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George Monbiot

Es autor, entre otros best sellers, de los libros The age of consent: a manifesto for a new world order (La era del consenso: manifiesto para un nuevo orden mundial),  y Heat (Calor: cómo parar el calentamiento global). Es colaborador habitual de The Guardian.  

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Cómo la industria de los hidrocarburos ha contaminado hasta la política

La tragedia de nuestro tiempo es que el derrumbe acumulativo de los sistemas ecológicos ha coincidido con la era del anti-servicio público. Justo cuando deberíamos estar mirando más allá del interés propio y del corto plazo, tenemos a los gobiernos del mundo representando los más mezquinos y asquerosos intereses. En Estados Unidos, Reino Unido, Brasil, Australia y muchos otros países, los que mandan son los plutócratas responsables de la contaminación.

La descomposición de los sistemas de la Tierra está ocurriendo a una velocidad asombrosa. Los incendios forestales arrasan Siberia y Alaska, llegando en muchos lugares a la turba del subsuelo, lo que libera nuevas emisiones de metano y dióxido de carbono y contribuye, por tanto, a más calentamiento global. Se estima que, solo en julio, los incendios forestales del Ártico liberaron la misma cantidad de carbono que Austria en todo un año. El círculo vicioso de la retroalimentación climática ya ha comenzado.

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Shell no es un salvador ecológico, es una maquinaria de muerte planetaria

Cuesta creer que haga falta decirlo, pero es así. La industria del petróleo no es tu amiga. Digan lo que digan sobre sus estándares éticos, mientras sigan invirtiendo en combustibles fósiles, lo que hacen es acelerar el calentamiento global y la muerte del planeta habitable. Uno quisiera pensar que esto es algo obvio para todo el mundo. Sin embargo, en las últimas semanas he hablado con docenas de ambientalistas que parecen creer que Shell está de su mismo lado. He llegado a la extraña conclusión de que son más conscientes de las intenciones de la industria del petróleo en el mundo artístico que entre los grupos de ambientalistas.

La semana pasada, el actor Mark Rylance expuso de forma brillante las razones por las que ha renunciado a la Royal Shakespeare Company por el patrocinio que recibe de BP. La empresa energética ha estado subsidiando entradas más baratas para los jóvenes. Puede ser que estén destruyendo el planeta que esos jóvenes heredarán, pero al menos pueden ver bonitos espectáculos. Esto es pan y circo, sin el pan.

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¿Queremos combatir la desigualdad? Empecemos por reformar las leyes de propiedad de la tierra

¿Cuál es la cuestión menos debatida por los políticos británicos? Yo diría que todo lo relativo a la tenencia de tierra. Literal y metafóricamente, la tierra sostiene nuestras vidas, pero un reducido número de personas concentra la propiedad y el control sobre la misma.

Como resultado de esta situación, han aumentado las desigualdades y la exclusión; alquilar o comprar una vivienda decente es carísimo; se están deteriorando la vida silvestre y los ecosistemas; se han producido repetidas crisis financieras; y se ha perdido el espacio público. Sin embargo, esta cuestión clave apenas ha entrado en la agenda política de los últimos setenta años.

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Atrévete a dar por muerto el capitalismo antes de que nos mate

Durante la mayor parte de mi vida adulta me he opuesto al "capitalismo corporativo", al "capitalismo de consumo" y al "capitalismo del amiguismo". Me tomó mucho tiempo caer en la cuenta de que el problema es el sustantivo. Mientras que algunas personas han rechazado el capitalismo alegre y rápidamente, yo lo he hecho lenta y con reservas.

Parte de la razón era que no veía una alternativa clara: a diferencia de algunos anticapitalistas, nunca he sido un entusiasta del comunismo de Estado. También me inhibió su estatus sagrado. Afirmar que "el capitalismo ha dejado de funcionar" en el siglo XXI equivale a la afirmación del siglo XIX "Dios ha muerto"; es una blasfemia secular. Hacerlo requiere una confianza en uno mismo que yo simplemente no tenía.

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Solo la rebelión salvará el planeta

Si pusiéramos el mismo esfuerzo en prevenir la catástrofe ambiental que el que hemos invertido en buscar excusas que justifiquen la pasividad ante esta grave situación, ya habríamos conseguido resolver el problema. En todas partes, solo encuentro a personas empeñadas en mirar hacia otro lado y en ignorar el desafío moral que tenemos ante nosotros.

La excusa más común es: "Seguro que esos manifestantes tienen teléfonos, se van de vacaciones y usan zapatos de piel". Lo que podría traducirse como: "No escucharemos a nadie que no viva en un barril, vaya desnudo y no subsista únicamente con agua turbia". Y claro, "si vives desnudo dentro un barril, tampoco te haremos caso porque no eres más que un hippie excéntrico". Es así como se logra descalificar a los mensajeros y a todos y cada uno de sus mensajes, que son demasiado impuros o demasiado puros.

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La destrucción del planeta es un crimen que debería ser castigado

¿Por qué esperamos a que alguien fallezca para rendirle tributo? Creo que deberíamos aprender a superar la vergüenza que nos produce hablar bien de alguien que está vivo y elogiarlo en vida. Y es precisamente con esta filosofía que quiero hablarles de la labor que está haciendo Polly Higgins y que está cambiando el mundo.

