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Nuevo paradigma frente al cambio climático

La pregunta no es si existe o no un proceso de cambio climático, sino cuál es su velocidad y la definición del combate para entrar en un nuevo proceso de ralentización

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Imagen ficticia de la playa de la Concha devastada.

Imagen ficticia de la playa de la Concha devastada.

Todo el mundo habla hoy en día sobre el cambio climático, y el interés social a todos los niveles ha crecido enormemente. Como botón de prueba de la importancia del cambio climático, está el dato de que el 72% de la sociedad vasca considera la protección del medio ambiente y la lucha contra la contaminación como una cuestión inmediata y urgente, siendo el cambio climático el segundo problema medioambiental más importante, por detrás de la contaminación del aire, según el estudio Medio Ambiente y Energía del Gabinete de Prospección Sociológica del Gobierno Vasco.

Hay una casi práctica unanimidad en que el fenómeno del cambio climático es un hecho en marcha y que la mano del ser humano está teniendo una incidencia sensible en su desarrollo. La pregunta no es si existe o no un proceso de cambio climático, sino cuál es su velocidad y la definición del combate para entrar en un nuevo proceso de ralentización.

Es evidente que estamos en un proceso de cambio climático pero es evidente, también, que existe margen para combatirlo. No es bueno trasmitir la idea de que esto ya no hay quién lo pare. En definitiva, el cambio climático existe, y por lo tanto no es preciso inventarlo para justificar medidas de prevención de emisiones de gases de efecto invernadero.

El desafío es el tránsito de una sociedad intensiva en CO2, principal gas responsable de las emisiones de gases de efecto invernadero, a otra nueva descarbonatada. Este desafío es evidentemente un reto, pero también una oportunidad, o mejor, un conjunto de oportunidades económicas, sociales, medioambientales…

El coste de no actuar

El cambio climático no es sólo un problema de ámbito ambiental, sino también, económico y social, de primer orden.

Actuar es mucho más barato que no actuar. Un reciente estudio de “The Economist” estima que el aumento de temperaturas hará perder 4,2 billones dólares en activos, una cifra equivalente al valor total de todas las compañías de gas y petróleo que cotizan en Bolsa. Con independencia de la fiabilidad que merezcan estas cifras, en gran medida dependientes de las probabilidades asociadas, las órdenes de magnitud en que se mueven justifican la atención que merece ese frente de nuevos riesgos.

La lucha contra el cambio climático es un problema de toda la sociedad y no sólo de las administraciones y de las empresas, aunque lógicamente la responsabilidad de cada cual no es la misma. Además, es un problema intrínsecamente perverso porque todos los diagnósticos coinciden en que van a ser especialmente afectados aquellos que no han colaborado en el deterioro de la situación. Este es uno de los datos de partida más complicados del proceso, porque los países más avanzados son los que tienen margen de maniobra.

Estas amenazas se combinan diabólicamente con el uso de los recursos naturales del Planeta. Es una cuestión de equidad. El 22% de la población más desfavorecida del mundo consume más del 86% de los recursos naturales y sólo es responsable de la generación del 3% de las emisiones de CO2.

Como botón de prueba de la importancia del cambio climático, está el dato de que el 72% de la sociedad vasca considera la protección del medio ambiente y la lucha contra la contaminación como una cuestión inmediata y urgente,

Los efectos del cambio climático incluso en una versión muy ralentizada, no hará sino exacerbar esa situación. Seguir invirtiendo todo el ahorro estatal o nacional en el hiperconsumo de recursos es insostenible, pasará factura y es una opción sin futuro.

Si toda la población mundial viviera con el estilo de vida de los europeos, necesitaríamos nueve planetas para satisfacer nuestras necesidades (huella ecológica).

Las emisiones aquí

Análogamente a la huella ecológica, se ha desarrollado otros indicadores como la huella de carbono. La huella de carbono es un indicador del impacto que las actividades humanas tienen en el entorno en términos de la cantidad de gases de efecto invernadero producido, en unidades de dióxido de carbono (CO2).

La profundización de la reducción de la huella de carbono requiere un compromiso compartido entre las administraciones y entidades públicas, las empresas y asociaciones de la sociedad civil y la ciudadanía en general. Este compromiso permitirá desarrollar las estrategias más eficientes de reducción de contenido de carbono a través de su ciclo de vida, a lo largo de toda la cadena de proveedores y clientes de cada empresa u organización. La huella de carbono se puede disminuir con medidas de ahorro y eficiencia. Esto constituye una primera fase, muy útil e importante, pero tiene un límite muy bajo en relación con el reto planteado, a pesar de su envergadura. Sería la actuación a corto plazo.

