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Raquel Miralles

Periodista

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Cuidado, que todo es machismo

Son tiempos difíciles para la reflexión. Todo lo que excede de 140 caracteres supone demasiado esfuerzo. Pensamos en titulares, reclamamos morbo y consumimos noticias falsas sin inmutarnos. Zygmunt Bauman afirmó que si antes el conocimiento se construía igual que una casa, ahora se parece más a un tren que pasa sobre los raíles y no deja ninguna huella en la tierra. “Nada es estable”, ni absoluto.

En este paradigma de la desinformación, vemos como se vende la cosificación como símbolo de empoderamiento y toda crítica a una mujer, como machismo. Pero igual que no todo es feminismo, no todo es machismo. Es cierto que vivimos en una sociedad patriarcal y que, por lo tanto, el machismo forma parte del sistema y de nosotros mismos, gracias a la educación y a la cultura, pero creo sinceramente que ante toda la vorágine que estamos viviendo en los últimos meses, distinguir los matices es fundamental.

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Solo sí es sí

En 1989 la Audiencia Provincial de Lleida condenó a un empresario solo a una multa de 40.000 pesetas por “abuso deshonesto” por considerar que la minifalda que llevaba la víctima, una joven de 17 años, provocó que el jefe manoseara sus pechos y su trasero. Es uno de los ejemplos de sentencia machista más célebre, pero lo cierto es que no hay que irse tan lejos: en septiembre de 2017, un hombre que abusó sexualmente de una niña de cinco años fue condenado a tres años de cárcel porque “la menor no opuso resistencia”; en enero de ese mismo año, un juez rebajó la pena de un hombre que había asestado 30 puñaladas a su mujer al creer que no había ensañamiento; y, en febrero de 2015, una jueza preguntó a una víctima de violación si “cerró bien las piernas”.

El último caso de justicia machista lo vemos con La Manada. “La denunciante se encontró de pronto en un lugar angosto y recóndito, rodeada por cinco varones de edades muy superiores y fuerte complexión que la dejaron impresionada y sin capacidad de reacción”. Pese a que es el relato de una violación, el tribunal ha condenado a los cinco acusados a nueve años de prisión por un delito de abuso sexual y no de agresión sexual –con penas más severas- porque no aprecia violencia ni intimidación. ¿Cinco hombres contra una chica que no puede huir ni puede defenderse no es intimidación? Hay juristas que han defendido, con la ley en la mano, que sí y que, por lo tanto, podría haberse condenado a los acusados por agresión sexual.

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Si los hombres se quedaran embarazados

Naciones Unidas ha llamado la atención a España por las dificultades para acceder a la interrupción voluntaria del embarazo. Todavía estamos así y lo cierto es que no hablamos suficientemente de ello. Hemos dejado de hablar de que en El Salvador una mujer puede ir hasta 50 años a la cárcel por un aborto espontáneo y de que, según Amnistía Internacional, 40.000 mujeres mueren cada año por complicaciones en el aborto y más de 16 millones de adolescentes dan a luz tras un embarazo no deseado.

En España, fue un delito castigado hasta 1985, cuando el feminismo radical convirtió lo personal en político y comenzó un proceso de reapropiación del cuerpo y de la sexualidad femenina. Se aprobó una ley de mínimos, que despenalizó tres supuestos: gravedad para la salud de la madre, violación o malformación del feto. El Gobierno de Zapatero permitió el aborto libre durante las primeras 14 semanas, pero el PP recurrió esta ley, y cuando llegó al poder,  la modificó para hacerla más restrictiva en el caso de las menores.

