La Yesera no tiene quién la salve
La bandera del patrimonio cultural aragonés cuenta con una interesante particularidad: solo se agita cuando el viento sopla del este. En plata: nos solemos acordar de Santa Bárbara no cuando truena, como se suele decir, sino cuando los desmanes llegan desde Cataluña.
El resto del tiempo no nos importa pasar por encima de nuestra propia historia y borrarla a fuerza de una mezcla explosiva de desidia, pasividad e ignorancia. Eso en el mejor de los casos, porque en el peor ya sabemos que son otros los intereses que operan, menos confesables. Sirva como ejemplo de ello una reciente visita que realicé a los paisajes de una parte importante de mi infancia (ya saben, donde se dice que reside nuestra verdadera patria): la estación de Almudévar, junto a San Jorge, un pueblo de colonización fundado en los años 50.
Al otro lado de las vías donde otrora se encontrara la estación se levantaba, en una pequeña loma, un majestuoso edificio que conocíamos como 'la Yesera'. Al pie de unos montes que fueron testigos de importantes y duras batallas durante la guerra civil, se erguía esta casona, con aire de mansión sudista (de las de 'Lo que el viento se llevó'). La recuerdo abandonada, pero en pie, al final de una hilera de cipreses, lo que le daba cierto aire fantasmagórico.
Varios decenios después, el recuerdo se transforma en triste realidad y el edificio se encuentra ya en las últimas. De hecho, se ha salvado milagrosamente de la piqueta en alguna ocasión. Según el profesor de la Universidad de Zaragoza e investigador local José María Alagón, este es un gran ejemplo de patrimonio industrial aragonés, con la relevante particularidad de que se construyó en 1939, recién terminada la guerra. Un momento poco propicio para la edificación civil, lo que le añade un mayor interés.
Como su propio nombre indica, sirvió de fábrica de yeso durante la dura posguerra, aprovechando la cercanía de la estación de ferrocarril, hasta donde se llevaba la producción diaria.
Hoy, como digo, el edificio languidece en el medio del monte, comido por el olvido y las barzas. El estado actual de la Yesera me hace evocar el destino que corrió otro edificio industrial emblemático: la fábrica Averly, en Zaragoza. Así como tantas y tantas muestras de nuestro patrimonio histórico (material e inmaterial) que han pasado a peor vida. Quizá no tengan el valor de una ermita románica o un retablo renacentista, no disfruten de la categoría de ser un BIC (Bien de Interés Cultural), pero son testigos de un pasado no tan lejano y, con la debida atención, representan un interesante reclamo para conocer mejor nuestra historia.
Llegado a este punto me pregunto dónde están los sonoros golpes en el pecho con el que muchos políticos claman al cielo por las obras de arte sacro de Villanueva de Sijena y llego a la conclusión, a la triste conclusión, de que este edificio no tiene quién le salve. Como el coronel de Gabriel García Márquez, a quien nadie escribía. Qué triste tiene que ser que no te hayan expoliado los “catalanes” y que nadie se acuerde de ti.