Andalucía Opinión y blogs

Sobre este blog

La portada de mañana
Acceder
La amenaza de una repetición electoral en Extremadura desconcierta al PP
Cerrar escuelas por el mal tiempo: clases perdidas y falta de conciliación
Opinión - El mensaje oculto de Bad Bunny, por Raquel Ejerique

El tabú de las balsas mineras en Andalucía

Félix Talego

Profesor de Antropología Social en la Universidad de Sevilla —
11 de febrero de 2026 20:59 h

0

La expresión balsa minera ha sido escuchada o leída por primera vez por muchos/as andaluces, pues casi no la habían mencionado los medios desde la rotura de la de Aznalcóllar en 1998 y casi no la habían mencionado antes, aunque las primeras se construyeron en los años cincuenta del pasado siglo. De manera que mucha gente no sabe qué son, y se habrán quedado a dos velas cuando han oído pronunciar tal expresión al presidente de la Junta. Parecería que Moreno Bonilla hubiera abierto, no la compuerta de los millones de toneladas de lodos letales que contienen las balsas, sino la compuerta por donde ha entrado, siquiera por unos días, la expresión balsa minera al lenguaje autorizado o políticamente correcto, a la actualidad.

Las balsas mineras son instalaciones que contienen millones de millones de metros cúbicos de venenos letales, ocupan superficies de cientos de hectáreas, sus muros están hecho con escorias de mina, porque el cemento armado sería corroído por el ácido que albergan. Son depósitos dinámicos en los que la proporción de arenas, lodos y agua ha de variar en profundidad y desde los muros a la cola, por lo que necesitan vigilancia continua, hasta muchísimos años después de que los mineros se hayan ido; evacuan filtraciones normales (dicen los ingenieros que por debajo de un cierto nivel no son preocupantes) a los ríos y acuíferos, afectando en algún grado a la potabilidad de nuestras aguas y embalses. Pueden romperse y envenenar cuencas enteras, de lo que ya tenemos abundantes ejemplos en la península, el de Aznalcóllar el más grave. Pero, aunque no se rompan, permanecerán ahí, filtrando a cauces y acuíferos, acumulativamente, por decenios y decenios.

¿Cómo explicar que obras descomunales como estas, de tanta peligrosidad potencial y seguros efectos nocivos a medio y largo plazo, sean ignoradas? ¿Quién sabe de Rodalquilar, Gádor, Almagrera, Alquife, de las varias que asoman al río Rumblar? ¿Y de las más colosales, que se enseñorean entre el Guadalquivir sevillano y el Guadiana (Aguablanca, Aznalcóllar, Cueva de la Mora, Aguas Teñidas, las tres de Rio Tinto, Tharsis, la anunciada en Valdelamusa…)? A tal extremo llega el desconocimiento que casi nadie sabe que la balsa de Aznalcóllar sigue ahí, que contiene trece millones de metros cúbicos de lodos que están filtrándose al río Guadiamar, el aporte principal de agua dulce a Doñana, y al acuífero aluvial que discurre por debajo del río, conectado a su vez con el acuífero Almonte-Marismas. El colmo ha sido que bautizaran, sin protesta reseñable, como Corredor Verde del Guadiamar el marrón que ha dejado ahí la minería.

Explicar por qué no se sabe -o no se quiere saber- de estos sarcófagos requiere dejar la ingeniería de minas y pasar a la ingeniería lingüística de la actualidad, que es la que hace y rehace la opinión pública y aporta el combustible básico que da vidilla después a los corrillos, sean en el bar de la esquina o en las redes. Podemos definirla como un brebaje de informaciones, conceptos y valores de variada procedencia, pero cuyos ingredientes principales son suministrados por el ejército de siervos encuadrados en las grandes corporaciones mediáticas, sean privadas, estatales, eclesiales o cualquier combinación de ellas. Industria del entretenimiento la llama genéricamente Sánchez Ferlosio.

