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INTERNACIONAL

Yimbys, el movimiento radical de los millenials que reclaman más proyectos inmobiliarios

Los yimbis –del inglés 'yes, in my backyard'– promueven la construcción de viviendas para bajar los precios de los alquileres

Ellos se ven como progresistas por reclamar el derecho a la vivienda, pero sus críticos los ven como agentes gentrificadores neoliberales que le hacen el juego a los promotores inmobiliarios 

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Sonja Trauss, a la derecha, en una protesta a favor de la construcción de viviendas. Trauss es una de las impulsoras del movimiento yimby.

Sonja Trauss, a la derecha, en una protesta a favor de la construcción de viviendas. Trauss es una de las impulsoras del movimiento yimby.

En la reunión del consejo municipal de Berkeley una mujer se levanta, agitando en el aire un calabacín. Se queja de un nuevo proyecto de construcción de viviendas que dejaría a su huerto de calabacines sin luz solar. Seguramente esperaba que la comunidad se pusiera de su lado. Al fin y al cabo, la suya es de ese tipo de quejas mínimas, honestas y de fácil identificación, que han retrasado durante años proyectos de construcción en ciudades de todo el mundo.

La mujer no se esperaba la ira de los yimbys. “¿Está hablando de calabacines? ¿En serio? Porque mi problema es que no llego a pagar el alquiler”, responde indignada Victoria Fierce en esa reunión, celebrada el 13 de junio. Para Fierce, la escasez de nuevas viviendas es precisamente lo que hace subir el precio de los alquileres en San Francisco. Tanto que casi no le alcanza para vivir en ningún barrio de la zona de la bahía.

Fierce encabeza una de las muchas agrupaciones surgidas recientemente en ciudades como Seattle, Sidney, Austin y Oxford: en vez de presionar en contra de proyectos inmobiliarios, piden que se lleven a cabo. Los miembros de estos grupos sostienen que sus vidas se ven amenazadas por la escasez de viviendas y por las cifras astronómicas que pagan de alquiler. Se hacen llamar yimbys por las siglas en inglés del eslogan '¡sí, en mi patio!' (yes, in my back yard) con el que apoyan la construcción de todo tipo de viviendas. Basta de calabacines.

El movimiento se nutre de la indignación de los jóvenes millennials que ahora tienen entre 25 y 35 años. En vez de sufrir en silencio mientras luchan por encontrar lugares asequibles para vivir, asisten en masa a las reuniones de urbanismo para presentar sus argumentos en favor de la construcción de nuevas viviendas. Preferentemente, el mismo tipo de proyectos de alta densidad poblacional que a menudo causa rechazo entre los nimbys del “no en mi patio” (not in my back yard).

El lugar de origen del movimiento yimby, la bahía de San Francisco, está entre los más caros para alquilar de Estados Unidos. Según estimaciones del estado de California, entre 2010 y 2013 se crearon 307.000 empleos en la zona y se construyeron menos de 40.000 nuevas viviendas.

Construir: la prioridad número uno

Para Laura Foote Clark, de la organización de San Francisco Yimby Action, “es evidente que faltan viviendas y la solución es construirlas. Las políticas se generan denunciando los problemas”.

Clark y otros miembros de los grupos yimby se consideran progresistas y ambientalistas, pero no tienen miedo de lanzar algún que otro ataque contra las tradicionales alianzas progresistas. A menudo apuntan contra los propietarios unifamiliares que acaparan espacio. También confunden a los grupos anticapitalistas porque se atreven a ponerse del lado de los promotores inmobiliarios, incluso los de edificios de lujo. Además, han comenzado la campaña 'demanda a los suburbios', que tiene por objetivo las ciudades donde no se aprueban grandes proyectos de viviendas. Hasta han intentado tomar el control de la organización ecologista Sierra Club.

Su disposición a presionar por viviendas a precio de mercado en vecindarios tradicionalmente de minorías ha hecho que les llamen gentrificadores tecnológicos y marionetas de los promotores inmobiliarios. Su inclinación por soluciones regidas por el mercado les ha valido el mote de “libertarios” partidarios de la desregulación.

Este verano, un encuentro yimby en Oakland despertó una ola de protestas convocadas por Gay Shame, un grupo activista queer radical. Durante la conferencia, unos diez manifestantes se quedaron fuera cantando: “Los queer son más poderosos que los tecnológicos” y “¡este no es tu patio!”.

