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J. Von Harden

Activista, feminista, periodista, LGTBi y cuenta cuentos. Ni soy de aquí ni soy de allá. Mi pseudónimo Von Harden es un homenaje a Sylvia, pintada por Otto Dix. Con su aspecto andrógino, su corte de pelo, su atrevida dejadez masculina y su monóculo, el retrato de Sylvia Von Harden es uno de los mayores alegatos feministas que conozco. A una mujer respetable de aquella época jamás se le habría ocurrido dejarse ver en público, sola, en un bar, bebiendo y fumando. Me gustan las cosas así, imposibles, subversivas, andróginas y verdaderas. Lucho contra los tristes y contra los injustos y prefiero las playas de arena negra.

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Más allá de la nevera hay una lotería de risas

Patri, Rober, Ana, Noe, Nieves, una caja de madera y un público dispuesto a entregar las piezas que van a configurar el espectáculo. Trankimazin, más allá de la nevera, orgasmos a rimas o una lotería de risas fueron algunas de las piezas que el público introdujo anoche en la caja, para que los funambulistas de La Palma improvisaran con ellas en el árido desierto, en una capilla en el Garajonay, subidas a una Harley Davison o siendo devoradas por un árbol de Navidad. Quién sabe si este mundo, se preguntaba Saramago, no sería un poco más decente si supiéramos cómo juntar unas cuantas palabras que andan por ahí sueltas. De la comedia al drama, del terror al surrealismo. Con la manía de rascarse el culo sin parar o con una repentina obsesión por la limpieza. Todo es posible. El público es el que manda en la mayor parte de la función.

Ellos son el Funambulista Herido, la primera compañía de teatro de improvisación de la isla de La Palma que anoche llenó el espacio cultural El Secadero y que volvió a impresionarnos, no solo con su capacidad de transformar improvisadamente palabras ajenas en un arte instantáneo y fugaz, sino con el enorme poder transformador de este tipo de teatro. Se trata de un espectáculo excepcional donde resulta fundamental el talento de los funambulistas, pero también la imaginación del público y el poder de las palabras, capaces de abrir puertas al mar, como dijo Alberti.

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"Maricón se ha convertido en un grito de guerra"

La carta que ha llegado a mis manos cuenta la historia de un niño de La Palma que era perseguido por un compañero de clase, que le pegaba papelitos en la espalda, para marcarlo como el maricón. Por eso decidió, en justa correspondencia, que la palabra maricón se iba a convertir en su grito de guerra. Escribió una carta anunciando que así sería y hoy es leída por cientos de alumnos en las tutorías del I.E.S. Eusebio Barreto Lorenzo, con los que posteriormente se trabaja sobre igualdad y diversidad sexual. Se trata de una reciente iniciativa desarrollada en la isla de La Palma, que constituye un torpedo en la línea de flotación de la desigualdad. 

En esta carta, titulada: Maricón se ha convertido en mi grito de guerra, el joven cuenta cómo durante mucho tiempo se vio obligado a utilizar expresiones machistas para integrarse en un mundo que no le pertenecía. Llegó a decir “qué tía más buena”, sin sentir la más mínima atracción hacia las mujeres. Cuando tenía que jugar al fútbol, tenía que demostrar que sabía jugar. Pero cuando jugaba con una muñeca tenía que ocultar que lo había hecho. Cuando lloraba, era acusado de flojo, y nuevamente, de maricón, volviéndose insensible como una piedra. Y todo eso para encajar en unos patrones heterosexistas que no le correspondían. 

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"Maricón se ha convertido en un grito de guerra"

La carta que ha llegado a mis manos cuenta la historia de un niño de La Palma que era perseguido por un compañero de clase, que le pegaba papelitos en la espalda, para marcarlo como el maricón. Por eso decidió, en justa correspondencia, que la palabra maricón se iba a convertir en su grito de guerra. Escribió una carta anunciando que así sería y hoy es leída por cientos de alumnos en las tutorías del I.E.S. Eusebio Barreto Lorenzo, con los que posteriormente se trabaja sobre igualdad y diversidad sexual. Se trata de una reciente iniciativa desarrollada en la isla de La Palma, que constituye un torpedo en la línea de flotación de la desigualdad. 

En esta carta, titulada: Maricón se ha convertido en mi grito de guerra, el joven cuenta cómo durante mucho tiempo se vio obligado a utilizar expresiones machistas para integrarse en un mundo que no le pertenecía. Llegó a decir “qué tía más buena”, sin sentir la más mínima atracción hacia las mujeres. Cuando tenía que jugar al fútbol, tenía que demostrar que sabía jugar. Pero cuando jugaba con una muñeca tenía que ocultar que lo había hecho. Cuando lloraba, era acusado de flojo, y nuevamente, de maricón, volviéndose insensible como una piedra. Y todo eso para encajar en unos patrones heterosexistas que no le correspondían. 

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Cómo en muchas fiestas “las chicas se empelotan” y piden que se les respete

Este no es el comentario de mi cuñado en Nochebuena, porque estamos en agosto. Tampoco es el último chiste de Arévalo, aunque lo parezca. Ni la reflexión veraniega de un grupo de bonobos en cautividad durante una cópula desenfrenada. Tampoco es el último comentario de Pablo Motos, ni el último vídeo de Jorge Cremades, ni la última reflexión política de Arias Cañete. Se trata otra manifestación de machismo que pasa sin pena ni gloria en nuestra sociedad, y esta vez ha sido en La Palma.

Es la reflexión de un hombre-ciudadano en redes sociales a propósito de la Fiesta del Agua, en Puerto Naos, que sentencia: “Cómo en muchas fiestas las chicas se empelotan y piden que se les respete”. O dicho de otra manera, cómo es posible que una mujer que enseña las tetas tenga derecho a ser respetada. Como si llevar un traje de baño en dos piezas fuera una demanda de ultraje. Como si, por otro lado, un par de tetas no fueran lo mismo que mamó el autor del comentario cuando nació, procurando su supervivencia, gracias a la leche que produjeron las de su madre.

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