La maestra que convirtió un colegio de Zaragoza en un referente de inclusión: “La diversidad no es un problema”
El último pasillo que recorrió Rosa Llorente en el CEIP Ramiro Soláns de Zaragoza no se parecía a tantos otros que había atravesado durante más de dos décadas. Esta vez, al otro lado estaban sus compañeros, el alumnado y las familias que habían querido despedirla. “Iba pensando en la emoción vivida, en las muestras de afecto sincero y real de tantos niños y tantas familias, y en cómo por esos pasillos había caminado tantas veces en otros momentos tan difíciles”, recuerda en una entrevista a elDiario.es.
La jubilación pone fin a una etapa profesional, pero no a una historia colectiva que Rosa ha contribuido a construir. Cuando llegó al Ramiro Soláns en el curso 2000-2001, encontró un colegio que escolarizaba a 120 niños y niñas, todos de etnia gitana, y arrastraba una imagen muy negativa dentro y fuera del barrio. El fracaso escolar alcanzaba el 95%, el absentismo superaba el 40% en Primaria y la conflictividad se situaba en cifras similares. “Era un centro muy estigmatizado que proyectaba una imagen muy negativa”, resume.
Además de las diferencias entre el equipo docente, el alumnado reproducía en las aulas comportamientos aprendidos en su entorno, apenas tenía referentes diferentes y, además, las familias y el colegio caminaban en direcciones opuestas.
Aunque llegó como orientadora, Rosa apenas conocía el centro y, por primera vez en su trayectoria, no se sentía capaz de responder a las necesidades que tenía delante, pensando incluso en marcharse. “Es muy triste que, cuando amas tanto una profesión, esa frustración personal y profesional te pueda llevar a no dar lo mejor de ti”, admite.
Sin embargo, tal y como explica, decidió quedarse y se sumó al grupo de docentes que quería impulsar un cambio. El camino, como reconoce, “fue lento y exigente”, porque no se trataba solo de mejorar los resultados académicos, sino de transformar la relación entre el colegio, el alumnado, las familias y el barrio. “Queríamos que el colegio fuese un reflejo de la realidad social que hay en el barrio y no únicamente de una parte de esa realidad”, subraya.
Su especialización en pedagogía y su experiencia en un pueblo de Soria, en Albalate del Arzobispo y en Casetas, terminaron llevándola al Ramiro Soláns, primero como orientadora y, tres años después, al equipo directivo como jefa de estudios. Ocupó ese puesto durante ocho años antes de asumir la dirección, responsabilidad que ha ejercido durante trece.
El colegio ha dejado atrás aquella etiqueta y ahora, según Llorente, escolariza a 378 niños y niñas de familias de más de 25 nacionalidades. También han regresado al centro familias que conocieron el proyecto a través de sus hijos e hijas y que ahora confían en él para la siguiente generación. A ellas se suma un 4% de familias de clase media que lo eligen precisamente por su apuesta por la inclusión.
“Ahora tenemos una escuela de confianza social, donde las familias se sienten dignificadas, valoradas, cuidadas y queridas”, afirma, al mismo tiempo que añade que “el cambio no se mide solo en el aumento de la matrícula o en la diversidad del alumnado, sino también en los indicadores educativos”. En este sentido, indica que el absentismo ha pasado de superar el 40% a situarse en torno al 6%; la conflictividad ronda ahora el 4 o el 5%, y las tasas de éxito escolar se mueven en torno al 75-80%. “Hemos logrado cambiar la mirada de las familias hacia la educación”, señala.
Una escuela que empieza por escuchar
Antes de avanzar en el aprendizaje, el equipo vio necesario construir un espacio seguro en el que los niños y niñas pudieran relacionarse de otra manera. Así, la educación emocional se convirtió en uno de los pilares del proyecto, con el objetivo de aprender a identificar, nombrar y regular las emociones, trabajar los conflictos y mejorar las relaciones.
“Todas las emociones, tanto las que nos hacen sentir bien como las que nos hacen sentir mal, son propias de las personas. Tenemos que aprender a regularlas y esa autorregulación emocional nos lleva a ese bienestar personal que nos permite avanzar a nivel curricular y a relacionarnos mejor desde una mirada positiva”, destaca.
Con los años, ese trabajo ha dado lugar a un currículo emocional propio en el que la escucha activa, la atención personalizada, la cercanía y el liderazgo apreciativo atraviesan la vida cotidiana del colegio.
