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Más política, por favor

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De la carta a los españoles del president Mas creo que merece la pena destacar solamente un aspecto, en el que da de lleno en el clavo y, creo que a su pesar, centra perfectamente la cuestión que indefectiblemente marca ya estas elecciones. En efecto, como dice Artur Mas al final de su misiva, el problema no lo tiene Cataluña con la nación española, sino con el Estado. El tono de este texto rezuma política de la vieja, la que hace de la nación la cuestión esencial y, consecuentemente, esencializa también al otro, al enemigo, constituyéndolo en el 'hostis' a batir.

Sin embargo, ese inesperado giro al final de la carta a los españoles abre interesantes posibilidades para explorar vías que no se agoten en el planteamiento que han hecho suyo hasta ahora tanto quienes se agrupan en la candidatura liderada en la sombra por el propio Mas y Oriol Junqueras, como quienes, con el presidente Rajoy al frente, creen que el poder judicial arreglará un asunto netamente político. Ese planteamiento se agota en la discusión sobre si Cataluña es o no es una nación y, consecuentemente, si puede o no constituir un Estado independiente de España. Es decir, es una discusión en la que podrían participar también Antoni Rovira i Virgili o Antonio Cánovas del Castillo, que escribieron al respecto hace más de cien años. Es, además, un debate irresoluble el suyo, puesto que se asemeja más a una querella confesional que a otra cosa: trata únicamente del ser (lo que, recordemos, entusiasmaba hasta el éxtasis a Ibarretxe), esto es, de lo único sobre lo que no cabe negociación y, por lo tanto, tampoco una política entendida justamente como el arte y la capacidad de acordar.

Decía un diputado catalán a las Cortes de Cádiz, Felipe Aner, que nadie puede hacer que los catalanes no sean catalanes. En efecto, así es. Sería como tratar de convencer a una persona homosexual de que en realidad es heterosexual, aunque no lo sepa. Si ese es el abordaje de este último ejemplo por parte de lo más rancio del catolicismo español es también porque solamente le importa lo que sean las personas, no cómo estén en una sociedad plural. Ese es exactamente el caso respecto del debate que el president Mas está imponiendo en Cataluña y que paradójicamente está apuntalando el gobierno del Partido Popular. Es también el debate que hay que romper.

Para hacerlo es muy útil, como decía al principio, fijarse en esa postrer afirmación del propio Artur Mas, y sacar consecuencias de la misma. Si el problema es el Estado y no la nación, entonces estamos en otra dimensión. No discutamos más una obviedad como la nacionalidad catalana, sino que pensemos en cómo el Estado puede contenerla de manera que la mayoría de los catalanes estén a gusto compartiéndolo. Dicho de otro modo, no tratemos de decir a los catalanes lo que son o tienen que ser sino que negociemos cómo pueden estar en España. Si basculamos el debate del verbo ser al estar ganaremos mucho, para empezar la política.

No tratemos de decir a los catalanes lo que son o tienen que ser sino que negociemos cómo pueden estar en España

De hecho España está ya y desde hace unos años inmersa en un proceso reconstituyente que tiene mucho más de transnacional que de Estado-nación. Casi con toda seguridad el Estado-nación europeo no existirá nunca. Por el contrario, el contexto político y constitucional en el que está de lleno España, el europeo, apunta, hacia la necesidad de inventar nuevas formas políticas que integren una 'demoicracia', es decir, formas complejas de soberanía para las que el Estado-nación (una nación, un demos, un Estado) se queda a todas luces corto. No es, por lo tanto, solamente cuestión de integrar diferentes identidades nacionales sino de hacerlo también con otros espacios de soberanía que escapan a la nación. Al respecto no estaría mal, por cierto, que Europa tomara nota de lo que ha propuesto el nuevo constitucionalismo latinoamericano sobre las formas de ejercer la soberanía.

Tenemos, por tanto, a la vista la ocasión de hacer realmente política y de hacerla de manera que sea relevante también en el espacio europeo. No se trata, como dice Artur Mas en su carta a los españoles, de que Cataluña opte entre seguir como está o asemejarse a Suecia u Holanda; se trata de que en Cataluña y en España se puede y se tienen que comenzar a inventar formas políticas diferentes  de Suecia u Holanda, es decir, que no estén constreñidas por las estrecheces del Estado-nación. Varios 'demoi' pueden compartir un mismo Estado si este se articula debidamente y con sentido común, entendiendo que la participación en uno no excluye la participación en otro sino que la complementa. Entendiendo también que las naciones no son los únicos sujetos llamados a este encadenamiento de 'demoi' y que, por supuesto, las reglas para el funcionamiento del Estado en todas sus dimensiones deben ser también comúnmente respetadas y legitimadas.

Podría decirse que esto se parece mucho al federalismo, y así es. Pero del federalismo tradicional le separa algo realmente importante y creo que de notable interés para el asunto que ocupa ahora a españoles y catalanes: no se trataría de un federalismo para refundar el Estado-nación sino para superarlo, es decir, que podría tener la virtualidad de hacer efectivo una especie de "laicismo identitario". De nuevo en América Latina habría alguna lección útil que ponderar.

Podría también decirse que todo esto está muy bien como desiderátum, pero que siempre quedarían las cuestiones prácticas como, por ejemplo, si Cataluña (u otros 'demoi' españoles) tendrían o no su propio ministerio de asuntos exteriores. Si el problema es el Estado y no la nación, como creo y como dice el propio Artur Mas, la cuestión no sería esa sino cómo se formula constitucionalmente la actividad de dicho ministerio (algo avanzó en su momento al respecto el gobierno de Rodriguez Zapatero pero sin más garantía que la voluntad ministerial, que por supuesto se diluyó con el propio gobierno). Dicho de otro modo, la primera pregunta, presa de la lógica del Estado-nación, no tiene más respuesta que sí o no y en política esa situación se coloca a un paso del conflicto abierto. La segunda admite modulaciones y negociación porque se trataría de acordar la manera de estar, es decir, el diseño del Estado en vez de la disputa por la nación.

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