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La Luna con los pies de la Tierra

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Comprendo perfectamente la fascinación que en tantas personas ejerce la llamada carrera espacial. He convivido con verdaderos apasionados de la astronomía y la ciencia ficción, tengo amigos que han seguido en directo el despegue del Artemisa II, que esperan vivir lo suficiente para ver una huella humana en Marte. Incluso yo mismo he fantaseado gracias a algunas de las mejores películas del género. Sin embargo, apenas me despiertan la más mínima emoción todas las imágenes icónicas de los viajes espaciales, de la estación internacional o siquiera de las entrevistas a los astronautas. Supongo que desde muy joven percibí que ese interés por la galaxia enmascaraba en el fondo un afán imperialista, que cada presupuesto exorbitante que se llevaba la carrera espacial era directamente proporcional al que se restaba de partidas imprescindibles para la vida aquí en nuestro castigado planeta.

Como no podía ser de otro modo, ese escepticismo se ha extendido en nuestro entorno durante la reciente misión de Estados Unidos. Sin duda, ha generado grandes titulares. Nunca el ser humano había volado tan lejos, ni había contemplado esas zonas de la Luna, pero me temo que, al menos en Europa, el entusiasmo ha sido enturbiado por el hecho incontestable de que la NASA enviaba al espacio a sus astronautas al tiempo que su presidente destruía países y sociedades enteras en alianza con los genocidas de Israel. ¿Qué se le ha perdido a nuestra especie ahí arriba mientras decenas de miles de inocentes en Oriente Próximo y Medio son exterminados por la misma potencia que pone en órbita sus carísimos artilugios? ¿Qué se le ha perdido mientras en los propios Estados Unidos no deja de crecer la desigualdad social y amplios sectores de la población ni siquiera tienen acceso a bienes y servicios básicos, incluso a alimentos o, directamente, dependiendo de apellidos, color de piel y religión, son expulsados por la fuerza?

Me van a perdonar el simplismo, sí, pero lo único que pensé fue que por mí se podían ir todos a paseo con sus planes de colonización espacial mientras en nuestro minúsculo y perdido planeta de esta galaxia echamos a las gentes de sus casas

Al mismo tiempo que nos llegaban las primeras imágenes de nuestro planeta visto desde la cara oculta de la Luna, Donald Trump anunciaba, en referencia a Irán, su intención de aniquilar “toda una civilización”. Me pregunté cuál de esos dos hitos resulta más relevante, cuál de esos dos hitos tiene mayores consecuencias para la vida humana. A día de hoy, aún no está claro si Trump llevará a cabo su amenaza, pero para mí la respuesta está clara.

Sé que puedo caer en reduccionismos simplistas, en que, con opiniones como esta, se diría que desprecio el conocimiento, la ciencia, en que por muy mediatizada que la exploración espacial esté por la política imperialista y patriotera, al fin y el cabo supone un avance para la humanidad, por mucho que el propio Trump haya mermado drásticamente el presupuesto de la NASA o que uno de los astronautas de la misión sea un un fundamentalista religioso, un creacionista sonrojante. Con todo, y cayendo en el barro de lo estrictamente personal, algo que conviene evitar en tribunas como esta, voy a explicarme desde una experiencia muy cercana.

A la vez que la tripulación del Artemisa II orbitaba en torno a la Luna, a una amiga mía la desahuciaban de su vivienda en la calle San Andrés de Málaga, después de una larga batalla jurídica. Me van a perdonar el simplismo, sí, pero lo único que pensé fue que por mí se podían ir todos a paseo con sus planes de colonización espacial mientras en nuestro minúsculo y perdido planeta de esta galaxia echamos a las gentes de sus casas. Evitar algo así, me parece, es un reto mucho mayor que plantar en el futuro otra banderita con barras y estrellas.