Pero a los yimbys no les molestan los insultos. Desde aquella reunión de junio, han adoptado el calabacín como emblema de su ira. En publicaciones de Internet bromean sobre los calabacines, dan consejos para cultivarlos a la sombra y hasta comparten la imagen de un cazador armado con un rifle en “el día inaugural de la temporada de calabacines”.

Los inicios del movimiento

Sonja Trauss, de 35 años, vive en San Francisco y es una antigua profesora de matemáticas. En su opinión, la falta de viviendas que sufren varias ciudades del oeste no se debe a problemas financieros o técnicos. Tampoco a la escasez de materiales. “La razón de la actual falta de viviendas es totalmente política”, publicó en 2015 en Internet. Una publicación que le ayudó a reunir un ejército de seguidores que participasen en las audiencias públicas, mandasen cartas y pidieran en Internet la construcción de nuevas viviendas.

La idea prendió como el fuego. Iniciado por Trauss en 2013 como una campaña para escribir cartas, el movimiento yimby se ha extendido por todo el mundo.

En Oakland, el apoyo del movimiento local yimby contribuyó a la aprobación de la construcción de un edificio de viviendas de 24 pisos que se construiría junto a la estación de metro hipster MacArthur BART. En Seattle, los activistas han sido fundamentales en la presión por una recategorización de zonas urbanas que permita construir más viviendas en algunos barrios, incluido el universitario.

En Vancouver, los grupos yimby organizan recorridos para mostrar las zonas más desperdiciadas de la ciudad, incluida una lujosa área de 60 hectáreas donde solo viven unas 400 personas. En Reino Unido, grupos yimby de Londres, Oxford y Cambridge están viendo la forma de cambiar el proceso gubernamental para autorizar la construcción de nuevas viviendas. En Australia, el movimiento, creado recientemente, busca la manera de modificar la legislación para que los propietarios puedan alquilar los espacios tipo loft sobre sus garajes o los “apartamentos Fonzie” (en referencia al personaje de una conocida serie estadounidense de los 70).

En el Congreso de California, los activistas yimby han ayudado a los demócratas a aprobar un nuevo y revolucionario paquete legislativo que incentiva la creación de viviendas asequibles. En San Francisco hasta han formado un partido político yimby, con el que Trauss se presenta el próximo año como candidata para la Junta de Supervisores de la ciudad.

Según David Chiu, diputado en el Congreso de California, antes de 2014 casi nunca había partidarios para los proyectos de desarrollo inmobiliario, cuando él aún no había sido elegido como legislador y presidía la Junta de Supervisores de San Francisco. “Por lo general, las únicas voces que escuchábamos eran las de vecinos que se oponían”, recuerda. Este año, recurrió al apoyo de los grupos yimby para lograr que se aprobara la legislación en favor de las viviendas asequibles. “Creo que generaron un contrapeso. Han cambiado el debate tanto a nivel local como estatal”.

Los latinos en San Francisco

Los grupos yimby buscan reducir la necesidad de vehículos construyendo viviendas adaptadas a la política de concentración poblacional urbana y ubicadas cerca de los medios de transporte. Quieren terminar con la expansión urbana. Y, antes que nada, quieren tener un lugar donde vivir.

En la práctica, una petición tan simple como esa, más viviendas, es de todo menos sencilla. En las trincheras de la política local, cada batalla por una nueva construcción puede convertirse en una despiadada guerra de vecinos.

Ningún otro barrio ha librado una batalla más cruenta que el Mission District de San Francisco, una zona tradicionalmente hispana y de bajos recursos transformada rápidamente en un exclusivo enclave para adinerados trabajadores de las empresas tecnológicas, en su mayoría blancos. La gran cantidad de empleos tecnológicos creados en San Francisco y Silicon Valley ha hecho subir el alquiler mensual de Mission District hasta un valor promedio de 4.250 dólares.

Debido en parte a los desahucios y a la falta de viviendas asequibles, el número de latinos en el área ha ido en marcado descenso. Según un estudio publicado en 2014, entre el año 2000 y el 2020, más de 10.000 latinos (el equivalente al 33% de la población hispana de Mission District) habrán desaparecido de la zona.

Los furiosos manifestantes han prometido ponerle fin a la gentrificación bloqueando cualquier desarrollo que no incluya una cantidad significativa de viviendas a precios razonables.

