A Marhuenda se le ve el culo

Francisco Marhuenda, durante su intervención en el Hotel Ritz.

Cuanto más te agachas, más se te ve el culo: esta era una de las máximas que mi madre soltaba brutalmente ante pelotas descarados y ufanos, y sin duda la habría susurrado hoy en el desayuno informativo que Francisco Marhuenda, actual director del diario La Razón y tertuliano montaraz entre otras cosas, ha celebrado en el Ritz.

La excusa: hablar del presente y el futuro de los medios de comunicación. La realidad: que Marhuenda, para variar, se ha deshecho en halagos hacia Mariano Rajoy y hacia los “amigos” convocados (durante el speech no se ha cansado de las variaciones de esta fórmula: “Mi querido y admirado Fulano, presente aquí”).

Y también que no había en su intervención ningún aporte fuera de los superficiales tópicos, es decir, de lo que cualquiera puede decir sobre los medios y, apurando, sobre casi cualquier cosa. Tal es la esencia del discurso político, espejo del sistema: hacer creer que se dice (se hace) muchísimo sin decir (sin hacer) nada de nada, salvo obedecer la inercia.

Sirva este ejemplo made in Marhuenda en el desayuno que nos ocupa: para él La Razón es el intento de hacer un periódico “moderno y del siglo XXI”. Pues vale. Es un poco risible, sí, sobre todo teniendo en cuenta que el mentado diario defiende un humanismo cristiano de derechas y que es leal a la Constitución y a la Monarquía; sin embargo, solemos pasar por alto todo lo que es generalísimo porque no nos permite enfocar.

Otro ejemplo, esta vez de Alfonso Ussía, quien ha hecho de maestro de ceremonias y ha afirmado que La Razón es un ejemplo de “respeto, libertad, trabajo y buen gusto”, grandes palabras sobre las que saltamos con pértiga porque admiten demasiados usos. Lo que no admite salto es el guiño irónico, o pulla, de Ussía hacia el lameculismo de Paco Marhuenda, de quien ha dicho: “A veces es excesivamente crítico con Rajoy”.

Que nos defiendan nos suele parecer bien, claro; pero a veces nos ocurre como con ese pretendiente que nos sube la autoestima y al mismo tiempo nos revienta por rozar su fidelidad lo estúpido. O por desplegar ese tipo de halago que espera pacientemente que nos confiemos para evidenciar su brillo navajero.

Si el affaire es público, la incomodidad se multiplica. Por más imperturbable que sea el presidente, es de suponerle el sonrojo ante afirmaciones como que él está más fastidiado que los afectados por sus medidas (esto lo dijo Marhuenda en un plató de televisión), o como la que ha soltado el director de La Razón ante los asistentes al desayuno: que Rajoy, a pesar de la pantalla de plasma, está muy cerca de la prensa; que su estrategia de comunicación es la de ser extremadamente cordial con los periodistas y que “todo el mundo tiene su teléfono”. ¿Mande? ¿Tienen ustedes el teléfono de Rajoy? ¡Yo no!

La sosez de la intervención de Marhuenda sobre los medios ha estado, pues, amenamente contrarrestada por estas barbaridades proferidas cada vez que se salía del supuesto tema del desayuno, tema que le importaba un rábano. Él estaba allí para defender a los suyos, y además con el mismo grado de inteligencia exhibida en programas de tertulia política que en demasiadas ocasiones se parecen más a aquelarres de gallinas y gallitos que a debates.

Así, a la pregunta de un periodista sobre la asociación entre la marca España y la corrupción, el gran Paco, ejerciendo de reportero dicharachero, ha respondido que eso de la corrupción es un “topicazo”, palabra que ha usado de forma impropia, pues no quería significar con ella ningún lugar común vacío, sino al contrario, bien lleno, como demuestra lo añadido a continuación: “corrupción hay en todos los países”.

No sé qué traducción hacen ustedes de estas declaraciones; la mía es ésta: pero ¡si la corrupción es normalísima, hombre! ¿A qué tanto alboroto? (recordemos que en 2001 nuestro hombre, por entonces director general de relaciones con las Cortes, fue acusado de cobrar, por ser el titular de la empresa beneficiaria, 32 millones de la autonomía de Madrid).

Estas perlas han estado seguidas por una reivindicación de la dignidad de los políticos, y donde se ha dicho “dignidad” se ha querido decir “sueldo”: a Marhuenda le parece intolerable que la gente pida que los políticos se bajen el salario.

Ha habido muchas otras muchas declaraciones que parecían más bien boutades; por ejemplo, y sobre Cristina de Borbón: que “hay una campaña atroz contra Urdangarin y la infanta para desprestigiar a la Corona”.

Sobre Andalucía: que “no puede ser que una comunidad tan importante esté instalada en la acomodación del paro permanente” (¿de veras están tan a gusto los parados de larga duración y las familias sin ingresos?).

Sobre el destructor mercado: que él cree en “el mercado, en el sacrosanto mercado, que resitúa a todo el mundo”. Valga decir que da a cada cual lo que se merece: los que tienen el dinero es porque se lo han ganado y los que no, será porque obran mal.

Sobre el periódico del que es director: que se enorgullece de que se trate de “un periódico de derechas que pueden leer los de izquierdas” (será, como suele decirse, en tanto que ejercicio de humor involuntario), y también que La Razón provee de “una opinión potente y variada, pero dentro de la línea del periódico” (extraña no asunción del principio de no contradicción).

Sobre los lectores del periódico que dirige: que él sabe perfectamente lo que quieren esos lectores. Artículos fáciles de leer y no demasiado largos (se impone la idea de que un periódico es una revista de variedades y de que el lector es tonto, perezoso o las dos cosas juntas).

Y para finalizar la colección de sandeces sobre su diario: que “antes lo que movilizaba a la gente para comprar un periódico era la imagen de marca; ahora la gente compra periódicos por ideología”.

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