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La buena política

Iglesias intenta reconstruir puentes y ofrece diálogo al PSOE desde esta noche

EFE

Creo en la POLÍTICA… en la buena política, en esa política que es un instrumento útil al servicio de la ciudadanía, la que busca soluciones a los problemas reales. Creo en esa política que es una magnífica herramienta para transformar la realidad y cambiar la vida de la gente. Creo en esa política útil que mira las dificultades para afrontarlas y superarlas, en esa política de los argumentos, de los razonamientos y de la ideología. Creo en la buena política y reivindico su utilidad como condición necesaria e imprescindible a su razón de ser.

No hay nada más útil que servir a lo público defendiendo siempre el interés general frente al particular. No hay nada más útil que la aspiración legítima y honesta de la política de mejorar la existencia de aquellos a los que debe servir.

Fue ese deseo de cambiar la vida de la gente lo que llevó a Felipe González y a su Gobierno a aprobar la Ley de Educación Pública, la universalización de las pensiones y la sanidad pública. Normas que dieron derechos a los que, hasta ese momento, no habían tenido absolutamente nada.

Cambiar la vida de las mujeres víctimas de violencia de género es lo que buscaba José Luis Rodríguez Zapatero cuando impulsó una Ley Integral para combatirla, del mismo modo que aspiró y consiguió cambiar la vida de todos aquellos que no tenían barreras para amar permitiendo el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Cambiar la vida de los andaluces es lo que pretende cada día Susana Díaz cuando impulsa desde su Ejecutivo planes de empleo que ofrezcan oportunidades laborales a quienes se han dado de bruces con el actual maltrecho mercado laboral o cuando, a pesar de las dificultades económicas, garantiza la calidad en la prestación de los servicios públicos o cuando fracciona las tasas universitarias para que ningún joven tenga que renunciar a su formación por falta de recursos.

Cambiar la vida de la gente, mejorarla, transformarla ha sido, es y será la aspiración más noble de la buena política. Porque son las personas a las que van dirigidas esas decisiones las protagonistas de la acción política.

La finalidad de la política, de la buena política, es cambiar la vida de la gente. Por eso no logro entender cómo aquellos que supuestamente han llegado recientemente a la política para ser los "verdaderos" representantes de la "gente" se hayan olvidado tan pronto de ella. Y es que asaltar cielos, en el caso de que existan, no cambia la vida de nadie, al menos de nadie en la tierra.

Hace algo más de dos meses de la celebración de las Elecciones Generales en nuestro país y desde entonces hasta hoy estamos asistiendo atónitos al envejecimiento precoz de una fuerza emergente. Ni una sola iniciativa en beneficio de los españoles que más lo necesitan, ni una sola idea revolucionaria que solucione algún problema de este país, ni una sola medida que contribuya a la mejora colectiva de nuestra sociedad. Ni una sola que vaya encaminada a cambiar la vida de la gente. Ni rastro de esa buena política que coloca en el centro a las personas.

Por el contrario, en estos días, los españoles hemos aprendido considerablemente sobre el Reglamento del Congreso de los Diputados, fundamentalmente en lo que se refiere a la conformación de grupos parlamentarios y distribución de escaños.

¿Lo trascendental?

No se puede atribuir la bisoñez del grupo parlamentario Podemos a que haya considerado debates trascendentales para este país la ubicación de sus diputados o si se constituían en cuatro grupos diferenciados. Más bien debe atribuirse a su interés partidista de percibir más recursos, más cuota parlamentaria y, por supuesto, que Pablo Manuel Iglesias se sitúe en el tiro de cámara de televisión.

Ninguno de estos asuntos tiene nada que ver con la vida de la gente ni con el pretendido asalto a los cielos. Ni rastro de la buena política, por no hablar del hecho polémico de llevar a un bebé a la sesión constitutiva del Congreso de los Diputados. Me pregunto qué pensarían en ese momento todas esas madres trabajadoras que cada día tienen que hacer malabares para poder conciliar su vida profesional y familiar al ver la estampa de una diputada con su bebé en brazos en el escaño; aún más, a sabiendas de que dicha institución cuenta con una guardería gratuita a su servicio.

Pero, sobre todo, me preocupa que la envejecida nueva política considere que la verdadera conciliación es que las mujeres nos llevemos a nuestros hijos al trabajo. Después de tantos años de lucha y defensa por la igualdad, después de tantos avances y también de tantos retrocesos, después de tantas batallas libradas por muchas mujeres y hombres en pro de la igualdad me pregunto si era necesario.

Soy madre y como la inmensa mayoría de las madres no quiero llevar a mis hijos al trabajo, ni por ellos ni por mí. Aspiro a una sociedad en la que dejemos de hablar de conciliación para dar paso a la corresponsabilidad entre padres y madres y gestos como el de Bescansa no contribuyen a ello, sino más bien a perpetuar el rol de mujer cuidadora que históricamente se nos ha reservado.

Defiendo un país en el que desde las administraciones públicas se disponga de medios suficientes para habilitar recursos que permitan que un padre o una madre no tengan que elegir entre trabajo o familia.

Esa es mi lucha, la reivindicación de una sociedad de iguales en la que hombres y mujeres tengamos los mismos derechos y oportunidades, los mismos deberes y obligaciones. Porque esa es la verdadera revolución en este mundo injusto, la revolución de la igualdad plena. Ese es el único cielo que me gustaría asaltar. Porque una sociedad igualitaria es garantía de una convivencia más pacífica y más justa, es garantía de un mundo mejor y esto sí que cambia la vida de la gente.

Esta semana hemos perdido una oportunidad magnífica para cambiar la vida de los españoles, para poner fin a un Gobierno que ha provocado mucho dolor y sufrimiento en los españoles durante los últimos años. Sin embargo, los de la "nueva política" han preferido que nada cambie, que todo siga igual, han decidido ponerse del lado de quienes aprobaron esa reforma laboral que tanto critican, del lado de los que impulsaron la segregadora LOMCE que ellos dicen detestar, del lado de los que han condenado a tantos jóvenes al exilio laboral, del lado de los que han recortado tanto nuestros derechos y libertades que ya ni nos reconocemos.

Jamás pensé que asaltar el cielo fuera dejar gobernar al PP y olvidarse tan pronto de la gente. Jamás creí que los aires nuevos de la política fueran para situar en el debate nacional cuestiones tan estériles para la ciudadanía como la distribución de escaños o el reparto de ministerios. Jamás podría imaginar que una nueva fuerza política pudiera envejecer tan pronto.

Y es que mientras Pablo Manuel Iglesias y los suyos coreaban el NO desde sus recién estrenados escaños, estaban diciendo NO a cambiar la vida de la gente, NO a esa aspiración noble de querer mejorar las cosas, NO a la esperanza de un futuro mejor. Con su NO a Pedro Sánchez le han dado un gran Sí a Mariano Rajoy y sus políticas y han renunciado al asalto del cielo para traicionar a los de la tierra. Con su NO han defraudado a todos los que aspirábamos a un necesario cambio político en este país por el bien de la gente y han demostrado que su tan cacareada nueva política no era más que un espejismo. Ni rastro de buena política.

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