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Gonzalo Gómez Montoro

Murcia, 1982. Escritor y traductor. Ha vertido al español a DH Lawrence, Edith Wharton y George Moore en Editorial Funambulista. Reside en Francia, donde es profesor de español.

"El día que me dijeron que el Estado me ayudaría casi lloro de la emoción"

¿Cuándo llegasteis a Montpellier?

FV: Llegamos en 2012 con nuestra hija pequeña. Antes vivíamos en Menorca. En España yo había tenido trabajos precarios de programador informático, traductor y agente para personas con movilidad reducida en el Aeropuerto de Menorca. No ganaba más de mil euros al mes, y parte de mi sueldo se lo quedaba una ETT. Hasta que me quedé en el paro. Mi mujer, que es música, impartía clases de canto y daba conciertos, aunque el sueldo se le iba en pagar la cuota de autónoma y a la persona que le hacía las gestiones. Luego, cuando llegó la crisis, los ayuntamientos dejaron de contratarla y los estudiantes no podían pagar las clases. De pronto nos vimos sin trabajo y pagando una hipoteca. En la isla no había expectativa de encontrar empleo. Decidimos venir a Montpellier solo porque aquí vivía una hermana de Marina. No traíamos contrato de trabajo ni nada por el estilo.

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El emigrante que nunca se rindió

En la obra de teatro 'El pasaporte', estrenada por primera vez en Toulouse, Francia, en el año 1966, el escritor, albañil y entonces emigrante valenciano Juan Mateu criticaba con humor la indiferencia que muchos de sus compatriotas emigrados al país galo en la década de los sesenta sentían por la dictadura franquista, la cual no sólo los reprimía y los sumía en la miseria y en la ignorancia, sino que, además, los forzaba a marcharse al extranjero para poder aspirar a una vida digna. Y es que, a diferencia de la anterior generación de exiliados, muchos de los cuales habían luchado en el bando republicano durante la Guerra Civil y se encontraban muy politizados, buena parte de los emigrantes españoles de los años sesenta, según se desprende de la obra de Mateu, sólo se interesaban por “los partidos del Barça”, o por ganar “la tela suficiente para comprar un coche y volver triunfante al barrio”.

Cándido Salmerón fue uno de esos cientos de miles de españoles que emigraron a Francia durante los primeros años sesenta. Nacido en la entonces —y ahora otra vez— pobre ciudad de Cieza, en Murcia, llegó a los dieciséis años de edad a Montpellier con sus padres, que venían a trabajar en la agricultura y en el servicio doméstico. Aún sin que pudiera hablar una sola palabra de francés, al adolescente desarraigado que entonces era Cándido lo pusieron de aprendiz de ebanista, oficio que desempeñó hasta después de jubilarse, pues los domingos, para completar su exigua pensión, solía montar su puesto de venta de muebles restaurados en los mercados del jardín del Peyrou y de las localidades cercanas a Montpellier.

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El emigrante que nunca se rindió

En la obra de teatro “El pasaporte”, estrenada por primera vez en Toulouse, Francia, en el año 1966, el escritor, albañil y entonces emigrante valenciano Juan Mateu, criticaba con humor la indiferencia que muchos de sus compatriotas emigrados al país galo en la década de los sesenta sentían por la dictadura franquista, la cual no sólo los reprimía y los sumía en la miseria y en la ignorancia, sino que, además, los forzaba a marcharse al extranjero para poder aspirar a una vida digna. Y es que, a diferencia de la anterior generación de exiliados, muchos de los cuales habían luchado en el bando republicano durante la Guerra Civil y se encontraban muy politizados, buena parte de los emigrantes españoles de los años sesenta, según se desprende de la obra de Mateu, sólo se interesaban por “los partidos del Barça”, o por ganar “la tela suficiente para comprar un coche y volver triunfante al barrio”.

