eldiario.es

Síguenos:

Boletines

Boletines

Menú

La responsabilidad colaborativa

Prácticamente ninguna de las grandes insignias colaborativas o digitales publica información relacionada con aspectos ambientales, sociales o de gobierno corporativo.

En plena disrupción tecnológica, con un nuevo sector económico emergiendo, muchos recuerdan la situación de vulnerabilidad a la que se enfrentaron los trabajadores de la Revolución Industrial

En 2017 terminará el plazo de transposición de la Directiva 2014/95/UE sobre divulgación de información no financiera que afectará a más de 6.000 empresas europeas

- PUBLICIDAD -

Linkedin ha sido adquirida recientemente por 26.200 millones de dólares. Esta red social de negocios permite acceder a más de 400 millones de profesionales en todo el mundo. Airbnb vale más que el gigante hotelero Marriott, y ofrece más de 2 millones de alojamientos. Amazon cuenta con 244 millones de usuarios activos, superando ampliamente la población de Brasil. No cabe duda de que hemos entrado en la era de las empresas digitales metanacionales. ¿Qué significa la responsabilidad social corporativa para estas compañías del siglo XXI? La respuesta a esta pregunta es una incógnita aún. Prácticamente ninguna de las grandes insignias colaborativas o digitales publica información relacionada con aspectos ambientales, sociales o de gobierno corporativo. De hecho, no resulta fácil encontrar información de ningún tipo, más allá de las notas de prensa.

Más de ocho décadas separan el nacimiento de Repsol y Uber. Cuando se fundó Inditex, los millennials no estábamos ni en la mente de nuestros padres. Nuestras costumbres, comunicaciones y gustos como sociedad, han cambiado radicalmente. Ahora preferimos pasar más tiempo en esa otra realidad, digital, donde se es más popular y la felicidad es más accesible. Somos también más ecológicos y la conciencia colectiva en torno a la sostenibilidad ha alcanzado niveles cercanos a la esperanza. Todas las grandes empresas a nivel mundial compiten por destacar en responsabilidad social corporativa y los inversores demandan de manera creciente información no financiera para tomar mejores decisiones. No obstante, las nuevas empresas con base tecnológica, que paradójicamente se incorporan al mercado más sensibilizado de la historia, no se plantean introducir este tipo de políticas en sus organizaciones y mucho menos reportar públicamente información. Se está generando un gap de transparencia entre los dos modelos empresariales que empieza a resultar llamativo.

Los derechos laborales se diluyen

El sindicalismo nace a la sombra de la Revolución Industrial cuando se hace necesario defender los derechos de los trabajadores en una nueva realidad, modernizada por la mecanización. Tras la introducción de las fábricas, se altera completamente la división del trabajo establecida y se empiezan a producir situaciones de injusticia social que acaban siendo contrarrestadas con la representación activista de los trabajadores a través de los sindicatos. Los grandes cambios suelen acarrear también grandes injusticias. Desde entonces, la conquista de los derechos laborales ha sido una constante. La gestión responsable de los recursos humanos y las crecientes exigencias regulatorias que aparecen con el cambio de siglo han llevado a que hoy en día sepamos prácticamente todo de las compañías y que esta propia transparencia garantice el cumplimiento de los derechos conquistados: sueldos, número de empleados, diversidad, políticas de igualdad, conciliación, modelos de contrato y así un largo etcétera. Son las ventajas de la era de la transparencia, que como cualquier otra tiene una duración limitada si no se reivindica. En plena disrupción tecnológica, con un nuevo sector económico emergiendo, muchos recuerdan la situación de vulnerabilidad a la que se enfrentaron los trabajadores de la Revolución Industrial. ¿Cómo están garantizados los derechos laborales de unos trabajadores que no son reconocidos como empleados de la compañía? ¿Qué medidas están tomando los reguladores para adaptar las normas a esta nueva realidad laboral? ¿En esta cuarta Revolución Industrial quién defenderá los derechos de las nuevas plantillas líquidas?

Una Directiva sobre información no financiera obsoleta

En 2017 terminará el plazo de transposición de la Directiva 2014/95/UE sobre divulgación de información no financiera. Han sido muchos los actores que durante años han exigido un claro posicionamiento por parte de Europa en esta materia que, aún sin ser obligatoria, ha de ser estimulada desde el ámbito regulatorio. Esta Directiva establece que “Las grandes empresas que superen el criterio de un número medio de empleados superior a 500 durante el ejercicio, incluirán en el informe de gestión un estado no financiero que contenga información, en la medida en que resulte necesaria para comprender la evolución, los resultados y la situación de la empresa, y el impacto de su actividad, relativa, como mínimo, a cuestiones medioambientales y sociales, así como relativas al personal, al respeto de los derechos humanos y a la lucha contra la corrupción y el soborno ”.

Se estima que se vean afectadas por esta regulación más de 6.000 empresas europeas. Gran parte de las empresas colaborativas o digitales no están incluidas en esta estimación por diferentes motivos. ¿Debería existir una regulación de la información que deben publicar adaptada a su realidad? Uber cuenta con más de 160.000 conductores en todo el mundo; no cuentan con la condición de empleados y se les paga por horas. Durante la elaboración de esta Directiva era difícil imaginar que llegaría un día en que habría empresas que ganaran millones de euros con cientos de miles de trabajadores líquidos. El mundo ha cambiado con la digitalización, y con él todas las relaciones: las personales y las profesionales.

Principales retos a los que hacer frente

Jeremy Rifkin prevé que en 2050, en apenas 35 años, tendremos una nueva economía híbrida colaborativa. El capitalismo no desaparecerá, pero se transformará completamente. Está llegando a la mayoría de edad una nueva generación que basa su iniciativa empresarial en una mayor integración en la sociedad. Para ellos, el concepto “emprendedor social” es más una tautología que un oxímoron. Precisamente por esto es por lo que no debemos bajar la guardia en la exigencia de los criterios ambientales, sociales y de gobierno corporativo en estas nuevas empresas. Es cierto que por su concepción inicial, las empresas colaborativas o que desarrollan su actividad en este nuevo paradigma del acceso, no conllevan grandes riesgos ambientales; tampoco alejadas cadenas de suministro que sea necesario auditar o emisiones de carbono. Todos coincidiremos en las bondades de una economía que haga un uso intensivo de los bienes existentes en lugar de producir y consumir sin descanso; sin embargo, los retos llegarán desde nuevos ámbitos y no estarán exentos de responsabilidad.

La mayoría silenciosa de trabajadores instantáneos, sin derechos y sin deberes, seguirá creciendo de manera constante, y llegará un momento en el que no se pueda contener a través de acuerdos extra-judiciales puntuales; habrá que redoblar esfuerzos en materia de transparencia, para no olvidar demasiado rápido las burbujas del pasado; habrá que ser excesivamente cautelosos en el tratamiento de los datos personales y aumentar las medidas de seguridad; pero sobre todo, habrá que contribuir a mantener nuestro Estado del Bienestar a través de la responsabilidad fiscal. Una población envejecida y unas tasas de desempleo elevadas, tan características de nuestra época, hacen que sea vital esa responsabilidad colaborativa. Es un buen momento para reivindicarla.

Economistas sin fronteras no se identifica necesariamente con el contenido de este artículo, que es responsabilidad de su autora.

- PUBLICIDAD -

Comentar

Enviar comentario

Enviar Comentario

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha