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La música como vía a los secretos últimos de la biología: científicos gallegos estudian las reacciones de los genes a los estímulos sensoriales

Asistentes a uno de los conciertos experimentales de la Real Filharmonía de Galicia para el proyecto Sensoxenoma.

Daniel Salgado

Santiago de Compostela —
26 de octubre de 2026 06:01 h

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La investigación del proyecto Sensoxenoma resulta, al mismo tiempo, compleja de explicar y sencilla de comprender. Sucede a menudo con la ciencia que se mueve en las fronteras del conocimiento. “¿Puede un estímulo musical producir una respuesta biológica medible?”, resume la pregunta inicial uno de sus documentos de trabajo. Y lo explica a elDiario.es, con otras palabras, el biólogo y genetista Antonio Salas, uno de sus investigadores principales: “Queremos saber qué sucede a nivel molecular ante los estímulos sensoriales”. La base material de las emociones, de alguna forma, pero sobre todo una vía desconocida a los secretos últimos de la biología y, quizás, a nuevos procesos terapéuticos.

Sensoxenoma comenzó en 2019 de la mano del Instituto de Investigación Sanitaria de Santiago de Compostela (IDIS) y de los grupos de investigación GenPoB y GenVip de la universidad de la ciudad. Salas Ellacuriaga y el pediatra Federico Martinón son sus investigadores principales. Lo coordina la musicóloga y doctora en ciencias de la educación Laura Navarro y en él trabajan unas 60 personas. Su campo de estudio se encontraba, en buena parte, por rozar. “Hasta donde sabemos nadie en el mundo está explorando esta área”, asegura Salas, “hemos creado el concepto de sensogenómica [una disciplina de la ciencia genómica que busca investigar como los estímulos sensoriales repercuten en el ADN] y ya hemos publicado 12 trabajos científicos en revistas importantes, cuando no había nada”. Y todo surgió en una casa. En la de Salas, concretamente.

“Soy muy melómano. Y en mi familia la música ha funcionado a menudo como terapia y jugado un papel fundamental en la recuperación fisiológica de una de mis hijas”, relata, “yo quería entender qué pasaba”. Los efectos de la música en las personas los han estudiado neurocientíficos o psicólogos cognitivos, pero faltaba la perspectiva molecular. Genética. Si alguien se emociona al escuchar música, qué sucede en ese momento en los genes. “Intentamos comprender lo más básico, las páginas de la partitura de nuestra genética y como esta se expresa al estimularse”, metaforiza, “en este caso con la música, algo que seguro está enraizado en nuestro genoma”. Los instrumentos musicales más antiguos conocidos, recuerda, datan de hace 40.000 años. Y los seres humanos nacen siendo “seres musicales”, con sentido del ritmo.

Dimensión social de un proyecto científico

A partir de esas intuiciones, Sensoxenoma ha creado un método experimental en el que se combinan genética, transcriptómica (estudio de las moléculas de ARN), proteómica (estudio de las proteínas), microbiota (estudio de microorganismos vivos), psicofisiología y participación ciudadana. Y que obtiene sus muestras y resultados a partir de conciertos de la Real Filharmonía de Galicia en colaboración con asociaciones de pacientes con deterioro cognitivo, daño cerebral o trastornos del espectro autista. “El proyecto, cuya dimensión científica es fundamental, ha adoptado también una dimensión social importantísima. Trabajamos con 24 entidades”, anota Salas.

“Una persona con alzhéimer no recuerda el nombre de su hijo pero sí Ondiñas veñen. A los que padecen daño cerebral, la música suele servirles como terapia. Y aquellos con autismo poseen una sensibilidad especial para la música y hay estudios que relacionan esa condición con el oído absoluto”, explica sobre los motivos para centrar parte de las investigaciones en esos colectivos. Pero no solo. A los conciertos experimentales del Auditorio de Galicia, en Santiago de Compostela, han acudido todo tipo de personas. Van cinco ediciones.

La Real Filharmonía de Galicia durante un concierto de Sensoxenoma.

La primera, en 2022, ya obtuvo resultados significativos. Habían asistido personas con deterioro cognitivo y otras que no. A todas les recogieron muestras de sangre -un pinchazo en el dedo- y saliva. Más de mil muestras. En las primeras, sus genes cambiaron de expresión casi el doble de veces en que en las segundas. Lo del “cambio de expresión” es importante. Lo recuerda Laura Navarro, musicóloga y coordinadora del proyecto. “El ADN, los genes, no cambian, no se modifican. Pero ante cualquier estímulo se expresan, eso es el ARN y lo que nosotros estudiamos”, indica. En cualquier caso, en esa primera experiencia musical, los genes cuya actividad estaba alterada de las personas con deterioro cognitivo tendían a cambiar el sentido de su desplazamiento tras el estímulo musical.

“Esta conclusión abre una hipótesis de posible respuesta compensatoria”, aduce un documento del proyecto, que también advierte: “Pero no demuestra que la música trate o cure una enfermedad neurodegenerativa”. De hecho, Sensoxenoma avisa contra los malentendidos de la divulgación. “Nuestro proyecto no pretende demostrar que la música cure alzhéimer, daño cerebral u otras patologías”, dice uno de sus dosieres, “sus resultados son investigación básica y traslacional que ayudan a describir mecanismos y generar hipótesis”.

Los conciertos continuaron. Incorporaron sensores de ritmo cardíaco y de actividad en la piel. Se recogieron muestras de lágrimas. Los repertorios también cambiaron: música clásica, a veces más popular -Carmen, de Bizet-, a veces menos; música de cine, más figurativa y asociada a emociones claras -tristeza, alegría. “Hay una parte biológica de la relación que tenemos con la música, una ancestralidad”, sostiene Navarro, quien además avanza que uno de sus objetivos para 2027 es utilizar otras músicas. Le interesan especialmente el jazz o la improvisación. “Dependiendo del estilo, el número de estímulos cambia. No es lo mismo una partitura de Beethoven que C. Tangana”, dice.

“Vemos cosas inimaginables”

“Estamos viendo cosas inimaginables. Algunas respuestas abren caminos para procesos terapéuticos”, defiende Antonio Salas, “y desde luego aportan información sobre la discapacidad”. Sus documentos señalan que la pregunta inicial, aquella “¿puede un estímulo musical producir una respuesta biológica medible?”, ya ha cambiado. Los resultados permiten “preguntas más precisas”: ¿Qué mecanismos se activan? ¿Qué personas responden de forma diferente? ¿Cuánto dura el efecto?

También los objetivos en el futuro inmediato del proyecto. Entre ellos, “explorar posibles aplicaciones de la música como intervención no farmacológica, siempre dentro de estudios clínicos específicos”. Parte ya lo han llevado a la práctica. El proyecto Euterpe ADN deriva de Sensoxenoma y consistió en un año de intervenciones en siete centros de mayores —con deterioro cognitivo o no— en Galicia y el norte de Portugal. El método tenía tres partes: la escucha, el canto y la práctica instrumental basada en la improvisación con instrumentos adaptados.

“Lo que me gustaría es contagiar la investigación del sensogenoma”, concluye Salas, “y en ello trabajamos. Pero la ciencia es un constructo lento”.

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