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Nuevos planes para la ciencia española: más patrones y menos remeros

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Artículo firmado por Fernando Valladares y Joaquín Hortal (*).

Hace un par de décadas, se hizo muy popular en España el cuento de una competición de traineras formada por una representación española y otra japonesa que satirizaba la idiosincrasia de cada país. Según este relato (que se puede leer completo aquí), tras una primera victoria aplastante de la trainera japonesa, España elaboró un plan sofisticado según el cual el número de remeros en su trainera disminuía a la par que aumentaba el de patrones altamente cualificados.

En la segunda competición la victoria japonesa, que se mantenía en su tradicional plan de un patrón y diez remeros, fue aun mucho mayor. Siguió otro plan todavía más drástico que redujo a uno el número de remeros e incluyó una formación vanguardista con jefes de sección, auditores y jefes de sección con complementos de productividad.

Tras un fracaso estrepitoso de la cada vez mas costosa trainera española, en la tercera regata se concluyó que el problema radicaba en el remero, al que se consideró un incompetente y poco esforzado trabajador incapaz de seguir las órdenes del hipercualificado equipo que llevaba a bordo. Como veremos, la analogía entre traineras y países va mucho más allá de los estereotipos y los chistes. 

Observando Europa parece fácil ponerse de acuerdo no sólo en que atravesamos una situación económica difícil sino también en que es la capacidad científica y tecnológica de un país la que permite sostener realmente su economía, y no las entidades financieras externas o comunitarias. Por tanto nos deja la sonrisa helada el constatar que los planes para la investigación científica en nuestro país podrían abandonar en breve el modelo de trainera japonesa basado en el trabajo.

Hace pocos días la secretaria de Estado de Ciencia y Tecnología, Carmen Vela, declaraba a la prestigiosa revista científica Nature que en nuestro país sobran investigadores y que la presente crisis económica, y los recortes impuestos al presupuesto de investigación representan una buena oportunidad para optimizar un sistema ineficiente y alejado de la excelencia. Recordemos que dichos recortes son de un 25,5% para este año, y alrededor del 35% acumulado en los últimos tres años, bajando a niveles similares a 2004.

Segura de este análisis, la secretaría de Estado pretende adelgazar el sistema español de ciencia y tecnología, primando la distribución de los fondos hacia un selecto número de investigadores, considerados excelentes. Las analogías con el cuento de la traineras son escalofriantes. España está muy alejada de la media de inversión del PIB en ciencia y tecnología de los países de su entorno y la Sra. Vela propone adelgazar el ya de por sí magro programa aduciendo no ya que no hay dinero sino que sobran científicos y que debemos mantener solo a los excelentes.

Dejando aparte la exigencia de hacer de la necesidad virtud, el análisis de la Sra. Vela es parcial y no se ajusta a la realidad del sistema científico español, identificando el problema equivocado como causa, por ejemplo, del reducido número de patentes producidas en nuestro país. Además, este análisis puede confundir a una ciudadanía ya saturada de justificaciones de recortes presupuestarios variados.

No es correcto ni oportuno definir a la ciencia española como un conjunto de investigadores mediocres e ineficientes que, salvo honrosas excepciones, no hacen sino malgastar la inversión pública en investigaciones grises e inútiles. No podemos caer en la tentación de echarle la culpa al remero de que no ganemos la regata a los japoneses.

Afortunadamente esta visión está muy lejos de la realidad, ya que a pesar de la más que modesta inversión de España en ciencia y tecnología, nuestro país destaca en numerosos campos y es, al contrario de lo que sugiere la Sra. Vela, uno de los países que mas resultados científicos publica en revistas de reconocimiento internacional por cada euro que se mete en laboratorios y departamentos de universidades y centros de investigación.

En realidad, en España trabajaban en 2009 alrededor de 220.000 investigadores y tecnólogos, un 9,6 por mil de la población activa en lugar del 10,4 de la Unión Europea o el 12,7 de Alemania. Según Scimago, esos investigadores produjeron ese mismo año más de 60.000 documentos científicos, siendo el décimo país del mundo en producción científica total, muy cerca del noveno, India, y los decimosegundos en términos de impacto (medido como el índice h, que está relacionado con la productividad total).