Cándido Salmerón fue uno de esos cientos de miles de españoles que emigraron a Francia durante los primeros años sesenta. Nacido en la entonces —y ahora otra vez— pobre ciudad de Cieza, en Murcia, llegó a los dieciséis años de edad a Montpellier con sus padres, que venían a trabajar en la agricultura y en el servicio doméstico. Aún sin que pudiera hablar una sola palabra de francés, al adolescente desarraigado que entonces era Cándido lo pusieron de aprendiz de ebanista, oficio que desempeñó hasta después de jubilarse, pues los domingos, para completar su exigua pensión, solía montar su puesto de venta de muebles restaurados en los mercados del jardín del Peyrou y de las localidades cercanas a Montpellier.

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"Nos obligan a emigrar"

¿Cuándo llegaste a Lunel?

Llegué en junio de 2013 con mi mujer y nuestras dos hijas pequeñas. En España trabajaba de educador en un centro de menores. En 2011, con la crisis, la fundación que gestionaba el centro dejó de pagarnos. Nosotros estamos aquí por puro azar. Queríamos instalarnos en Montpellier, pero la vivienda es demasiado cara. Aquí es más barata.

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“Nos obligan a emigrar”

¿Cuándo llegaste a Lunel?

Llegué en junio de 2013 con mi mujer y nuestras dos hijas pequeñas. En España trabajaba de educador en un centro de menores. En 2011, con la crisis, la fundación que gestionaba el centro dejó de pagarnos. Nosotros estamos aquí por puro azar. Queríamos instalarnos en Montpellier, pero la vivienda es demasiado cara. Aquí es más barata.

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En español, por favor

La decimosegunda edición del festival literario Cómedie du Livre, celebrado durante el fin de semana pasado en Montpellier (Francia), se anunciaba prometedora. Después de los países del Magreb y Escandinavia, invitados en 2013 y 2014 respectivamente, este año era el turno de las literaturas española y portuguesa. Los numerosos escritores que acudieron y el prestigio de algunos participantes, hacían presagiar un gran evento, pero el resultado ha sido, por lo general, decepcionante. La impericia que nuestros autores han mostrado a la hora de hablar francés tiene no poco que ver con ello.

En la primera jornada, los escritores Bernardo Atxaga, Alfonso Mateo-Sagasta y el portugués Pedro Rosa Mendes debatieron sobre la exploración del planeta, las conquistas y los viajes. Para Atxaga, “las fronteras se trazan estableciendo amigos y enemigos y, en definitiva, distanciándonos del otro”. Como ejemplo, citó el caso de “los chinos que construían ferrocarriles en Estados Unidos, que no eran considerados seres humanos”. Al respecto, Mateo-Sagasta mencionó el descubrimiento de América: “no fue un encuentro, sino una imposición de una cultura sobre otra”. El periodista Pedro Rosa, autor de la novela “Pensión de los mundos perdidos”, y corresponsal en Timor Oriental durante el periodo de independencia de la isla, entre 2007 y 2009, recordó que los “portugueses fueron los primeros en llegar a casi todos sitios”, y coincidió con Atxaga: “El otro es considerado como el enemigo”.

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La televisión ilustrada

Ayer por la mañana viajé a Ereván, en Armenia. En mi breve estancia en la ciudad, visité una exposición fotográfica sobre el genocidio de este pueblo a manos turcas, y, paseando por sus calles, aprendí muchas cosas de la época en que formó parte de la URSS. Por la tarde me desplacé a la Isla de la Reunión: en unas pocas horas conocí parte de la historia y de la cultura de este lejano territorio de Francia, y entré en los hogares de varios de sus habitantes, que me invitaron a beber té y me explicaron cómo era su vida diaria mejor que cualquier guía. Por la noche ya estaba algo cansado, así que volví a Europa y me quedé observando a un artesano de los Alpes que fabricaba zuecos. Todo gratis y sin salir de casa gracias a la televisión pública francesa.