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País de puteros

“¿Alguien es capaz de imaginar que una mañana, de pronto, una mujer se levanta y decide ser puta?” Quien hace la pregunta es El Músico, que después de traficar con más de 1.700 mujeres, incluidas menores, lo tiene claro: “No hay prostitución que se ejerza libremente”. Los datos le dan la razón. Según la ONU, nueve de cada diez prostitutas en España ejerce en contra de su voluntad. El otro 10 por ciento, probablemente, lo hará por la pobreza o la precariedad. Aun así, miramos hacia otro lado y casi el 80 por ciento, según el CIS, cree que la compraventa de servicios sexuales es inevitable. Vivimos en una cultura de la prostitución. Quizás algo haya tenido que ver la operación orquestada por los proxenetas para lavarle la cara al “negocio”. El Músico confiesa en el libro de Mabel Lozano, El proxeneta, que fue un abogado valenciano quien propuso crear la Asociación Nacional de Empresarios de los Locales de Alterne (Anela) con el objetivo de convencer a la ciudadanía de que las mujeres llegaban por voluntad propia, que eran libres para dejarlo y que, además, ganaban mucho dinero. El portavoz de la asociación, “que se paseaba de plató en plató defendiendo lo indefendible”, en palabras de El Músico, era José Luis Roberto, líder de España 2000. Hace una década que en Holanda se legalizó la prostitución y que en Suecia se implantó un modelo abolicionista. Las conclusiones de comparar ambas opciones son interesantes: en el país nórdico, donde se criminaliza al cliente, los compradores de sexo han bajado del 14 al 8 por ciento, mientras que en Holanda, las mafias han aumentado. ¿Y en España? Podemos afirmar sin miedo que vivimos en un país de puteros. Lideramos la clasificación europea de demanda. El 39 por ciento de los españoles se ha ido de putas, frente a la media que es del 19 por ciento, según estudios de Naciones Unidas. Tenemos, incluso, el puticlub más grande de la Unión Europea. Y como la prostitución es alegal, poco se puede hacer, más allá de sancionar la prostitución callejera a través de las ordenanzas municipales y de la ley de Seguridad Ciudadana. En Valencia, la Policía Local solo multó a 17 clientes en 2017.   Los expertos coinciden en que no se puede desvincular el tráfico de mujeres y niñas de la prostitución. La trata nace para responder a la gran solicitud de servicios sexuales. De ahí, que la solución no pase por la prohibición, sino por la erradicación de la demanda. Hay que enfocar a los verdaderos protagonistas, que pasan desapercibidos y son casi invisibles: los clientes. Ir de putas es una práctica integrada. Los hombres, cada vez más jóvenes, acuden a estos clubs, aunque sea a tomar una copa. ¿Por qué? ¿Es entretenimiento? ¿Es necesidad biológica? No nos equivoquemos, solo es un ejercicio de poder. Los hombres buscan tener a una mujer a su entera disposición, convirtiéndola en un mero objeto de consumo. Llamemos a las cosas por su nombre, no es libertad sexual, es esclavitud y no sois clientes, sois cómplices.

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“Manterrupting” y “mansplaining” o por qué no irte de cena con cinco hombres

Ir a cenar con cinco colegas hombres puede parecer una actividad rutinaria, incluso aburrida. Pero solo si permaneces en un segundo plano. Si vas a dar tu opinión, prepárate, porque vas a ser víctima de “mansplaining” y “manterrupting”. Vaya por delante que siento utilizar anglicismos, pero el diccionario de lengua castellana todavía no tiene palabras para describir estas acciones machistas y el término "machoexplicación" que propone Fundéu no acaba de convencerme. En cualquier caso, el “mansplaining” no es más que la manía de los hombres de explicarnos cosas usando ese tono paternalista y condescendiente y el “manterrupting”, el hábito de interrumpirnos constantemente.

Puede parecer una tontería, pero yo de esa cena volví, sin saber muy bien cómo, agotada y frustrada. Me había pasado la noche intentando participar en las conversaciones. No importa tu formación o que trabajes en un puesto de responsabilidad, ellos te interrumpirán y te lo explicarán todo, independientemente de si saben de qué están hablando o no. No me di cuenta de lo que pasaba hasta que uno me preguntó directamente a mí y antes de que pudiera acabar la primera frase, me interrumpió para hablar con el hombre de su izquierda. ¿Por qué? ¿Machismo o simplemente mala educación?

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¿En qué piensan los hombres cuando piensan en feminismo?

La otra noche vino un chico a mi casa. Dos besos. ¿Qué tal estás? ¿Una copa? cuando me di la vuelta, estaba pegado a mi estantería cotilleando mis libros. Política sexual de Kate Millet, Feminismo para principiantes de Nuria Varela, El género en disputa de Judith Butler o El cuento de la criada de Margaret Atwood, entre otros. “¿Solo lees de feminismo?” Le enseñé mis últimas adquisiciones de Zygmunt Bauman para disimular un poco, me dio miedo que cambiara de idea y saliera huyendo. No lo hizo, aunque sí me sugirió que leyera un libro sobre comunismo. ¿Fue una estupidez pensar que el feminismo asusta a los hombres? Al fin y al cabo, es un movimiento históricamente desprestigiado y se intenta ridiculizar a las feministas, calificándolas de amargadas, feas o insatisfechas.

¿Qué piensan los hombres sobre el feminismo? Esta semana me he dedicado a hacerle esta pregunta a todo aquel que se cruzara en mi camino. Según sus respuestas, puedo clasificar a los hombres de mi vida en dos grupos: los que pasan porque no quieren “meterse en líos” y los que se consideran feministas. Eso sí, en el plano ideológico. En la práctica -y ya es un paso- su feminismo se reduce a analizar sus comportamientos y a hacer autocrítica de vez en cuando.