Higgins es una abogada que ha consagrado su vida a dar forma a un nuevo crimen internacional: el ecocidio. Cometen ecocidio aquellos que causan graves daños o la destrucción del hábitat natural y del ecosistema terrestre. Si esta propuesta prosperara, las personas que cometen estas acciones, como altos directivos de una empresa o los ministros de un gobierno, tendrían que rendir cuentas ante un tribunal penal por el daño que causan a los demás. Al mismo tiempo, existiría la obligación legal de cuidar de los seres vivos de la Tierra.

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El capitalismo está destruyendo la Tierra: necesitamos un nuevo derecho humano para las generaciones futuras

Los jóvenes que han tomado las calles para protestar contra el cambio climático tienen razón: se les está robando el futuro. La economía es un sistema piramidal medioambiental que descarga sus responsabilidades sobre los jóvenes y sobre los que ni siquiera han nacido. El crecimiento económico depende del robo intergeneracional.

El capitalismo se basa en una gran premisa que apenas ha sido cuestionada: tienes derecho a una porción tan grande de los recursos del mundo como tu dinero pueda comprar. Puedes comprar tanta tierra, tanto espacio atmosférico, tantos minerales, tanta carne y pescado como te puedas permitir, sin importar que estés privando a un tercero. Si te lo puedes permitir, puede ser el dueño de cordilleras enteras y llanuras fértiles. Puedes quemar todo el combustible que quieras. Cada libra esterlina o dólar te garantiza un cierto derecho sobre las riquezas naturales del mundo.

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Los coches nos están matando y hay que erradicarlos

La gota que colma el vaso: un minibús aparcado en la puerta del hospital y con el motor en marcha. El conductor jugaba con su móvil mientras el humo del tubo de escape se metía en el patio de entrada. Me acerqué a la ventanilla y le pedí que apagara el motor. De mala gana, me hizo caso. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que llevaba un uniforme del Servicio Nacional de Salud. Entré al patio, caminé por un pasillo y llegué hasta la unidad de cáncer (esta vez no por el cáncer, sino para hablar de cirugía reconstructiva). Después de echar un vistazo en la gigantesca sala de espera, me pregunté cuántos de los allí sentados podían haber enfermado debido a la contaminación atmosférica. Pensé también en los pacientes de otras unidades, en niños con ataques de asma o en los que vienen por heridas de tráfico y por enfermedades provocadas tras una vida de inactividad, una vida en la que las ruedas han sustituido a las piernas. Me quedé impresionado por la cantidad de maneras en la que los coches nos han estropeado la vida.

Ya es ahora de abandonar este desastroso experimento y reconocer que esta tecnología del siglo XIX nos hace más daño que bien. Planeemos una salida. Fijémonos para los próximos diez años el objetivo de reducir en un 90% el uso de los automóviles.

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La lucha de los jóvenes por el cambio climático puede ser decisiva, pero no sin nuestra ayuda

Es importante lograrlo. No solo porque las huelgas estudiantiles por el cambio climático y su expansión a una velocidad vertiginosa a lo largo y ancho del mundo sean nuestra mejor (y probablemente última) esperanza para evitar una catástrofe, sino también por el devastador impacto que podría tener sobre estos jóvenes, que a tan temprana edad verían como su campaña fracasa y sus esperanzas se desvanecen.

Si queremos contribuir al éxito de este movimiento, deberíamos preguntarnos por qué otros anteriores han fracasado. Deberíamos preguntarnos, por ejemplo, por qué el movimiento Ocupa Wall Street se disolvió mientras que las instituciones que criticaba se mantienen intactas a pesar de los esfuerzos y el sacrificio de muchos. También deberíamos cuestionarnos por qué el movimiento por la justicia global de finales de la década de los noventa y principios de este siglo no ha cambiado el mundo, pese a su magnitud y al valor y determinación de sus impulsores. Y cuestionar  por qué Podemos, el partido político español que subió como la espuma gracias al optimismo del movimiento de los indignados, ahora parece que se está desmoronando debido al cruce de recriminaciones entre sus líderes.

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Peor que los residuos plásticos: la quema de neumáticos asfixia a India

Lo que vemos no es la economía. Lo que vemos es un pequeño fragmento de la vida económica que deberíamos ver: los productos y los servicios que compramos. El resto (las minas, las plantaciones, las fábricas y vertederos que hacen falta para vender y para desechar esos productos) lo mantenemos lo más lejos posible de nuestra mente. Si tenemos en cuenta la escala global de extracción y eliminación de residuos, es una hazaña de manejo de la percepción.

El entusiasmo reciente por la pornografía plástica –imágenes de desechos asquerosos siendo arrojados al mar– es un recordatorio inusual de que todavía vivimos en un mundo material. Sin embargo, no ha tenido ningún efecto significativo en las políticas gubernamentales. Cuando hace un año China prohibió la importación de desechos plásticos, se podría haber esperado que el Gobierno británico comenzara a invertir fuertemente en reducción de desechos y reciclaje interno. En lugar de eso, se limitó a buscar nuevos destinos para la basura. Entre los afortunados destinatarios están Malasia, Tailandia y Vietnam, pero ninguno de ellos tiene un sistema de eliminación de residuos adecuado. Mientras escribo, nuestros residuos plásticos flotan en sus mares. Esta práctica tiene un nombre: colonización residual.

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