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A Cospedal hay que quererla

María Dolores de Cospedal, este lunes / EFE

Elvira Navarro

Madrid —

A María Dolores de Cospedal ya no la ajuntan en el patio político algunos de sus compañeros de recreo, así que Mariano Rajoy, el desteñido macho alfa de la manada, le organiza un desayuno en el hotel Ritz para que a todos les quede claro que a Cospedal hay que quererla.

A las ocho y media de la mañana me planto en la puerta del Ritz, cuya entrada principal está llena de policías. Al desayuno acuden no sólo políticos del partido, sino también empresarios. En un contexto como éste un empresario es sólo aquel que tiene una gran empresa y que además apoya al PP. No se invita a nadie que tenga una panadería o un taller de reparación de bicicletas. Me dispongo pues a ver pasar un cortejo que hoy va con el traje de los domingos: los hombres engominados con gabardina, al estilo de Luis Bárcenas pero con más grisura; las mujeres, en su mayoría, con unos tacones de escándalo que deben de ser el no va más de la etiqueta, lo que no deja de resultar contradictorio, pues muy pocas pueden andar con elegancia sobre esos zancos. Isabel Tocino, por ejemplo, llega descuajeringándose sobre sus taconazos, como si estuviese decidida a abrirse la crisma contra el suelo.

Hay periodistas a ambos lados de la puerta. Dicen que van a venir activistas de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca para reivindicar la dación en pago, pero a falta de quince minutos para que el desayuno comience no veo a nadie con aspecto de pertenecer a la plataforma. Escucho a alguien gritar tras de mí: “¡La sanidad no se vende, se defiende!”. Acaba de entrar Ana Mato a tenor de lo escuchado. Lo ha hecho tan rápido que no he tenido tiempo de verla. Miro al joven del grito. Intento averiguar si es un periodista cabreado, y como no concluyo nada le pregunto si pertenece a la PAH. “Yo sólo soy un ciudadano normal”, me contesta, “y me manifiesto siempre que puedo”.

¿Qué es un ciudadano “normal”? Peco de ingenua al hacerme esta pregunta que cualquiera entiende; sin embargo, la expresión sigue llenándome de extrañeza.

El chico continúa con sus gritos. El siguiente espetado es Rodrigo Rato. “¡Qué bien Bankia!, ¿eh?”, le suelta. Y luego Rajoy, cuyo coche llega hasta la mismísima puerta giratoria. El ciudadano “normal” le chilla: “¡No son desahucios, son asesinatos!”. Veo desfilar a Rita Barberá, a Jorge Fernández Díaz, a Soraya Sáenz de Santamaría, que también lleva unos tacones escandalosos y que, como siempre, luce bien. Esteban González Pons arriba por detrás de una columna de periodistas, y casi se come a un cámara. Es otro de los que quedan bien en cualquier circunstancia: al cámara le da poco menos que un abrazo para disculparse, y nadie dudaría de que siente de veras haber estado a punto de tirarle al suelo.

La reina de los abucheos es Esperanza Aguirre; su llegada marca un punto de inflexión, pues ya hay un nutrido grupo de activistas de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. En medio del griterío dos clientes orientales, seguramente japoneses, tratan de abandonar el hotel; sus sonrisas de turistas eternos se congelan en mitad del barullo, y el personal sale a socorrerlos. La policía echa de la puerta a los de la PAH, que protestan con variaciones de “¡Si los peligrosos son ellos!”, y que visten como una espera de un militante antidesahucios. Al final no nos salvamos de ir con uniforme: nos gusta demasiado que nos identifiquen, o tememos demasiado que nos confundan.

El ciudadano “normal” está con los de la Plataforma; se ha puesto la máscara V de Vendetta que usan los Anonymous, un sobre en la frente y varias pancartas en el pecho que rezan “Stop desahucios”. Hay fotógrafos retratándole. ¿Su énfasis en ser un ciudadano “normal” se debía a que estaba informando a sus compañeros de la PAH sobre cuál era el momento más oportuno para intervenir y no quería ser descubierto, o bien obedecía al empeño, made in 15-M, de no establecer jerarquías ni etiquetas, es decir, de no celebrar identidades?

