claro que la izquierda se pasa la vida criticándose a sí misma, a las diferentes facciones de sí misma que se ocupan de surgir aquí y allá como setas en otoño. Por supuesto que esto ocurre. Y no hace falta que diga que miraré con ojos de mayor exigencia a quienes representan esas ideas que a quienes lo hacen con otras. Y que, a mí, me ofende más la falta de dignidad o preparación cuando quien la exhibe (y quienes la jalean) entran dentro de eso que se llama izquierda. Cómo no iba a hacerlo. Eso no es malo, al contrario, la exigencia nunca puede serlo. Cómo no íbamos a ser críticos. Bastante poco lo estamos siendo.

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