En relación con las emisiones de gases de efecto invernadero, la Agencia Europea del Medio Ambiente (EEA) acaba de publicar el inventario de la UE. En conjunto, los 27 se mueven en la dirección correcta. En 2014, el último año del que se disponen datos ya cerrados, las emisiones cayeron un 4,1% respecto al ejercicio anterior. Si se compara la evolución desde 1990, el año que se toma como referencia en la lucha contra el cambio climático, la bajada es mucho mayor: un 24,4%. En todo el planeta se está produciendo un movimiento que muchos analistas consideran clave: la economía global ha seguido creciendo en los dos últimos años y las emisiones se han estancado.

Pero, no es el caso del Estado Español. Los datos no apuntan  hacia esa dirección. Cuando el PIB empezó a bajar en 2008, las emisiones bajaron. Pero en los últimos dos años, el PIB y las emisiones han crecido. Es decir, las políticas desde 2008 han ignorado el CO2. Si se toma como referencia el período 1990-2014, las emisiones en España han aumentado un 15%, mientras que en Europa han bajado un 24,4%.

¿En Euskadi qué ha pasado? Las emisiones de gases de efecto invernadero en el período 1990-2014 has disminuido en un 10%. Y esto se ha logrado a pesar de que en estos 24 años la economía ha crecido un 69%, lo que implica una mejora de la eficiencia de la sociedad vasca del 47% en términos de CO2 por unidad de PIB generada. Si tomamos el año 2005, año de referencia para el reparto de esfuerzos de la UE, se han reducido las emisiones en un 25%. Las realidades como se pueden ver son muy diferentes entre el conjunto del Estado y Euskadi, aunque también hay que decir que en la Comunidad Autónoma del País Vasco todavía tenemos un trabajo importante por delante.

De acuerdo con el compromiso adquirido por la Unión Europea, la Estrategia KLIMA 2050 del País Vasco fija un objetivo de reducción para el año 2030 del 40% de las emisiones de gases de efecto invernadero con respecto a 2005, y del 80% para el año 2050. Asimismo, se espera alcanzar en el año 2050 un consumo de energía renovable del 40% sobre el consumo final.

Para conseguir el objetivo de una sociedad descarbonatada no vale simplemente con trabajar en el campo de la eficiencia ambiental, sino que necesariamente hay que trabajar en una gestión de la demanda. Esto obliga a hacer una reingeniería de la sociedad. En consecuencia, las medidas a largo plazo tienen que ir destinadas a un cambio del sistema referencial, es decir, hacia el establecimiento de un nuevo paradigma. No es suficiente trabajar sobre la Oferta, a partir de políticas que mejoren la eficiencia, ya que quedan superadas por el crecimiento de las tasas de consumo de los nuevos bienes y servicios. Es imprescindible, pues, pasar a gestionar la Demanda, y esto no puede hacerse sin un cambio cultural.

En definitiva, es necesario definir las bases de una sociedad descarbonatada que permitan establecer el nuevo paradigma. Hay que aprovechar la oportunidad para hacer una reingeniería social a favor de la sostenibilidad.

¿Cómo llegar al nuevo paradigma?

El nuevo paradigma es una sociedad diferente que tenga necesidades diferentes. Para llegar a este nuevo paradigma, las nuevas políticas deben basarse en:

  • Una visión integral e integradora. El objetivo no debe ser el crecimiento del PIB, sino la mejora de la calidad de vida, de la sostenibilidad del modelo socioeconómico, y de la eficiencia en el consumo de recursos y en la generación de la carga ambiental.
  • Una concepción del reto como oportunidad.
  • Una orientación hacia la preservación de los recursos y la minimización de los impactos ambientales.
  • Instrumentos económicos inteligentes, que trasfieran la fiscalidad actual sobre los valores añadidos, a otra basada en la ecológica y en el consumo de recursos.

La verdad es que el esfuerzo valiente, decidido e inteligente en prevención del cambio climático tiene sin duda alguna un premio seguro, mientras que el lamento en la inacción es totalmente estéril.

 

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