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Elvira Navarro

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Jornada de reflexión: castigados en el rincón de pensar

¿Sirve la jornada de reflexión para acabar de decidir nuestro voto? "¡Qué reflexionen ellos!", me dice una señora refiriéndose a los políticos. Estoy en una cafetería de un barrio de Madrid, y me he acercado con mi pregunta a una mesa en la que cuatro amigas que deben de rondar la cincuentena comparten anecdotario y merienda. "Como si no hubiéramos estado viendo todos estos meses los desahucios, el paro, la corrupción, los jóvenes marchándose del país porque no hay trabajo. Eso sí que da para una reflexión. Y encima los bancos chupando del dinero de todos y sin soltar una peseta. ¿Acaso quieren convencernos de que eso no ha pasado? Porque esa es la sensación que dan los políticos durante la campaña, sobre todos los del PP".

Una tercera interviene: "Pues a los del PSOE ya les vale. Ir por ahí diciendo que son de izquierdas. Vaya jeta. Me parece una falta de respeto. ¿Se creen que la gente es tonta?". Las cuatro se enzarzan en lamentos que recorren algunos tristes (por verdaderos) tópicos sobre los políticos: que son todos iguales, que sólo miran por sus intereses, que viven fuera de la realidad. De fondo, subyace la creencia de que el poder únicamente puede generar corrupción. ¿Para qué luchar entonces contra lo inevitable?

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A Marhuenda se le ve el culo

Cuanto más te agachas, más se te ve el culo: esta era una de las máximas que mi madre soltaba brutalmente ante pelotas descarados y ufanos, y sin duda la habría susurrado hoy en el desayuno informativo que Francisco Marhuenda, actual director del diario La Razón y tertuliano montaraz entre otras cosas, ha celebrado en el Ritz.

La excusa: hablar del presente y el futuro de los medios de comunicación. La realidad: que Marhuenda, para variar, se ha deshecho en halagos hacia Mariano Rajoy y hacia los “amigos” convocados (durante el speech no se ha cansado de las variaciones de esta fórmula: “Mi querido y admirado Fulano, presente aquí”).

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Cosas absurdas en el Congreso de los Diputados

La jornada de puertas abiertas no puede ser más que pura paradoja en estos días en los que se ha aprobado el anteproyecto de la Ley de Seguridad Ciudadana. Y es que, a tenor del celo con que se le protege en el anteproyecto, el Congreso parece más un palacio donde los reyezuelos se perpetúan a costa del pueblo que un lugar donde se representa a los votantes.

¿Temen las autoridades al gentío que hace hoy cola para visitar el hemiciclo y las dependencias adyacentes? Hay, desde luego, mucha policía pero ninguna tensión, pues quienes estamos aguardando para entrar somos como los visitantes de un museo: venimos a mirar, y quién sabe si a admirar, el decorado del poder. Respetamos las jerarquías. Esto ocurre siempre cuando entramos en casa ajena: aunque no nos guste su morador, nos mostramos corteses en su salón y ni se nos pasa por la cabeza tumbarnos en su cama o abrir el frigorífico para coger un yogur sin su permiso. Sin embargo, el Congreso no debería ser tan ajeno. Estaría bien que a cualquiera de nosotros se le ocurriera al menos comentar algo sobre su funcionamiento. Pero no: somos extraños penetrando en una de esas lujosas moradas vistas en la prensa o por la televisión.  

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Desayuno con el cadáver político de Ana Botella

Ana Botella no se olvida de sí misma cada vez que habla en público. Y este jueves ha vuelto a ocurrir con una intervención que, según comentaba su jefa de prensa antes de que diera comienzo el desayuno informativo, iba a sorprender por su “originalidad”. Espero que a la costumbre de los políticos de este país de no asumir sus fracasos no se le comience a llamar “originalidad”, que ya vamos sobrados de eufemismos (ay, lo políticamente correcto) y de idiotez.

Inauténtica es lo que parece una persona cuando sus palabras van por un sitio y su gestualidad por otro, e idiota cuando sus palabras están tan perdidas como sus gestos. Ana Botella, consciente de su ineptitud ante el público, se columpia entre la falta de autenticidad y la tontura cada vez que tiene un auditorio delante. Hoy se ha presentado con una camisa de color amarillo que podría llevar cualquier señora del barrio de Salamanca recién llegada del veraneo (se ponga lo que se ponga, la alcaldesa no puede evitar su aspecto de maruja pija) y una sonrisa que no subía del labio superior. Una sonrisa que no llegaba a los ojos. Una sonrisa tétrica: quien proyecta miedo tiene miedo.

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A Cospedal hay que quererla

A María Dolores de Cospedal ya no la ajuntan en el patio político algunos de sus compañeros de recreo, así que Mariano Rajoy, el desteñido macho alfa de la manada, le organiza un desayuno en el hotel Ritz para que a todos les quede claro que a Cospedal hay que quererla.

A las ocho y media de la mañana me planto en la puerta del Ritz, cuya entrada principal está llena de policías. Al desayuno acuden no sólo políticos del partido, sino también empresarios. En un contexto como éste un empresario es sólo aquel que tiene una gran empresa y que además apoya al PP. No se invita a nadie que tenga una panadería o un taller de reparación de bicicletas. Me dispongo pues a ver pasar un cortejo que hoy va con el traje de los domingos: los hombres engominados con gabardina, al estilo de Luis Bárcenas pero con más grisura; las mujeres, en su mayoría, con unos tacones de escándalo que deben de ser el no va más de la etiqueta, lo que no deja de resultar contradictorio, pues muy pocas pueden andar con elegancia sobre esos zancos. Isabel Tocino, por ejemplo, llega descuajeringándose sobre sus taconazos, como si estuviese decidida a abrirse la crisma contra el suelo.

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La fiesta de los maniquíes

Trajes de trabajo que podrían servir de indumentaria para una fiesta a la que se quiere ir discreto. Así es como llegan sus señorías al Congreso. Parece que acudan a una celebración de fin de curso, cada cual moviéndose según la conciencia de la propia importancia. La entrada al hemiciclo es un enjambre de cámaras, fotógrafos y periodistas; si hago abstracción del espacio, podría pensar que me encuentro en Cannes o en los Goya, con la salvedad de que no hay photocall, lo que desde luego estaría fuera de lugar, sobre todo ahora que los principales partidos acumulan vergüenzas y fracasos. Digo que no hay photocall, pero es como si lo hubiera. Quienes arriban se saben mirados, retratados, comentados; me pregunto si el haber llevado al país al borde del abismo se les nota en algo. Mi impresión es que no. Y si hay un atisbo de inquietud y zozobra, ahí va la prensa a darles la medida de lo mucho que todavía importan, aunque sea porque hay que hablar mal de ellos.

Eso le ocurre, por ejemplo, a Ana Mato. Entra en la cámara y los fotógrafos se lanzan hacia ella como si se tratara de Angelina Jolie. En las fiestas de fin de curso a las que yo iba se les daba la espalda a quienes habían caído en desgracia, y también a los que nunca tenían gracia: pura crueldad adolescente. Aquí el código es otro: el del famoseo. ¿Me miran? Pues cabeza alta y adelante.

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