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El coste económico de ser mujer

Las mujeres cobran un 34 por ciento menos que los hombres en la Comunitat Valenciana. Es importante aclarar que las empresas no pagan sueldos base distintos a hombres y mujeres por el mismo trabajo, entre otras cosas, porque es ilegal. La discriminación salarial es sutil e indirecta, y está relacionada con los complementos, la segregación del mercado laboral, el techo de cristal, la precariedad y la temporalidad.

Pongamos algunos ejemplos, el plus de peligrosidad suele pagarse a operarios que manejan maquinaria, pero no a personas que están expuestas a productos químicos, como ocurre en el sector de la limpieza, mayoritariamente femenino. Tampoco tienen las mismas retribuciones los administrativos y las secretarias, que pertenecen a categorías diferentes, pese a desempeñar funciones similares. Ademas, los sectores más feminizados están peor pagados y el techo de cristal todavía no se ha roto.

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No es sexo, es poder

Es difícil saber si estamos en una nueva ola o si el feminismo simplemente está de moda, pero lo cierto es que se están empezando a romper muchos silencios. En Estados Unidos, miles de personas recorrieron las calles de Washington en la Marcha de las Mujeres para protestar contra Trump. En España, hubo numerosas concentraciones de apoyo a la víctima de La Manada. Suecia salió a la calle para repudiar las violaciones en grupo que conmocionaron al país. En Pakistán, cientos de personas se manifestaron durante varios días por el asesinato y violación de una niña de siete años. El abuso sexual, a Harvey Weinstein, le ha costado la carrera. Acciones, no palabrería, que diría Betty Friedan. Ha llegado la hora, porque no son casos aislados.

Según la macroencuesta oficial de 2015, el 13,7 por ciento de las españolas ha sufrido violencia sexual -abusos y agresiones- por parte de sus parejas, familiares, amigos o desconocidos. Se denuncia una violación cada ocho horas. Y, según los expertos, solo se denuncia una de cada seis. Las mujeres hemos sido educadas para sentir la culpa y la vergüenza. Desde pequeñas, interiorizamos que evitar las agresiones sexuales es nuestra responsabilidad. Ya saben, no vayas sola, no provoques, no te pongas una falda demasiado corta, no bebas más de la cuenta. Además, las que deciden dar el paso y denunciar, se enfrentan a un proceso lleno de prejuicios y de dudas sobre su testimonio.

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La izquierda que no amaba a las mujeres

Cuando Rixard Nixon ganó las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 1969, los nuevos movimientos sociales salieron a la calle para manifestarse en contra de su elección. Ese día fue el elegido por un grupo de mujeres para anunciar a sus colegas de los colectivos estudiantiles, pacifistas, antirracistas y socialistas que tenían su propio movimiento. Marilyn Webb, la encargada de dar la buena nueva, subió al escenario y cuando intentó pronunciar su discurso, solo escuchó abucheos, silbidos y gritos que le impidieron alzar la voz. Los hombres de la nueva izquierda que participaban en aquella protesta exigieron que alguien la sacara de ese escenario. “¡Folláosla en un callejón oscuro!”, llegaron a bramar. La propia protagonista, en el documental She's beautiful when she's angry de Mary Dore, define este episodio como “una locura”.

Las mujeres descubrieron de esta manera que el feminismo no suele ser bienvenido. La “cuestión de la mujer” siempre ha sido, además de demasiado compleja para los hombres, aplazable. También para la izquierda. Cuando ellas intentaban hablar, ellos las mandaban callar. El papel de la mujer era el de azafata: pasar a máquina los discursos de los líderes -siempre hombres-, servir el café, fotocopiar panfletos y atender el teléfono.

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Ser mujer no te hace feminista

No todo lo que hace una mujer es feminista. Parece obvio, pero es importante recordarlo en un momento en el que el relativismo nos ha enseñado que todo vale. Podemos consumir feminismo a nuestro gusto y convertirlo en lo que queramos que sea. La cosificación se vende como el nuevo empoderamiento y lo feminista es que cada una haga lo que quiera. Esta libertad de acción está muy bien y es un gran avance, pero no nos engañemos, el feminismo no va de la libre elección, sino de la liberación de la mujer y de la igualdad de género.

Se aplaude que las candidatas a Miss Perú denuncien la violencia de género durante una de las pruebas del concurso de belleza o que una presentadora dé las campanadas casi desnuda al lado de un señor perfectamente vestido, pero ¿es esto feminista, tal y como defienden, solo porque lo han hecho libremente?

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