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El auge del true crime y su impacto: un formato consumido por mujeres que deja de lado la perspectiva de género

Candela Canales

Zaragoza —
28 de marzo de 2026 00:02 h

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El éxito del true crime no deja de crecer. Podcast, documentales y series basadas en crímenes reales copan las plataformas y arrastran a millones de espectadores. En particular, a espectadoras: alrededor del 70% u 80% del público de este género son mujeres. Una de ellas era Berta Comas, periodista zaragozana reconvertida en docente, que ha escrito un ensayo en el que analiza el éxito de este fenómeno: 'True crime. Una mirada hacia el dolor de las demás'.

Casas reflexiona y argumenta durante 140 páginas sobre lo que el true crime hace sentir a quienes lo consumen y cómo aumenta la sensación de un riesgo a sufrir un acto violento “cuando vivimos en un país con un bajo índice de criminalidad, no es una realidad ese peligro” pero, aún así, un día se descubrió a sí misma “pensando que foto elegiría mi familia para un cartel de desaparecida”. Con esta idea comienza el ensayo, que va recorriendo las diferentes aristas de este tema con fuentes documentales y referencias bibliográficas.

Uno de los ejes centrales del ensayo es la falta de enfoque de género en estos relatos. Esta cuestión aparece en numerosas ocasiones en el libro y también se abordó en la presentación en Zaragoza, que tuvo lugar en la librería La Montonera. La autora, acompañada de sus compañeras —y amigas— del podcast 'Sororitrap' Berta Jiménez y Rocío Durán, reflexionó sobre la falta de referencias a estos crímenes —la mayoría asesinatos de mujeres cometidos por hombres— como feminicidios. Es decir, no se aborda el tema desde el prisma de la violencia machista, por lo que se desliga de uno de los grandes problemas de nuestra sociedad.

Entre el miedo y la identificación

Durante la presentación del libro en Zaragoza, Comas profundizó en esa relación contradictoria que el público —especialmente femenino— establece con este tipo de contenidos. “Si puede ser cualquiera, puedo ser yo. Pero a la vez piensas que a ti no te pasaría”, resumió. Esa dicotomía atraviesa todo el género. Por un lado, las espectadoras se identifican con las víctimas —mujeres, en su mayoría—. Por otro, la propia narrativa introduce una distancia que permite pensar que ese desenlace podría haberse evitado.

Durante el coloquio, las tres periodistas reflexionaron sobre el aprendizaje implícito que puede generar consumir este tipo de contenido. Berta Jiménez lo explicó así: “Te sientes identificada, pero a la vez la espectacularización te saca de ahí, individualiza todo y genera una distancia muy cruel”. Esa tensión, añadió, se traduce en una comparación constante entre lo que le ocurrió a la víctima y lo que una misma habría hecho. Muchas consumidoras de true crime buscan en estos relatos patrones, errores o señales que les permitan anticiparse al peligro. “Si aprendo de esto, a mí no me va a pasar”, es la lógica que subyace, aunque, como señaló Comas, ese razonamiento “es muy perverso”.

“Al final lo que se está diciendo es eso, de no puedes ir por la calle sola de noche porque te puede pasar, entonces te quedas en casa. No hagas auto-stop porque te puede pasar, por lo tanto no te mueves”, explicó. “Entonces como que se va coartando un poco las salidas de las mujeres y se acaba en una domesticación”. En esa misma línea, Rocío Durán apuntó a cómo estos mensajes se trasladan a la vida cotidiana: “Veces y veces que me han repetido la cosa esta de no vuelvas de noche o no cruces parques”. “Entiendo que con el tema del true crime todavía es como insensibilizarte a la vez, como reforzar ese tipo de comportamiento”, añadió.

La autora también apunta a otra clave del éxito del género: la capacidad de generar una identificación múltiple. “El true crime nos hace sentirnos en la piel de víctima y asesino a la vez”.

Punitivismo y normalización de la criminalidad

El ensayo también cuestiona el enfoque habitual del género, centrado en el crimen, la investigación y la resolución judicial. “Todo acaba con la puerta de la cárcel cerrándose”, explica Comas. La autora considera que este esquema narrativo deja fuera buena parte de la historia. “Luego no hay un más allá”, señaló, en referencia a la falta de relatos sobre lo que ocurre después con las familias o los entornos de las víctimas.

Durante el coloquio, Rocío Durán planteó esa misma idea al preguntarse por el peso del castigo en estos relatos: “Es posible un true crime antipunitivista, o sea, es posible imaginar un documental en el que no acabe persiguiendo al asesino a través de los juzgados”. En esa línea, Comas insistió en la necesidad de ampliar el foco: “Sería más interesante qué pasa después con las que nos quedamos, con los entornos que se quedan en relación a eso, qué consecuencias les quedan”.

Otro de los ejes del ensayo es cómo el true crime convierte en cotidiano lo que en realidad es excepcional. España, recuerda Comas, tiene una de las tasas de criminalidad más bajas de su entorno, pero la repetición constante de estos relatos genera una sensación de amenaza permanente. El libro recoge además referencias internacionales, como el impacto de los asesinatos de Ted Bundy en universidades estadounidenses. Tras esos crímenes, se registró un descenso en las matriculaciones de mujeres. “Si le ha pasado a otras, le puede pasar a mí”, resumió Comas. “Sabemos que ocurren cosas horribles en el mundo… pero tampoco hace nada en tu vida contra eso”, añadió la autora, en relación con la idea de que la información no siempre se traduce en control, sino en una mayor sensación de inseguridad.

Quién cuenta las historias

El libro también pone el foco en quién construye estos relatos. Aunque cada vez hay más mujeres en formatos como el pódcast, la producción audiovisual sigue estando mayoritariamente en manos de hombres. “Depende desde qué perspectiva lo hagas… cambia mucho”, explicó Comas durante la presentación. “Nada va a ser objetivo”.

Durante el coloquio, Berta Jiménez también apuntó a cómo se construyen los perfiles de las víctimas: “Las protas son chicas blancas de clase media, clase alta”. Un patrón que deja fuera otros casos con menor visibilidad mediática.

En paralelo, la figura del agresor también se presenta como una excepción. “Si pensamos siempre que son psicópatas… eso también hace que no podamos pensar que lo que están haciendo es totalmente estructural”, señaló Comas.