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Rosa Cobo Bedia

Rosa Cobo es profesora de Sociología del Género en la Universidad de A Coruña y directora del Centro de Estudios de Género y Feministas de la misma universidad.

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Por qué la prostitución no es un trabajo

Que las mujeres que están en la industria del sexo ‘trabajan’ con su cuerpo no cabe ninguna duda. Que su sexualidad es su herramienta de trabajo es indudable. Que sacan poco dinero de esa actividad y que son sobreexplotadas económica y sexualmente es incuestionable. Que los proxenetas –o empresarios del sexo, como ellos mismos desean autodenominarse para blanquear su actividad criminal– extraen mucho dinero de los cuerpos de las mujeres no puede dudarse. Entonces la cuestión es esta: si las mujeres que están en prostitución ganan un ‘salario’ de pobreza con su cuerpo ¿por qué no considerar trabajo a esa actividad? ¿Por qué no regular la prostitución y articular alrededor de esta actividad asociaciones sindicales?

El primer argumento sin el que sería imposible entender la propuesta política abolicionista de la prostitución es que no toda actividad a través de la que se obtiene beneficios debe ser considerada un trabajo. Millones de niños y niñas trabajan por salarios de pobreza en el mundo. ¿Hay que pedir sindicatos para mejorar sus condiciones de trabajo o hay que abolir el trabajo infantil? En estos momentos se estima que existen algo más de 30 millones de personas que trabajan en condiciones de esclavitud en nuestro planeta. ¿Hay que acabar con esa organización económica o humanizar las condiciones de existencia de las personas esclavizadas?

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¿Por qué no quiere el Gobierno un pacto de Estado contra la violencia machista?

La violencia contra las mujeres es un hecho social global. Nuevas formas de violencia se añaden a las de siempre, y unas y otras se suceden dolorosamente en todas las regiones del mundo. Desde las violencias más aparentemente inocuas hasta los brutales asesinatos, las sociedades patriarcales han creado una cadena de violencias en la que todas las mujeres sin excepción estamos atrapadas. No es bastante con tener cuidado, ni siquiera basta saber que la violencia forma parte de la vida de las mujeres. Estas violencias tienen un carácter sistémico, anidan en las entrañas de las sociedades patriarcales, beben de la desigualdad y se alimentan de esa ideología de la inferioridad de las mujeres que está inscrita en la mente de muchos varones. No se puede separar la violencia patriarcal de la masculinidad hegemónica. Los hombres son socializados en un modelo de masculinidad en el que el dominio es un componente fundamental de su educación. A veces, incluso, a pesar de ellos mismos.

Cada ocho horas una mujer es violada en España; dos millones y medio de mujeres sufren violencia en la pareja; y un millón y medio padece violencia sexual fuera de la pareja. El colofón a semejante horror es el asesinato de cinco menores y 32 mujeres en nuestro país en lo que va de año, según el cálculo realizado por la feminista Herme Castro (superior a las cifras oficiales aportadas por el Gobierno).

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Creaciones culturales que empoderan a las mujeres

El Ayuntamiento de Zaragoza ha colocado en una plaza de la ciudad una escultura como homenaje a las mujeres víctimas de la violencia machista. Sin embargo, las buenas intenciones del ayuntamiento se han frustrado porque la escultura –una mujer arrodillada– en realidad representa la imagen de una mujer vencida y arrasada por el dolor. El movimiento feminista de Zaragoza ha protestado por el significado simbólico que entraña esa imagen.

En efecto, los sectores de población discriminados –las feministas lo hemos dicho una y otra vez– necesitan representaciones que pongan de manifiesto su opresión. La sociedad debe entender la compleja situación de las mujeres: en una gran parte del mundo viven sin derechos y expuestas a múltiples violencias diarias; y en otras, como en Occidente, tienen los derechos formales, pero no los materiales. Y también son objeto de la violencia masculina. Desde el punto de vista formal, tienen el derecho a ejercer los derechos de los que son titulares, pero en la práctica existe un conjunto de mecanismos simbólicos y materiales que hacen imposible el ejercicio de esos derechos. La inacabable cadena de agresiones cotidianas, que en algunos casos acaban en asesinatos, es una muestra rotunda de que las mujeres viven en condiciones de desigualdad y de violencia.

