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OPINIÓN

Debemos enfrentarnos a la propaganda rusa, incluso cuando viene de personas a las que respetamos

Una mujer pasa junto a una foto del presidente ruso, Vladímir Putin, en Moscú, este lunes.

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Sí, hay algo que podemos hacer. Algo que, aunque pequeño, es significativo. La guerra de propaganda siempre ha sido crucial para Vladímir Putin. Utiliza torrentes de desinformación para confundir y engañar a la gente en el extranjero y fortalecer el apoyo en su país. El Kremlin sabe que toda acción requiere un aparato de justificación. Rusia no puede continuar con su costosa guerra sin el consentimiento de sus tropas y de muchos otros ciudadanos.

Las fábricas de trolls de Putin son famosas por producir afirmaciones engañosas, pero su poder se halla limitado por su falta de credibilidad. Lo que le sirve a Putin, como sugiere un estudio del Instituto de investigación sobre crimen y seguridad de la Universidad de Cardiff, son los “comentarios orgánicos”: declaraciones de personas reales que repiten y amplifican su propaganda. Los bots de Putin les ponen “me gusta” o un “voto a favor” y después son reproducidas en los medios de comunicación rusos, para así crear la impresión de que el presidente cuenta con un amplio apoyo en el extranjero.

Obviamente, las personas reales tienen derecho a expresar sus opiniones, sin importar cuán erróneas sean. Pero, dada su utilidad para la maquinaria de desinformación rusa, creo que tenemos el deber de desacreditar y rebatir las justificaciones engañosas. Al hacerlo, podemos, en nuestra pequeñísima medida, ayudar a la resistencia en Ucrania.

Apoyo desde la izquierda

Esto me pone en una posición difícil. Entre los peores difusores de la propaganda del Kremlin en Reino Unido hay personas con las que, en el pasado, he compartido plataformas y he forjado alianzas. La dura realidad es que, durante años, un parte de la izquierda “antimperialista” ha estado reciclando y amplificando las falsedades de Putin. Esta parte no es en absoluto representativa: muchos otros izquierdistas han denunciado con firmeza y coherencia el imperialismo ruso, al igual que denuncian con razón el imperialismo de Estados Unidos y Reino Unido. Pero, en mi opinión, se trata de una parte importante.

A finales del año pasado, el escritor y cineasta John Pilger dijo que “fue Estados Unidos quien derrocó al Gobierno elegido en Ucrania en 2014, al haber permitido que la OTAN marchara hasta la frontera occidental de Rusia”. Este es un argumento estándar del Kremlin, que desprecia la revolución como si fuera un golpe de Estado estadounidense. Ucrania, por supuesto, no es miembro de la OTAN.

En mi opinión, es indignante que ahora sostenga que el día de la invasión “Putin ofreció la paz si Ucrania adoptaba la neutralidad y rechazaba a la OTAN”. Es difícil ver cómo la exigencia de rendición de Putin podría interpretarse como una auténtica oferta de paz. Mientras los tanques rusos cruzaban la frontera, Pilger nos pedía que “imagináramos un enclave estratégico de británicos, franceses, alemanes o estadounidenses bajo un violento asedio, bombardeados y aterrorizados, durante ocho años”. Esto parecía hacerse eco del discurso pronunciado por Putin la noche anterior: “El propósito de esta operación es proteger a la gente que, desde hace ocho años, se enfrenta a la humillación y al genocidio perpetrados por el régimen de Kiev”. La BBC informa que las declaraciones de Pilger han sido ampliamente compartidas por cuentas que difunden propaganda rusa.

Discurso anti OTAN

Considero que la carta de la coalición británica Stop the War del 18 de febrero, firmada por muchas personas buenas y sobresalientes, es extrañamente desequilibrada. Dice que “se opone a cualquier guerra por Ucrania”, pero no dice nada sobre la agresión rusa. Parece culpar solo a la OTAN y al Gobierno británico, e insta a “todo el movimiento antibélico a unirse sobre la base de desafiar la postura agresiva del Gobierno británico y dirigir su campaña a ese fin por encima de todo”.