Los grupos yimby se han metido de lleno en el debate. Para ellos, cualquier proyecto de viviendas nuevas es mejor que nada. El 14 de septiembre, Trauss y otros activistas yimby se presentaron ante la Comisión de Planificación de San Francisco para defender una propuesta de construcción de 75 apartamentos en Mission District, en su mayoría ofrecidos a precio de mercado. Los activistas hispanos se manifestaron en rechazo a la propuesta.

Según Carlos Bocanegra, miembro la organización La Raza Centro Legal, que se opone al proyecto, “el 89% de los pisos que se van a construir estará fuera del rango de ingresos de la gran mayoría de la población latina de Mission District”.

En respuesta, Trauss argumentó que dejar de construir no solucionará la falta de viviendas. “Las cien o más personas de alto poder adquisitivo que no van a vivir en el edificio si no se construye, se irán a vivir a otro lado”, dijo. “Y esa gente desplazará a otras personas en algún otro lado, porque la demanda no se acaba”.

Sonja Trauss en un evento de San Francisco Housing Action Coalition.

Sonja Trauss en un evento de San Francisco Housing Action Coalition.

Los fundadores de varias empresas tecnológicas han apoyado con fondos a los grupos yimbi. Uno de los que ha aportado decenas de miles de dólares es Jeremy Stoppelman, cofundador de Yelp y del Open Philanthropy Project, que a su vez fue financiado parcialmente por Dustin Moskovitz, el cofundador de Facebook.

Para Deepa Varma, directora de la organización San Francisco Tenants Union (Sindicato de inquilinos de San Francisco), resulta frustrante ver cómo el nuevo grupo de los yimbis está pintando como nimbys a los latinos que pelean por preservar su barrio. “Han cambiado el guión. Es un grupo de personas en su mayoría físicamente capaces, blancos y jóvenes, que insinúan que los barrios de clase trabajadora se comportan como nimbys”, señala Varma.

Lo que también irrita a los detractores de la gentrificación es que los yimbys generalmente ejercen presión para promover proyectos de construcción en lugares lejos a los suyos.

Es útil conocer a tu comunidad durante un tiempo antes de decidirte a cambiarla”, sostiene Andy Blue, activista de Plaza 16 Coalition, una agrupación que intenta preservar la cultura latina de Mission District. “La gente de este barrio siente que estas personas les faltaron al respeto diciéndoles lo que es bueno para ellos”.

Una brecha generacional

Según Young Invincibles, un grupo de investigación y de activismo, la riqueza neta de los millennials estadounidenses representa hoy más o menos la mitad de la de sus padres (los baby boomers) en 1989, cuando tenían la misma edad que ahora los yimbys. El millennial promedio tiene ahora unos 29.000 dólares en bienes muebles, en comparación a los 61.000 dólares de los baby boomers en 1989.

Según Tom Allison, director adjunto del área de políticas e investigación de Young Invincibles, “tienen ingresos más bajos, deben más dinero a la universidad y se enfrentan mayores dificultades para comprar una casa”. En su opinión, los yimbys parecen más dispuestos que otras generaciones a hacer algo para cambiar el mundo: “Esta generación es resistente. Cambian las cosas a pesar de las adversidades. Ese es el lado positivo”.

Greg Magofna (33) se crió en la arbolada ciudad de Alameda, en la zona este de la bahía, y ahora trabaja para una ONG. En esa zona abrió una delegación yimby mientras se las apañaba para vivir en su región natal. Tuvo la suerte de que el sistema de control de alquileres de Berkeley mantuvo en 1.200 dólares el precio mensual de su micropiso de 27 metros cuadrados. Pero aún no tiene dinero para comprarse un coche. Sus bicicletas, su nevera, su tetera y su silla preferida compiten por el poco espacio que hay en una de las abarrotadas paredes de su piso.

Según Magofna, “hay una brecha generacional; muchos de la generación anterior no reconocen que el mundo ha cambiado”. Entiende que pueda generar conflicto la asistencia de los yimbys a reuniones públicas en las que los críticos los llaman gentrificadores o cosas peores. En su opinión, “el mundo está cambiando, hay muchas cosas por las que enfadarse y los yimbys están diciendo: ‘Nosotros podemos hacer algo al respecto’”.

Traducido por Francisco de Zárate

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