Medallas por sueldos
Bomberos pregoneros. En vez de más medios y más sueldos, premios y honores. Más barato, grandes ideas eco-bio. Ciudad abierta en canales, había que cambiar las tuberías, no así las ideas, que se reducen a negocio.
La calle Pedro Cerbuna, famosa porque en ella está la librería de los Pepitos, o sea, Antígona, y un flanco de universidad, o sea, Universidad de Zaragoza, levantada, la calle, como tantas otras. Cada coche que se saca caben diez personas.
Incluyan fuentes y árboles. Los que talan y dos más.
Lo mejor es dar premios y honores en vez de más sueldos y más medios. Los bomberos forestales ya si eso que pase el invierno, que no llega.
Nueva temporada cero cero. Las ropas se pasan de era geológica bajo los 40º de septiembre.
Una cala del Mediterráneo vista desde el chiringuito un poco elevado, consuelo aragonés de las playas y mares siempre lejanos. Desde Alcañiz, donde el GP de motos y el nuevo flamante hospital, ya empieza el desierto mañolandero, ni un arbusto hasta el filo del Ebro.
No hay películas para tanto desierto y vastos pedregales. Y las que hubo se las llevó Almería.
Ya suben las planchas de hormigón por esos secarrizos milenarios, columnas dóricas disimuladas, hierros, robots. Plantas gigantes de nuevos inventos que chupan agua y luz pero cierra plantas y despide gente Volkswagen.
Aquí ya estamos chinificados, en otra onda.
Mejor incluir a los bomberos rurales, forestales, en la cuota-pregón festivo.
Atardecer en soledad en playas sin olas ni algas, solo peces y gaviotas. Luego vuelve la ciudad ardiendo por dentro. Nadie sabe qué está pasando. Quizá nada. Nadie sabe cuántos ni dónde ni por qué. Los datos no dicen nada.
Los tranvías dobles ya son casi cercanías, un anticipo virtual.
El tranvía este-oeste lo hará Puerto Venecia, los chiringuitos de datos y almacenes de chuches que llegarán hasta el mar pasando por Calanda y Belchite exigirán esos tranvías larguísimos, o sea, trenes frecuentes, convoyes que, al final, como en el mayo 68, llegarán hasta las playas.