La coalición ha elaborado recientemente un mapa que muestra a Crimea, tras su anexión ilegal, como parte de Rusia. Su vicepresidente, Andrew Murray, dice que es un mito que Ucrania quiera la paz. También reproduce una mentira clásica del Kremlin: que en Ucrania “se ha prohibido el ruso en la esfera pública”. Fiona Edwards, miembro del comité directivo de la coalición, insiste en que “la OTAN es el agresor, no Rusia”.

Existen argumentos de peso para afirmar que la OTAN debería haberse disuelto al final de la Guerra Fría. Pero mientras que la sensación de amenaza de Putin parece haber aumentado debido a la expansión de la OTAN y la ampliación de sus misiones, la expansión de la OTAN también ha sido impulsada, en parte, por la beligerancia de Putin. ¿De verdad debemos creer que Estonia y Letonia se unieron porque querían atacar a Rusia? Al contrario, es porque temen ser atacados. Si bien es probable que el crecimiento de la OTAN haya contribuido a la crisis, es ridículo sugerir que Rusia no es el agresor.

El exdiputado laborista Chris Williamson va más allá. Mientras los tanques de Putin cruzaban la frontera el pasado jueves, caracterizó al Gobierno de Ucrania como un “régimen corrupto, surgido tras un golpe de Estado, respaldado por neonazis”: una clásica calumnia del Kremlin. El diario británico Morning Star, por poner uno de los muchos ejemplos similares, describe falsamente la administración de Volodímir Zelenski como un “Gobierno fascista”.

Conspiraciones

Por muy perjudicial que sea esta propaganda, el apoyo de la izquierda a otro de los proyectos de Putin tiene implicaciones aún más graves. Desde que Rusia declaró en 2015 su apoyo al régimen de Bashar al Asad en Siria, los “antimperialistas” en Occidente han ayudado, sin saberlo o no, a ocultar algunas de las peores atrocidades del mundo. Pilger, el difunto Robert Fisk y el célebre periodista Seymour Hersh han contribuido a quitar autoridad a los bien documentados informes sobre el uso de armas químicas por parte de Asad.

Como explicó Peter Tatchell en The Independent, la coalición Stop the War ha adoptado un enfoque extrañamente unilateral del conflicto al centrar su ira en Estados Unidos, aunque la gran mayoría de las atrocidades han sido perpetradas por el Gobierno de Asad y sus aliados rusos.

Un grupo de profesores de universidades de Reino Unido, que se autodenomina Grupo de Trabajo sobre Siria, Propaganda y Medios de Comunicación, ha contribuido a difundir afirmaciones extremadamente peligrosas e infundadas sobre los Cascos Blancos, una fuerza de rescate que saca a la gente de los escombros tras los ataques aéreos en Siria. Un miembro del grupo de trabajo, un profesor de genética de la Universidad de Edimburgo llamado Paul McKeigue, ha sugerido que los Cascos Blancos podrían haber montado “masacres gestionadas”, quizá involucrando a cautivos “asesinados en alguna cámara de gas improvisada”, cuyos cuerpos después esparcieron por el suelo. Veo tales teorías conspirativas como una especie de QAnon de izquierdas.

McKeigue también reveló a un investigador que se hacía pasar por un oficial de inteligencia ruso, con el que McKeigue creía estar colaborando, que había cooperado con personal de las embajadas rusas tanto de Reino Unido como de Países Bajos.

La información falsa sobre Siria también se pone en circulación por parte los bots del Kremlin y se utiliza para justificar los ataques de Asad. Es probable que tenga repercusiones en el mundo real, ya que reduce el coste político de las atrocidades del régimen. Hablar sin cuidado cuesta vidas.

El verdadero antimperialismo significa oponerse no solo al imperialismo de Occidente, por esencial que sea. Se trata de oponerse a todo imperialismo, ya sea occidental, ruso, chino u otro. Se trata de oponerse a todas las guerras de agresión, independientemente de quién las lleve a cabo. Se trata de resistir la tentación de creer que el enemigo de tu enemigo debe ser tu amigo.

Traducción de Julián Cnochaert.

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