Hace rato que un anciano exhibe una camiseta verde Bankia donde puede leerse la siguiente acusación: “Nido de corruptos, ruina de jubilados”. Varios periodistas le entrevistan. El hombre cuenta que, tras cuarenta y cuatro años cotizando, le despidieron, y que decidió meter parte del dinero de su despido en las preferentes. Se ha quedado sin él. Una historia similar cuenta una anciana, viuda y también con camiseta verde. El hombre dice: “Y este desayuno, ¿quién lo paga? ¡Todos los contribuyentes!”.

El anciano desde luego tiene razón en muchas cosas, pero no en que el desayuno esté pagado con dinero público. Eso es falso. Quien pone el dinero son los patrocinadores de Nueva Economía Fórum: Asisa, BT y Red Eléctrica de España. He aquí otro misterio: “Nueva Economía”. ¿Adónde?

Entro en el Ritz; no soy periodista y no sé cómo conducirme; Luz Sanchis me orienta sobre cosas básicas, como por ejemplo que a nosotros nos toca desayunar frente a una pantalla desde la que se seguirá la intervención de Cospedal, y lo más importante: que las preguntas de los periodistas que responderá la secretaria general del Partido Popular habrán sido convenientemente filtradas. Pues vaya.

Cuando me enteré de que se planeaba este evento, pensé en cuando, de niños, los padres y los profesores nos instaban a jugar con algún infante de los que habían caído en desgracia. Tenía siempre algo de patético, sobre todo cuando ese infante eras tú. De buena gana habrías matado a tu madre o a tu maestro. Sabías, además, que habría una venganza, que todos tardarían el doble en aceptarte, porque tu presencia les estaba siendo impuesta.

¿Sucede lo mismo en política? ¿Le hiere el orgullo a Cospedal que Rajoy vaya a decirles al resto que todavía tienen que quererla, o los políticos no tienen ya orgullo porque saben que con él no van a parte alguna? ¿Serán a partir de hoy más crueles las zancadillas de quienes no quieren a Cospedal como número dos de su partido?

Me informan de que la mayor parte de los que “desayunan” en la mesa presidencial no se dirigen la palabra, y que María Dolores de Cospedal y Javier Arenas se odian. Entrecomillo desayunar porque no es más que un decir. En las mesas hay zumo de naranja, pulgas de embutido, magdalenas de chocolate y napolitanas con almendras, todo en tamaño mini, y nadie come. Los centros son rosas alrededor de cintas de papel con los colores de la bandera de España. Los periodistas toman notas; la escena me recuerda a un campamento de verano. Una mujer parecida a Julia Roberts recoge las tarjetas de los periodistas con las preguntas que no se van a responder. Luego llega una segunda mujer, también juliaroberstizada, cuya función no logro averiguar.

Cospedal desgrana sus méritos y los de su partido. “La persona que nunca me dijo que no” es ya la ambigua y chistosa frase estrella, pero no la ha pronunciado Cospedal, sino Rajoy al presentarla. Ella se limita a informar de lo de siempre, y los periodistas se decepcionan porque no da más explicaciones. Me asombra que un periodista conserve la capacidad de decepcionarse ante el discurso de un político. Para mí, que soy una escéptica, está claro que los políticos siempre van a decir lo que figura en un guión cuyo único fin es mantenerse en el poder. Me alegra en cualquier caso que quienes se lamentan en la mesa de la oportunidad perdida por Cospedal para explicarse aún esperen que las cosas cambien. Desde luego, queda claro que Cospedal no lo espera, y es significativa a este respecto la siguiente declaración: “España necesita de dos grandes partidos que se alternen en el poder”. Por si alguien duda de que el PP y el PSOE no son casi lo mismo.

Cuando termina el acto me voy de nuevo a la puerta. Allí me entero de que han acudido mil personas. Una mujer dice que es una pena que Cospedal no haya sabido jugar mejor sus cartas. Veo pasar a Jaime de Marichalar como un alma en pena. “Pobrecito”, observa Luz Sanchis, “con lo que era y ya nadie le habla”.

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