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¿Para qué tienen tiempo las nuevas generaciones cuando no están trabajando, buscando un trabajo o preguntándose cómo es posible que en este desconcertante país tengamos que volver a depender de nuevo de la propina porque nos están haciendo a todos camareros?

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Las carnicerías y las pescaderías de otro tiempo, el tiempo de mis padres, están desapareciendo del barrio donde me hice una infancia para ser sustituidas por bares, sobre todo, y por establecimientos hosteleros donde venden comida preparada para llevar a casa. Ya poca gente cocina.

Las nuevas generaciones apenas tienen tiempo para nada, mucho menos para cocinar, así que compran la comida preparada en estos establecimientos y comen pizzas, sashimi, sushi, hamburguesas, pollos asados, ensaladas plastificadas, bocadillos y otros productos alimenticios exhibidos en establecimientos que, curiosamente, no suelen disponer ni de cocina ni mucho menos de cocinero. La inmediatez, la obtención de las cosas del modo más inmediato posible, es una de las características que mejor define a los jóvenes de esta época. Cocinar es un proceso lento, minucioso, imaginativo que requiere de tiempo, paciencia, buenos alimentos y dedicación, pero los jóvenes actuales son personas que han sido educadas para satisfacerse de una manera inmediata, sin tiempo que perder.

La inmediatez, la obtención de las cosas del modo más inmediato posible, es una de las características que mejor define a los jóvenes de esta época

¿Para qué tienen tiempo las nuevas generaciones cuando no están trabajando, buscando un trabajo o preguntándose cómo es posible que en este desconcertante país tengamos que volver a depender de nuevo de la propina porque nos están haciendo a todos camareros?. No es que me considere muy versado en este y otros asuntos, pero por lo visto, señor obispo, parece que solo les queda tiempo para tratar de alargar la juventud corriendo por todas partes como Forrest Gump – haciendo running que le dicen - y para contemplar el mundo a través de una pantalla mientras mordisquean tatakis de salmón, tortillas de patatas descongeladas, kebabs, tacos de carne picada, sándwiches, triángulos rellenos de jamón barato y trozos de pizza cubiertos de salsa de tomate, queso fundido, orégano de bote y anchoas de lata.

Toda la vida cotidiana de las nuevas generaciones suele discurrir en una pantalla. Tras el trabajo, tras el atasco nuestro de cada día, solitarios pero siempre conectados, girando alrededor de sí mismos y de sus cuentas en twiter, facebook o en cualquier otra sucursal narcisista, se trasladan rápidamente de una pantalla a otra para permanecer atentos a cuánto acontece en ellas. Ya apenas les queda tiempo para nada más. Mucho menos para cocinar o para hablar con el carnicero o el pescadero del barrio de la profunda luz de las lubinas, de la  incontestable certeza de un chuletón de buey, de la lluvia que no cesa, del calor que agota o del vértigo de vivir entre tanto estúpido con tanto poder, dado que, entre otras cosas, ya apenas quedan carnicerías o pescaderías de barrio donde disfrutar del tiempo perdiéndolo...

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