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Decencia*

La estructura económica del modelo español debe ser flexible, adaptable, rápida en la respuesta a las exigencias de la competencia internacional, de ahí la necesidad de destruir los mecanismos institucionales que regularon el mercado de trabajo a raíz de la Segunda Guerra Mundial

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Francia confirma la recuperación de su economía en el tercer trimestre

Detalle de una moneda de euro. EFE

Al fin parece que la crisis económica llega a su fin. Se ha recuperado el nivel de producción previo a la misma y la capacidad de generar empleo se está acelerando. Sobre las deficiencias se escribe y habla cotidianamente, que si los salarios son bajos, que si la mitad del empleo es en hostelería, que si hay temporalidad, que todavía queda mucho para estar satisfechos con tasa de desempleo, que crece la desigualdad social, etc.. Todo es cierto. Como es cierto que, de no tomar rápidas y contundentes iniciativas, el cacareado cambio de modelo económico que se presentó como oportunidad en los inicios de la crisis ya está a punto de consolidarse.

Al cabo de siete años, el modelo económico español ya empieza a tener rasgos distintivos propios. Habrá quien discuta la existencia misma de modelos económicos, pues llamémoslo cambio en la forma de funcionar de la economía española.

Podemos comenzar por nuestras relaciones económicas exteriores. No es novedad que el turismo se haya erigido en pilar fundamental de la generación de empleo, esté dinamizando el sector inmobiliario y, en general, el conjunto de la economía nacional. Más novedoso es el dato sobre el creciente número de empresas españolas con actividad exportadora consolidada. Se trata de una buena noticia que demuestra un dinamismo empresarial en cierto sentido sorprendente, máxime en un contexto internacional relativamente contractivo, con mayores exigencias competitivas y con un euro cuyo tipo de cambio no atiende prioritariamente a las necesidades de la economía española. Junto a esto, los resultados exteriores de las empresas multinacionales de origen español son fuente de renovado orgullo por la suerte de nuestros campeones nacionales.

Y, desde otro ángulo, baste recordar que con dos millones menos de trabajadores ocupados se ha logrado el mismo PIB que hace siete años para entender que se ha producido una significativa mejora en la productividad de nuestra economía.

La conclusión, que propagan los medios oficiales, es clara: la crisis económica ha sido superada gracias a las políticas de flexibilización llevadas a cabo. Además, de no haberse apoyado al sector financiero, la demora en la salida de la crisis se habría retrasado, sus costes habrían resultado más elevados y el malestar social habría sido inevitablemente mayor. Y quizá sea cierto.

¿Qué hay detrás? Lo anunciado: un nuevo modelo de crecimiento económico. Hoy más que nunca la economía española depende del contexto internacional. Y, así, cualquier mejora en el atractivo de los destinos turísticos alternativos a España puede ocasionar una contracción del sector con repercusiones directas graves no solo en el propio sector, también en el conjunto de actividades ligadas al mismo con serias consecuencias sobre el empleo. Un efecto no menor de la actual tendencia es que está generando una dinámica espacial favorable a las zonas costeras que no hará sino acentuar los problemas de la España interior, impotente ante su inevitable pérdida de peso demográfico y económico en el conjunto nacional.

La importancia de las exportaciones obliga a diversificar tanto la oferta de exportación como los destinos, lo socios comerciales. No es tarea fácil, por lo que los esfuerzos de exportación debieran de complementarse con otros dirigidos a sustituir algunas importaciones. Los riesgos de desindustrialización son altos. No se trata de reivindicar el proteccionismo, sino de consolidar una estrategia nacional de incorporación exitosa en las cadenas de valor mundial. También, por ejemplo, resulta incoherente mantener la elevada dependencia de suministros exteriores de productos energéticos. La errática política sobre las energías renovables debiera ser lección a aplicar en otros sectores. Lo que alguien abandona, otro está presto a producir.