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La fuerza de las mujeres y la fuerza del feminismo

Más de medio millón de mujeres se manifestaron en Washington contra la misoginia, el racismo y la intolerancia que exhibe Donald Trump, el nuevo presidente de Estados Unidos, como elemento central de su programa ideológico. No se recuerda otra manifestación de tal magnitud como la celebrada en la capital de Estados Unidos. Sin embargo, para comprender el significado político de esta movilización es preciso contextualizarla históricamente, mirando al pasado, pero también con la vista puesta en el futuro.

La Marcha de las Mujeres de Washington –replicada en otras ciudades con el resultado de un millón y medio de mujeres en las calles de muchos lugares del mundo- tiene precedentes y referentes ideológicos que no conviene olvidar. Se inscribe en la larga lucha de las mujeres por la conquista de la igualdad. Es un eslabón más en la genealogía de las luchas feministas por alcanzar derechos civiles y políticos vinculados a la libertad y a la igualdad.

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Otra vez la vieja política sobre violencia machista

La violencia contra las mujeres fue convertida en objeto de investigación teórica y de práctica política por el feminismo radical en los años setenta. Si bien la violencia patriarcal ha estado presente como preocupación política en toda la historia del feminismo, será a partir de los años setenta del siglo pasado cuando este tema se convierta en una pieza fundamental de la agenda feminista. El feminismo radical puso la lupa en la familia patriarcal y descubrió que esa institución no era el mundo de amor y felicidad que nos habían contado sino que su interior albergaba abusos sexuales, violencia y explotación económica. La familia fue conceptualizada como la institución en la que se desarrollaban microsocialmente las relaciones de poder entre hombres y mujeres que después se reproducirían macrosocialmente en el espacio público y político. Desde ese momento, el movimiento feminista ha luchado ininterrumpidamente para que el estado asumiese que las vidas de las mujeres tienen valor. Y también para que la sociedad tomase conciencia de que la violencia patriarcal vulnera los derechos humanos de las mujeres y pone en cuestión la legitimidad de la democracia.

La violencia patriarcal está hondamente anclada en las estructuras materiales y simbólicas de cada sociedad. Niñas y niños, jóvenes adolescentes de ambos sexos, mujeres y hombres, reciben mandatos socializadores que están en la raíz de la violencia patriarcal. Estos mandatos socializadores están impregnados de una ideología de la superioridad masculina que desemboca en formas de control y violencia sobre las mujeres. De la misma forma, todas las estructuras materiales y todos los entramados institucionales esconden en su interior una poderosa jerarquía patriarcal que sitúa a los varones en una posición de poder.

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¿Son discriminatorios los uniformes?

Los uniformes son un elemento de diferenciación entre los colegios públicos y los privados. Llevar uniforme en nuestro país tiene connotaciones de clase y de estatus, pues pone de manifiesto la pertenencia a un colegio privado o concertado. El uniforme es la marca de lo no público.

Sin embargo, el uniforme también tiene connotaciones de género, pues se asigna falda a las niñas y pantalón a los chicos, de la misma forma que el calzado suele ser distinto para unos y para otras. Los uniformes no son unisex, son sexuados, y en sí mismos constituyen un elemento fundamental de lo que la pedagogía crítico-feminista denomina curriculum oculto de género. En efecto, esta categoría se ha acuñado para identificar aquellos valores sexistas que recibe el alumnado junto a los contenidos teóricos y que resultan invisibles para la mayoría del profesorado y para la sociedad en general. El curriculum oculto de género muestra que niños y niñas reciben mandatos socializadores diferentes, que suelen ser una prolongación de lo que viven en sus entornos familiares y que se refuerzan con los mensajes que reciben a través de series de TV, publicidad, juegos de ordenador o juguetes, entre otras instancias socializadoras.