Los ingenieros de minas (un sacerdocio o estamento) demuestran tener, además de conocimientos mineros, conocimientos de ingeniería lingüística, pues manejan diestramente las palabras para obtener legitimidad y prestigio, sin los que sería más problemático abrir minas y, además, carecería de interés

Si los minerales son importantes, las palabras que manipula la ingeniería lingüística lo son más, porque si con aquellos se elaboran lo mismo productos de provecho que cacharrería que será pronto basura irreciclable, con las palabras se construye la comunidad política, que es, según Aristóteles, obra humana hecha de palabras. Cada época, cada cultura, teje con palabras su propia trama de significación y sus valores, ellos mismos producto de la trama, pero que dan sentido y fuerza trascendente al conjunto, como ha sabido ver después Weber, que explica así la legitimidad.

Los ingenieros de minas (un sacerdocio o estamento) demuestran tener, además de conocimientos mineros, conocimientos de ingeniería lingüística, pues manejan diestramente las palabras para obtener legitimidad y prestigio, sin los que sería más problemático abrir minas y, además, carecería de interés. Igual lo hacen esas inmensas pirámides jerárquicas que son las corporaciones mineras. Todo para que permanezca enhiesto el principio simbólico que les da legitimidad: más minería es mejor para acercar a la nación o a la humanidad al bienestar y la felicidad.

Este dogma minero está enlazado a un principio aún más general, el de la Producción incremental, es decir, la Productividad (una abstracción concebida por los filósofos económicos a finales del XVIII) que, aseguran, aupará a la humanidad al bienestar definitivo. Es el mesianismo de nuestra cultura, que se mantiene incólume desde su cristalización en el siglo XIX. Durante esa centuria declinará el secular desprestigio del quehacer minero, que se materializaba, por ejemplo, en que los operarios solo bajaban a la mina encadenados. En su lugar irá emergiendo un relato prometeico que insuflará respetabilidad a lo minero, sentándose las bases de lo que comenzamos a ver ya en el siglo XX: la estampa de varones que se identifican orgullosamente como mineros y que se encadenan numantinamente en las minas para seguir siéndolo.

Con este telón de fondo, es fácil comprender que las multinacionales mineras que están viniendo encuentren el terreno abonado para abrir minas, y que sean incluso recibidas con entusiasmo en las comarcas en las que sus predecesoras han dejado huellas ecológicas gravísimas, pobreza y despoblamiento

En Andalucía, podemos considerar como fecha augural de este nuevo imaginario de respetabilidad y hegemonía minera la masacre del Año de los Tiros de 1888 (más de doscientas víctimas). Desde entonces, el axioma minero, y el prestigio que irradia, se ha mantenido igual de intocado por las opciones políticas que se han sucedido. Tal unanimidad permite que tal dogma siga otorgando prestigio e incluso ese halo que rodea en cada cultura a las instituciones consideradas trascendentes.

Con este telón de fondo, es fácil comprender que las multinacionales mineras que están viniendo encuentren el terreno abonado para abrir minas, y que sean incluso recibidas con entusiasmo en las comarcas en las que sus predecesoras han dejado huellas ecológicas gravísimas, pobreza y despoblamiento. Y que muchos actores políticos, mediáticos y culturales adopten la ingeniería lingüística diseñada en los gabinetes de imagen de las corporaciones extractivistas.

Es tal la asunción general del emblema “más minería es mejor”, que casusa asombro -o estupefacción- comprobar que la expresión balsa de lodos mineros fuera tabú en los medios hasta que se rompió la de Aznalcóllar, que recuperase desde el 2000 su condición impronunciable y que estos días, tras ser pronunciada por el presidente de la Junta, la hayan recuperado los noticiarios, siquiera por unos días. Y es una maravilla escandalosa que las televisiones no las hayan mostrado ni antes ni después de mostrarnos el muro roto de Aznalcóllar. Y que ni siquiera esta, tan mediática un tiempo, hayan vuelto a mostrárnosla más, como si la hubiera engullido el follaje (contaminado) del corredor verde. Todo ello mientras se sucede, desde que comenzó a operar Cobre las Cruces en 2008, una riada de noticias, reportajes (publirreportajes la mayoría) que nos aturden con lluvia de millones, puestos de trabajo sin cuento, tecnología ultimísima, impecables restauraciones y sellados de residuos, capacidad tractora, etc, etc.

Una de estas multinacionales ha tenido la chulería de bautizar a su proyectada mina, que quiere verter al estuario del Guadalquivir miles y miles de kilos de metales pesados, como Un proyecto ambiental amparado en minería. ¿Es burla, sarcasmo, desprecio?