Obras en San Miguel
El artículo de Fernando García Mongay sobre la planta de biogás de Loporzano, etc. Datos sin gente, nadie quiere biomasa en su pueblo ni en su casa. Camiones, purines, horrores, energía para datos. Vino Bill Gates a apalabrar en Madrid los voltios para sus búnkeres, donde estaremos muertos en vida en forma de bits y luego, si pagamos, muertos en muerte, en forma de bits, bien frescos con el agua al cuello, el agua que evitamos que se la llevaran al trasvase, a los trasvases, para donarla a los señores del hormigón algoritmado, riau riau, vino Bill Gates a reunirse con las eléctricas.
En plena crisis de trenes olvidamos que la red eléctrica, según los informes, está al límite.
Llevar siempre suelto, euros de papel, velas, linternas, latas, mochila de supervivencia.
La Plaza de San Miguel levantada con cuidado, la pala quirúrgica, salen zaragozas antiguas para el museo, que está en obras también. La vida es una excavadora.
Avenida Pirineos y la noria navideña esperando a arrancar a final de enero. El cierzo tira los árboles de la plaza de Los Sitios, zona guay con edificios emblemáticos cerrados o abandonados, el cierzo derriba a un hombre a caballo, que escribía Plinio el Viejo, y hay que asegurar que no tumbe la noria.
San Miguel en canal, grupos de ingenieros e ingenieras taladrando con cuidado. Por aquí pasaban las alcantarillas del imperio, de varios imperios. Esta plazoleta es el fin del mundo provisional, hasta que la asfalten.
Miguel Servet, avenida infinita, es ya museo de ladrillo de los sesenta, tiendas cerradas, locales esperando ser pisos, ciudades superpuestas, cero actividad bajo la lluvia de Cien años de soledad, lluvias propiciadas para llenar pantanos para refrescar datos ardientes. Los conspiracionistas de la sequía van a cambiar de enfoque.
No se sabe nada del gran apagón de abril, que se estudiará en su día cuando ya nada importe. Ni del virus aquel del año veinte, que fue algo espontáneo, casual. Ni siquiera del virus del pollo o del cerdo.
La noria navideña giró un par de días sin público y tuvo que parar porque no le daban los permisos del seguridad del cierzo y el suelo de ribera. Noria y cierzo.
El teleférico aquel de la Expo, la cabina de Leitner, comunicaba la nada con el descampado, así que no servía más que para su propio gasto, como tantas cosas y edificios de la Expo. La torre al menos ya está en marcha, un poco subiúdice, como casi todo de momento siempre.
Hemos vendido el alma a los datos, PIGAS mediante, pero no hay que desanimarse avant la lettre porque estas exenciones de impuestos a corporaciones traerán otras oleadas de tecnología y fábricas de robots y armas que aún están a medio diseñar (Trump ha estrenado alguna en Venezuela), llegarán nuevos empleados modélicos robóticos y en la Plaza de San Miguel podrán pasear con sus bebés cibernéticos superinteligentes renovables, la gente versión 2 se renovará por dentro sin bífidus porque los datos son pura metafísica, sólo chupan agua y luz y no hará falta la comida basura ultraprocesada, qué rica la grasa para el neandertal, porque todo será sí o no y sí, bwana, bueno, eso ya es.
Estando los datos tan cerca será más barato estar en ellos, al menos esa cláusula debería incluida en los PIGAS, a fin de cuentas siendo tan poquicos/as la rebaja en la cuota sería casi cero cero, como la cerveza, la rebaja en el uso y alquiler de las IA’s que se alojen en estos antiguos páramos, más allá de la Plaza San Miguel y esas avenidas sesentarias de Miguel Servet que llevan a Montemolín y al Bajo Aragón, donde aun encontrarán nuevas tierras rarísimas a poco que rasquen los numulites y trilobites del mar aquel.
Al llover tanto no hay nadie y se pueden pisar los charcos como en las infancias mientras en algunas o tantas escuelas públicas hay que ir con anorak, eso sí, de marca.
Hemos vendido el alma a los datos pero como ya no teníamos alma nos da por eso un poco igual.