En efecto, programas como Echappées belles o Fourchette et sac à dos, a los que me refiero veladamente en el párrafo anterior, tienen la virtud de convertir al telespectador sedentario de nuestros días en una especie de viajero de la época romántica, más que en un simple turista. Ya sea para mostrarnos las profundidades acuáticas del planeta, como hace Thalassa, otro de mis programas favoritos, o el duro camino a la escuela que recorren muchos niños desfavorecidos del mundo, como vemos en Les chemins de l’école, los reportajes de producción propia que emiten las cadenas France 2, 3 y 5 están concebidos con el espíritu humanista de la Ilustración, y con el mismo afán por divulgar las costumbres de otros países que por desmontar nuestros prejuicios sobre ellos.

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Desde el exilio, con Cambiemos Murcia

Hace tres años que emigré de Murcia, y como yo, son numerosas las personas que desde el comienzo de la crisis se han marchado de la ciudad en busca de un empleo. Es cierto que nadie me obligó a hacerlo, pero, ¿qué otra salida le queda a alguien sin trabajo ni probabilidad de conseguirlo, y que, además, no tiene ayudas sociales ni posibilidad de emanciparse? Por mucho que la estimes, una ciudad que no ofrece oportunidades termina siendo inhabitable, y en la práctica te fuerza a irte de ella.

Y es que precisamente así era la Murcia que dejé atrás: una ciudad con uno de los peores servicios de transporte público de toda España, un alto porcentaje de parados y de ciudadanos viviendo bajo el umbral de la pobreza, un gran número de familias desahuciadas, una política cultural casi inexistente, unas fuerzas del orden cargando impunemente contra manifestantes pacíficos, unas pedanías y una huerta más que descuidadas, una descarada complicidad entre la Iglesia y las autoridades, y en la que las mayores inversiones se realizaban en festejos paternalistas concebidos como válvula de escape para la población frustrada.

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Montpellier para bibliófilos

Entre los pocos placeres que un emigrante puede permitirse en tiempos de crisis aún está, por suerte, la posibilidad de adquirir libros de segunda mano a buen precio en algunas librerías de Francia. Y es que la compra y la venta de libros de lance no es asunto baladí en el país vecino: raro es el mercado callejero, por pequeño que sea, que no tenga un puesto de bouquins, y pocas son las ciudades que no cuentan con alguna tienda centrada en este negocio editorial, que aún sigue siendo marginal en España.

De las librerías que venden libros usados una de mis favoritas es Gibert Joseph. Para quien no la conozca, aclararé que Gibert es una cadena de grandes establecimientos implantada en algunas de las más importantes ciudades galas, principalmente en aquellas que tienen universidad. Las sucursales suelen ocupar edificios céntricos, como las tres que hay en el Barrio Latino de París, y, aunque en ellas también encontremos películas, discos y artículos de papelería, se diferencian de otras empresas del ramo como, por ejemplo, FNAC, en que su actividad primordial no ha dejado de ser la venta de libros.

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Las Marchas de la Dignidad también llegaron hasta Francia

Un centenar de personas de la “Marea Granate” se manifestaron el pasado sábado por las calles de Montpellier (Francia) bajo el lema “Pan, Trabajo, Techo y Dignidad” para apoyar, por segundo año consecutivo, las “Marchas de la Dignidad” que ese mismo día confluían en Madrid. La marcha contó con la participación activa de Izquierda Unida-Francia.

Los manifestantes marcharon desde la céntrica Plaza Jean Jaurès hasta el Consulado General de España, donde se leyó el manifiesto de las “Marchas de la Dignidad” en español y en francés. Durante la manifestación se corearon lemas como “No nos vamos, nos echan”, “No a la Troika, sí a los pueblos”, “No al pago de la deuda” o “Ayer Grecia, hoy España y mañana Francia”. Además, portaban pancartas en las que se podía leer “Poder emigrar es un derecho, no una obligación”, “Servicios públicos de calidad para todos”, “Marea Granate con las Marchas de la Dignidad” y “Trabajo y techo para todos”.

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