Estos indicadores incluyen a la totalidad del sistema de ciencia e innovación español en su conjunto, que recordemos que se encuentra envejecido. Estos niveles de excelencia y productividad se disparan cuando nos centramos en los investigadores independientes, más jóvenes, que se incorporan al sistema científico español mediante el programa Ramón y Cajal; precisamente a los que la Sra. Vela se refiere en su carta.

El ingreso en este exigente programa (250 investigadores en 2010, y previstos sólo 175 en 2012 según la Sra. Vela) se consigue típicamente con currículos excepcionales semejantes a los de Lecturer o incluso Reader (es decir, investigadores seniors ya consolidados) de las mejores universidades y centros de investigación de Europa o Estados Unidos. La calidad y productividad de estos investigadores del programa Ramón y Cajal es extraordinaria, aunque no existen aún datos concretos acerca de su productividad específica.

De momento debemos esperar a los resultados del sondeo que la Asociación Nacional de Investigadores Ramón y Cajal está realizando y que estarán disponibles en breve. Pero nadie duda de que los investigadores de este programa son una de las joyas de la corona de una ciencia, la española, que brilla con luz propia en la escena internacional.

Es llamativo que estando situados consistentemente entre el séptimo y el décimo puesto en muchos de los indicadores científicos de Scimago, caigamos por debajo del decimosegundo en aquellos relacionados con transformar dicho conocimiento en patentes en campos como la ingeniería, la investigación farmacéutica, o el desarrollo de nuevos materiales. Y que a pesar del elevado nivel que el sistema científico español está alcanzando con las incorporaciones de científicos en estos últimos años, el impacto en estas áreas sea todavía menor (decimosexto en ingeniería).

Esto se acompaña con el bochornoso fracaso de la I+D en empresas españolas que ha dejado sin gastar una importante parte de los créditos blandos accesibles mediante programas del Ministerio de Ciencia e Innovación de los últimos años, cerca de un tercio del presupuesto total de dicho Ministerio en 2009. Esto a pesar de los resultados obtenidos por las empresas que sí utilizan dichos créditos, que acaban aumentando su gasto propio en I+D para fortalecer las ventajas que les proporciona dicha inversión.

Colectivamente, todos estos resultados indican que no son los científicos españoles los que no reman bien, sino que hay piezas relacionadas con el mundo de la empresa privada en nuestro país que no están bien lubricadas para engranar con el alto rendimiento científico que hemos alcanzado en las últimas décadas.

Resulta fácil, pero también injusto, doloroso y alarmante, que la secretaria de Estado de Ciencia y Tecnología arremeta no sólo contra lo que ella misma representa, el colectivo de científicos y tecnólogos, sino contra quien ha demostrado hacer bien los deberes y sacar las mejores notas en el contexto internacional.

No es correcto atrincherarse tras el concepto de la “excelencia científica” para eliminar del sistema a quien no lo sea en términos de producción absoluta. En todo equipo, desde una trainera hasta el laboratorio mas avanzado, hacen falta muchos remeros. Hasta que no tienes el número mínimo de remeros no puedes empezar a aumentar el número de patrones excelentes. Por remeros entendemos técnicos, administrativos y jóvenes científicos con empuje, desde aquellos que finalizan sus tesis doctorales hasta los que forman parte de los altamente competitivos programas Ramón y Cajal y Juan de la Cierva.

Todos los indicadores revelan que España no tiene el número mínimo de remeros en ciencia y con este plan que adelantaba la secretaria de Estado no sólo no aumentarán en el futuro sino que muchos optarán (y ya están optando) por irse a laboratorios y países donde la estructura de la trainera se parece mas a la japonesa tradicional.

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Joaquín Hortal es investigador del Programa Ramón y Cajal adscrito al Museo Nacional de Ciencias Naturales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

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