No son nuevas las declaraciones de algunos altos responsables de empresas multinacionales sobre el  posible traslado de su sede a otros países. Con esto simplemente se quiere señalar que en el balance social de los resultados de las empresas multinacionales españolas habrá que incluir este tipo de advertencias que tiene, sin duda, reflejo en las cuentas públicas en forma de pagos de impuestos acordes "con las exigencia de la competitividad internacional".     

En definitiva, de esto último se trata: de ser competitivos. Es el mantra que ha dirigido la política económica internacional desde los años ochenta, el que ha justificado las políticas del no hay alternativa, la obligada por la globalización al mismo tiempo que, como resultado, la globalización se ha ido haciendo cada vez más difícil de gobernar colectivamente facilitando la proliferación de crisis sucesivas desde los años noventa (México, Rusia, Brasil, Asia, Argentina…) y que, finalmente, llegó a las economías más adelantadas.

La estructura económica de este modelo debe ser flexible, adaptable, rápida en la respuesta a las exigencias de la competencia internacional, de ahí la necesidad de destruir los mecanismos institucionales que regularon el mercado de trabajo a raíz de la Segunda Guerra Mundial y que sostuvieron el mayor crecimiento económico y los más notables avances sociales registrados en la historia de los países más desarrollados. Más aun, y conviene recordarlo, es en ese tiempo cuando se produjeron los avances científicos cuyas aplicaciones ahora nos sorprenden (internet, telefonía, cibernética o robótica).

Pero no se trata de volver al pasado, se trata de la urgente necesidad de pensar estratégicamente, de deliberar más allá del futuro inmediato. Podría ser dramático que las exigencias de la competitividad conllevara la consolidación de una estrategia de crecimiento apoyada en la denominada competitividad espuria, es decir la lograda a partir de la depresión sistemática de los costes laborales, la explotación desmedida de recursos naturales o en el desmantelamiento de cualquier política de recaudación impositiva sobre los beneficios empresariales o, peor, mediante la tolerancia con la informalidad laboral y la evasión fiscal, además de la desprotección ambiental y la destrucción de recursos no renovables.

Tampoco se trata de multiplicar los recursos aplicados a las políticas públicas, se trata en crear instituciones inclusivas. Hace cinco años, se puso de moda la obra de Acemoglu y Robinson ¿Por qué fracasan los países? que incorporó al debate económico y político español nuevos términos como instituciones extractivas o excluyentes, integradoras o incluyentes, y aportó la conclusión de que solamente los países que construyen instituciones fuertes e inclusivas, que eviten la concentración de poder en algunas élites y los privilegios sociales, consolidan su prosperidad.

Sorprendentemente,  en España se produjo un raro consenso sobre la necesidad de abordar la reforma de los mecanismos de poder que limitan el potencial de crecimiento de la economía española, aceptando como cierto la proliferación de acuerdos institucionales extractivos que habría que suprimir. Pues bien, se han producido dos elecciones generales, se ha formado un gobierno formalmente débil, se han incorporado nuevos líderes a la escena política, en otros términos, se ha creado un ambiente favorable para la definición de nuevas reglas de juego que faciliten abordar problemas cruciales: desde la recuperación y consolidación del sistema de bienestar social, hasta la definición de un modelo económico basado en el conocimiento. Más aún, entre declaraciones, se debilitan las bases del sistema de pensiones, se impide el restablecimiento de derechos laborales y sociales, se evita impulsar políticas esenciales como las educativas, de salud o de I+D,  se acentúan los riesgos de desvertebración territorial tanto por las diferencias políticas como por las divergencias económicas, en un contexto en el que crece la desconfianza hacia la justicia (al parecer, irreformable). Los autores citados interpretarían este fenómeno de parálisis de reformas hacia la inclusión como la manifestación de la ley de hierro de la oligarquía, la resistencia  del poder al cambio.

Esta parálisis se acompaña de desdén por el futuro. Comparar los resultados económicos coyunturales con el derribo del muro de Berlín o la llegada del hombre a la luna resulta, sencillamente, indecente.

*Decencia: Cualidad de decente. Decente: honrado o moralmente bueno.

Economistas sin Fronteras no se identifica necesariamente con la opinión del autor.

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