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El naufragio de la izquierda

Es un momento oportuno para tratar de identificar los errores cometidos por los partidos progresistas en los seis meses posteriores al 20D que explican el naufragio de la izquierda y sirven como reflexión de cara al futuro

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Hace un año, no era disparatado pensar que un reparto de escaños como el que arroja el 26J podía dar lugar a un proceso de negociación entre PSOE, Podemos y Ciudadanos, con posibilidades ciertas de conformar un gobierno de cambio. El inesperado resultado de la última cita electoral nos sitúa ante un escenario bien distinto que probablemente alumbrará un nuevo ejecutivo del PP. Es, pues, un momento oportuno para tratar de identificar los errores cometidos por los partidos progresistas en los seis meses posteriores al 20D que explican el naufragio de la izquierda y sirven como reflexión de cara al futuro.

I. Llevados seguramente por una lectura equivocada de los resultados de las elecciones de diciembre, los dirigentes de Podemos parecieron tomar desde el inicio la decisión de no buscar puntos de encuentro con el PSOE a pesar de que existían amplias coincidencias programáticas. Y en un momento posterior, cuando la precipitación del PSOE les ofrecía una ocasión inmejorable para convertirse en el principal referente de la izquierda, apostaron por la convocatoria de unas nuevas elecciones. Confiaban en que sumar a IU, incapaz por sí sola de aprovechar la buena valoración de su líder, les permitiría dar el estirón necesario para superar a los socialistas.

En segundo lugar, la actuación de Pablo Iglesias estuvo marcada por la soberbia y la falta de lealtad hacia Pedro Sánchez, algo que irritó sobremanera a los votantes socialistas e incomodó a muchos electores de Podemos. El modo en el que el líder de la fuerza morada propuso al socialista un gobierno de coalición, con reparto de “sillones” incluido, pareció algo más propio de una ficción televisiva; más si cabe, cuando se reservaba carteras ministeriales más ligadas a la seguridad nacional que a la cohesión social. Y su intervención en el debate de investidura frustrada, innecesariamente agresiva hacia el PSOE, terminó de incendiar todos los puentes entre ambas formaciones.

Y, tercero, ya en la última campaña electoral Unidos Podemos, la nueva marca, emprendió un camino hacia la moderación y la confusión ideológica tan innecesario para su proyecto como desconcertante para sus votantes. Lo primero porque en la parte económica, al menos, sus propuestas eran bastante más razonables que buena parte de la opinión pública quería hacer creer [ver aquí]. Y lo segundo porque muchos de sus electores habían huido del PSOE en los últimos años precisamente por su indefinición ideológica y la tibieza de sus planteamientos.

II. La trayectoria del Partido Socialista también merece un juicio crítico. Para empezar, las líneas rojas fijadas por el Comité Federal de finales de diciembre no facilitaron en nada el proceso de negociación para la formación de gobierno. La imposición a los potenciales interlocutores de una renuncia previa a cualquier tipo de reivindicación territorial era una forma de vetar el simple contacto con las dos fuerzas catalanas, una decisión desafortunada por varios motivos. De una parte, caía en la trampa de un debate sobre la cuestión territorial enmarcada al gusto del PP y en el que los socialistas veían aflorar sus complejos y contradicciones. De otra, siendo el asunto catalán un problema político de primera magnitud, resultaba casi irresponsable negarse a abrir una vía de comunicación con los principales protagonistas. Y, en fin, no mostraba una actitud muy dialogante, lo que tiene casi siempre un coste en términos de credibilidad.

En segundo lugar, también resultó problemática la efusividad con la que se abrazó el pacto de gobierno alcanzado con Ciudadanos. Aunque lo más lógico habría sido plantear una negociación simultánea con las dos fuerzas emergentes, las circunstancias antes descritas condujeron a Sánchez a sentarse con un Rivera ansioso por lograr el protagonismo que las urnas en buena medida le habían negado. Sin embargo, se equivocó el PSOE al presentar el acuerdo como un texto cerrado, dando por hecho que Podemos no tendría otra opción más que apoyarlo para evitar unas nuevas elecciones que la ciudadanía no deseaba. Los socialistas parecían demasiado entusiastas con un texto que contenía medidas valiosas, pero que distaba mucho de constituir una enmienda a la totalidad de la política económica y laboral del PP.

