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Bienaventuradas sean las elecciones

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El año 15 lleva camino de convertirse en el Año de la Urnas. Se inició el periplo, con unas elecciones griegas pero con acento muy europeo; en marzo, vendrán las andaluzas como las primeras que marcaran tendencia en España. Más vale una elección parcial que mil encuestas globales. Para mayo, la ciudadanía tendrá que decidir sobre más de 8.000 municipios y trece comunidades autónomas; en septiembre, las catalanas con sabor a plebiscito: y para acabar, en noviembre las Generales.

Las elecciones no crean riqueza, ni empleo; como mucho activan alguna parte de la economía, básicamente la comercial. Por otra parte, el poder político se encuentra relativizado, no es omnímodo, antes al contrario. La globalización económica y el marco de la Unión Europea provocan que las instituciones políticas propias vean reducido su perímetro decisorio. Después del día electoral los problemas siguen, no desaparecen: paro, pobreza, deuda pública…

Así pues, la vida seguirá su curso, gane quien gane. Labordeta narraba que en una ocasión que había cosechado un éxito electoral, su buen amigo, el sociólogo, Mario Gabiria paraba a los viandantes diciéndoles que mañana no había que ir a trabajar, que había ganado la izquierda. Poner demasiadas expectativas en las urnas puede llevar a grandes frustraciones. Éstas no son el Bálsamo de Fierabrás que todos los males remedian.

Pero si bien las urnas no dan la felicidad, ni son mágicas, no es menos cierto que las urnas dotan de legitimidad democrática a las instituciones. Renuevan el ejercicio democrático y aportan un mecanismo regenerador para la llamada clase política. Las elecciones actúan como elemento higiénico al renovar a los cargos públicos y dotar de nueva legitimidad ciudadana a las instituciones.

La ciudadanía estima que la actual política no es válida, ni positiva. Ante ello, no queda otra que construir otro relato que explique, justifique y trasparente aquello en lo que se decide

En estos momentos, nos encontramos ante una de las crisis políticas más importantes de las habidas en nuestra reciente historia. Son muchos los que arremeten contra el actual sistema de partidos; con los instalados. Pero, a mi modo de ver, esta desconfianza es más síntoma que enfermedad. Estamos ante un cambio radical en el modelo social, donde las viejas políticas ya no sirven. Se precisa otros canales de intermediación y otro diálogo entre sociedad e instituciones. Según el Barómetro del CIS de enero, casi ocho de cada diez personas considera mala o muy mala la situación política actual de España. Algo verdaderamente inquietante. La ciudadanía estima que la actual política no es válida, ni positiva. Ante ello, no queda otra que construir otro relato que explique, justifique y trasparente aquello en lo que se decide. Un relato con consecuencias, no como demagogia.

Por todo ello, bienvenidas sean las elecciones, en sus múltiples formas. Bienaventuradas sean las mismas porque ellas nos dotarán de fuerza política renovada y de impulso democrático. Necesarios ambos elementos para afrontar los graves retos a los que nos enfrentamos. Porque no hay nada más poderoso que la esperanza.

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