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Nuevas violencias contra las mujeres en Europa

En lo que va de año se han producido algunas violencias contra las mujeres nada frecuentes en el entorno europeo: en Nochevieja, en varias ciudades alemanas, –Colonia, Hamburgo, Berlín, Stuttgart, Francfort, Bielefeld-, cientos de varones agredieron sexualmente a mujeres, incluidas violaciones, aprovechándose de la escasa luz y de las aglomeraciones propias de las fiestas. Estos hechos, inesperados y sorprendentes, fueron acompañados de la pasividad de la policía. La característica de los agresores reside en su origen árabe y norteafricano. La policía alemana, después de algunas dimisiones y poca autocrítica, advirtió que existía algún tipo de conexión en las acciones que tuvieron lugar al mismo tiempo en las diferentes ciudades y llegaron a hablar de “un nuevo tipo de criminalidad organizada”. En una nueva vuelta de tuerca parece que quieren denominar ‘crimen organizado’ a la violencia patriarcal.

Estos hechos nos ponen delante de los ojos algunos interrogantes: ¿Estas acciones podrían haber sido inspiradas por la extrema derecha para crear un clima de opinión contra inmigrantes y refugiados árabes y del norte de África? ¿O habrá sido una decisión autónoma de esos varones que no soportan la libertad y autonomía de las mujeres? ¿O por medio de esas agresiones los varones inmigrantes están mostrando su malestar por el lugar secundario que se les asigna en la sociedad alemana? ¿Podría interpretarse que a través de esas mujeres están enviando un mensaje a los hombres europeos? ¿Es posible que ese ataque sea simbólicamente una agresión al territorio alemán? ¿O cabe pensar que consideran que las mujeres son propiedad de los varones y a través de ese ataque les están agrediendo a ellos? ¿Sentirán que no son bien tratados en Alemania y que deben responder con violencia y para ello eligen a las mujeres porque ellas son un flanco mucho más débil que el masculino?

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¿Cómo se defienden mejor los derechos de las prostitutas?

La reciente decisión de Amnistía Internacional de proponer a los gobiernos la despenalización de la prostitución ha colocado en el centro de la agenda política un debate ya antiguo. El argumento decisivo de Amnistía Internacional es que con la despenalización se defienden mejor los derechos humanos de las mujeres prostituidas. Sin embargo, desde sectores mayoritarios del movimiento feminista y desde sectores ideológicos críticos de la sociedad civil se considera que la despenalización no es la mejor forma de proteger a las mujeres que están en la prostitución. Desde estas posiciones se considera que es una institución fundacional del patriarcado y, desde hace más de tres décadas, también un sector económico crucial para el capitalismo neoliberal.

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El movimiento feminista y las políticas de igualdad

Por primera vez en muchos años la ilusión se ha instalado en sectores de la sociedad y también por primera vez mucha gente está soñando con otras formas de hacer política y con erosionar esas viejas maneras de gestionar lo público, en el mejor de los casos para la ciudadanía, pero sin la ciudadanía.

Me gustaría que estas palabras diesen entrada a una cuestión que ha estado presente en la vida política española desde que en el año 1983 se crease el Instituto de la Mujer y se pusiese al frente de ese organismo a Carlota Bustelo, una persona cualificada para esa responsabilidad y de firmes convicciones feministas. Ese momento histórico, en el que se funda el Instituto de la Mujer, marca el inicio de las políticas institucionales de igualdad.

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El feminismo contra las políticas neoliberales

El feminismo es un movimiento social interclasista, pues todas las mujeres, de todas las clases sociales, de diferentes culturas o razas y con distintas orientaciones o identidades sexuales pueden ser abusadas sexualmente, agredidas, explotadas en el hogar y en el mercado laboral y discriminadas en aquellos ámbitos en los que hay recursos y poder. Las estructuras simbólicas y materiales sobre las que está edificada la desigualdad afectan en mayor o menos medida a todas y cada una de las mujeres y ninguna de ellas puede sustraerse a algunos de los rostros de esa desigualdad.

En sus tres siglos de historia, el feminismo ha sabido identificar los nudos de la opresión y ha luchado políticamente para deshacerlos. En el siglo XVIII, el feminismo se articuló como una interpelación moral a los privilegios masculinos y en ese contexto las mujeres reclamaron la consideración de sujetos racionales como base para conseguir otros derechos que ya tenían los varones. En el siglo XIX, el feminismo exigirá el estatuto de sujeto político para las mujeres y se articulará políticamente en torno al derecho al voto. En el siglo XX, las feministas pondrán de manifiesto el dominio masculino en el marco doméstico y familiar y el feminismo subrayará el carácter político de aquello que había sido definido por el liberalismo y el socialismo como privado.

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