Cada mañana, el profesorado baja al patio para recibir a las familias y acoger al alumnado, y vuelve a acompañarlos a la salida. “No hay una atención a las familias limitada a un horario de tutorías, sino que el contacto es continuo. Conocemos en cada momento las necesidades de cada niño, de cada niña y de las familias, y eso nos permite estar muy atentos a aquello que necesitan”, explica. También ha cambiado el lenguaje, que apuesta ahora por una comunicación en positivo.
La escuela se ha convertido en un lugar al que acudir cuando los problemas van más allá de las clases: “El alumnado sabe que siempre tiene un lugar en el que se le va a escuchar. Lo mismo ocurre con las familias, que encuentran en el centro una puerta abierta ante dificultades”.
Otra de sus apuestas ha sido convertir el colegio en un espacio de formación y oportunidades para las familias, sobre todo para las mujeres. Después de que no funcionara una actividad sobre educación y crianza, el equipo decidió preguntar directamente qué necesitaban. De esta forma, descubrieron que algunas querían aprender costura y pusieron en marcha un taller que, con la colaboración de Ayuda en Acción, se ha convertido en ‘Hilvana’, un proyecto de emprendimiento femenino textil de carácter social. La iniciativa reúne al colegio, la Escuela Superior de Diseño de Aragón y la Fundación San Ezequiel Moreno para facilitar un certificado de profesionalidad en arreglos textiles y el acceso posterior a oportunidades laborales.
“Lo que queremos es que nuestras familias se incorporen al mundo laboral a través de la formación”, sostiene Rosa. El centro también ofrece alfabetización, clases de castellano y formación en competencias digitales. Además, este curso ha puesto en marcha ‘Entre Sabores’, un proyecto con una docena de mujeres que busca aprovechar sus conocimientos culinarios.
“La capacidad transformadora de la escuela es muy potente cuando consigue vincular a las familias al centro educativo”, defiende. Para ella, el colegio no puede hacerlo todo por sí solo, pero sí abrir sus puertas y tejer alianzas que multipliquen las oportunidades.
Conocer antes de juzgar
En su mirada al pasado, presente y futuro, Llorente remarca que “la inclusión también exige mirar más allá de las etiquetas”, por lo que el curso pasado el Ramiro Soláns impulsó la exposición ‘Miradas’, en la que doce familias de distintas culturas y realidades compartieron sus historias de vida mediante fotografías y audios. La muestra, que terminó abriéndose a toda la ciudad, permitió acercarse a familias que huyeron de la guerra de Ucrania o a mujeres libanesas, entre otras.
“Cuando conoces las historias que hay detrás de cada familia y los pasos tan importantes que han tenido que dar para llegar hasta aquí, hay que ponerlo en valor. Lo que no se conoce no se pone en valor. No podemos limitarnos a juzgar sin conocer”, apunta, al mismo tiempo que agrega que “la diversidad no es un problema, sino una oportunidad para crecer juntos”.
“En nuestra escuela la máxima es que todos somos igual de importantes. Independientemente de la función que tengamos, tenemos el mismo valor y aportamos mucho al proyecto”, recuerda.
El trabajo del centro ha trascendido sus aulas, ya que el Ramiro Soláns es ahora un referente autonómico, nacional e internacional que acompaña a otros colegios en sus procesos de transformación y mentorización. De hecho, recibió el Premio Princesa de Girona Escuela 2024 por su “sólido proyecto transformador” y este 2026 fue nombrado Hijo Predilecto de Zaragoza.
Una despedida en comunidad
Ya jubilada, Rosa reconoce que ha prolongado hasta tres años este momento porque no quería dejar el colegio justo cuando empezaba a recoger los frutos de un proceso tan largo: “Después de la pandemia ha sido como el florecer, como recoger realmente lo que habíamos conseguido”.
“Abrir las puertas cada día es abrirlas a un mundo diferente y a un mundo donde hay esperanza y futuro”, afirma Llorente, quien fue despedida por toda la comunidad educativa con detalles, comida sorpresa y muchos abrazos. “Me voy llena de cariño y gratitud”, concluye.
Ahora, la nueva dirección y el equipo docente reciben el encargo de consolidar los proyectos en marcha. Rosa confía en ese relevo porque sabe que el proyecto nunca ha dependido de una sola persona: “La gran fortaleza es el trabajo en equipo. Yo solo brillo si lo hago con compañeros y compañeras”.
Su jubilación cierra una etapa, pero el CEIP Ramiro Soláns del barrio Oliver de Zaragoza ya no es aquel colegio al que nadie quería ir, sino “un centro que ha demostrado que el origen, la situación económica o la cultura no deben determinar el futuro”.