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El disidente no vende

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José Antonio Marina manifestó hace unos días su opinión de que al sistema educativo le vendría bien una evaluación del profesorado. No gustó tal propuesta al respetable e inmediatamente el filósofo se vio envuelto en un tumulto. Me molesté en seguir algunos de los comentarios en las redes sociales y no pude encontrar un solo razonamiento en contra de su propuesta. Atinado o no, no había ni uno. Solamente pude leer descalificaciones ad hominem que atacaban al autor. Marina se había transformado en un pispás de intelectual imprescindible en persona non grata y cuanto dijera quedaba, por consiguiente, invalidado.

Leo esta semana a John Carlin un artículo acerca de cómo los estudiantes de la Universidad de Cardiff exigieron que se prohibiese a la feminista Germaine Greer dar una conferencia en su centro, alegando que es en realidad una misógina y que perturbaría a los estudiantes.

Acabo de saber que Miguel Ángel Aguilar ha visto suprimida su columna en El País, tras más de dos décadas de colaboración. Su pecado ha sido incomodar a los responsables de la editora.

Antes tenía la costumbre de leer siempre varios periódicos distintos. Ya no hace falta. La sorpresa no cabe porque se ha terminado confundiendo la línea editorial con una línea férrea, en la que salirse del carril lleva a una segura catástrofe. Hasta los chistes son previsibles.

Ahora que las plazas públicas y los cafés han sido sustituidos por centros comerciales y franquicias, las manchetas han devenido también en simples marcas y como tales se espera que se comporten: con previsibilidad, sin sorpresas, sin productos ajenos al interés del público exacto y concreto al que se dirigen.

El gran éxito de los medios de hoy es ser como IKEA, L&M, Burger King o Zara. Donde unos van siempre y otros no entrarán jamás, pero donde quien entra sabe perfectamente lo que va a encontrar y donde tan bien nos conocen.

Se ha dicho siempre que la libertad de prensa es sobre todo para quienes pueden pagarse una prensa. Y para pagarla hay que vender cuanto se pueda. El resultado está siendo que lo que la tiranía política no pudo conseguir lo está logrando tranquilamente el mercado, cuya única preocupación es vender. Ni informar, ni propiciar debate, ni ayudar a la formación de la opinión. Mucho menos aún incomodar a quien pueda suponer una fuente de ingresos.

El gran éxito de los medios de hoy es ser como IKEA, L&M, Burger King o Zara. Donde unos van siempre y otros no entrarán jamás, pero donde quien entra sabe perfectamente lo que va a encontrar y donde tan bien nos conocen.

El antiguo y crítico lector, hoy transformado en exigente pero simple público, sabe lo que quiere ver y eso es exactamente lo que se le da. No queremos sorpresas y por eso mismo somos cómplices de que todo se haya convertido en un espectáculo en el que el cliente paga y en el que, por tanto, se nos ofrece aquello que queremos y ninguna otra cosa. Desde luego nada que nos moleste o contraríe. Insisto: hay que vender.

Ya no se trata, por tanto, de contribuir a la creación de opinión, ofreciendo puntos de vista y enfoques diversos o contrastando datos reales. Ahora lo que importa es ofrecernos argumentos que refuercen la opinión que ya tenemos, faltaría más. Perturbarnos con opiniones o reflexiones que nos disgusten o nos obliguen a la agotadora tarea de pensar está comercialmente prohibido y por tanto, prohibido de hecho. Cuestionar las convicciones de los clientes es un insulto a su inteligencia y, por tanto, se evita a toda costa. Sería como un mueble carísimo en IKEA o como un abrigo de visón en Stradivarius. ¿Qué pinta eso ahí?

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