Es muy probable que Iglesias tuviera decidido desde el principio negar su apoyo al PSOE para la investidura. Pero incluso en este caso parece evidente – como tercera crítica – que el PSOE no sacó ningún partido a las debilidades y contradicciones de Podemos y sus confluencias, sin olvidar a IU. Los mismos negociadores socialistas reconocían amplios espacios de entendimiento con Compromís y con Garzón. No aprovechar estas vías de negociación, parapetándose en el acuerdo con Ciudadanos, cerró la única posibilidad de lograr que la presión acabara llevando a Podemos a dar luz verde a la investidura.

Por último, durante el tiempo transcurrido desde el 20D hasta la disolución de las Cortes a primeros de mayo dio la impresión de que nadie en el PSOE contemplaba seriamente la posibilidad de que volviera a haber elecciones. Solo así se explica que no se valoraran las consecuencias negativas de esa excesiva identificación con Ciudadanos (incluso en campaña siguió insistiendo en las supuestas bondades de su acuerdo con la formación naranja, cuando ya estaba más que amortizado) ni se ganara credibilidad ante los electores frente a Podemos. Bien al contrario, el PSOE afrontó los nuevos comicios situando a la fuerza morada como rival a batir, sin darse cuenta de que con ello se daba oxígeno a su verdadero rival, el PP, carcomido por la corrupción y las políticas ‘austericidas’. Con el agravante de que fue incapaz de ofrecer nada nuevo más que un ‘gobierno en la sombra’ en el que –no es anecdótico– no había responsable de empleo, siendo el paro la principal preocupación de la ciudadanía.

III. Más allá de las sensaciones de alivio y frustración de la noche electoral que derivan de las expectativas de PSOE y Unidos Podemos, respectivamente, el resultado del 26J ofrece al PP, ¡y a Rajoy!, amplias posibilidades de seguir gobernando. No sin falta de argumentos, algunas voces en el ámbito de la izquierda consideran que la perspectiva de pasar una legislatura previsiblemente corta en la oposición no es una mala opción. Evidentemente el fin del rodillo de la mayoría absoluta ha de suponer un importante avance: un gobierno con una minoría precaria parece abocado a sufrir importantes reveses parlamentarios. Ahora bien, no debieran pasarse por alto algunos aspectos.

Primero, conviene no subestimar la capacidad del PP para impulsar un proceso de renovación interna que, con un liderazgo nuevo, podría servirle para recuperar una parte importante de los votos fugados hacia el centro-derecha; el caso de Cifuentes en Madrid es un buen modelo de referencia.

Segundo, hay que ser conscientes de que en el nuevo parlamento existe una mayoría conservadora, poco cohesionada en muchos aspectos, pero con muy importantes coincidencias en el ámbito de la política económica y laboral. Ello significa, por tanto, que no habrá rectificación de las medidas que tanto sufrimiento han provocado a los ciudadanos en términos de pobreza y desigualdad.

Y, tercero, todo esto ocurre en un contexto en el que la Unión Europea atraviesa el momento más delicado de su historia. Una circunstancia crítica a la que hemos llegado por muy diversos factores, entre los cuales destaca el agotamiento de una socialdemocracia tibia a la que la crisis ha dejado en evidencia.

Afirmar que la izquierda ha actuado de forma poco responsable en los meses posteriores al 20D es, quizá, injusto. Pero no cabe duda de que tenía una obligación moral de paliar desde el gobierno el daño infligido por el PP a la ciudadanía más vulnerable y a las instituciones democráticas. No haberlo hecho supone un gran fracaso. El reto que afronta la izquierda con los restos del naufragio es mayúsculo.

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