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Sofía Castañón

Secretaria de Feminismos Interseccional y LGTBI en Podemos. Diputada por Asturias en el Congreso.

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Tener un hijo y no ser madre

Nada me interpela tanto como la voz de mi hijo llamándome, pero nada me nombra menos que los anuncios del Día de la Madre. Y no tiene que ver sólo con el imaginario: las madres del Día de la Madre son mujeres con prole en edad de gastarse sus cuartos de manera autónoma. Un niño de cinco años no es a quien se dirigen los anuncios de perfume o de la ONCE. Y dada la media de edad a la que se tiene criaturas en este país, una mujer de 34 años como soy yo no es la madre del Día de la Madre. En esos anuncios, una sigue siendo hija (y además nunca dejamos de serlo).

Pero ya digo, no tiene que ver sólo con el imaginario. Cuando estaba embarazada, mucho antes de que hubiera un diálogo de movimientos, patadas, una comunicación de mi cuerpo con otro cuerpo, empecé a clases de yoga pre-mamá. Las disfrutaba, pero al final de cada sesión me angustiaba mucho  porque nos teníamos que comunicar con nuestro bebé poniendo una mano en la barriga. Y no, hasta casi los cinco meses yo no me comunicaba con nada. Era una mujer embarazada, pero no una madre.

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Sobre la sabiduría, la luna, la necedad y las tetas

En 2016 el fotógrafo Francisco Prato y su novio sufrieron una agresión homófoba. Y aunque ante estas agresiones suele haber más silencio que denuncia, él dio el paso de contarlo públicamente y con esto nació el proyecto “Sólo tú sabes quién eres” en el verano de 2017. Francisco Prato hizo una exposición donde los cuerpos se superponen, se combinan; y una lee en esto no sólo que nadie más que nosotras sabe quién es por dentro, sino además que los cuerpos son como las mentes, y se van mezclando, aprendiendo, contaminando en el buen sentido de la expresión, de otros cuerpos. Un conjunto de imágenes que hablan de libertad, de autoconocimiento y de reconocimiento social de esa libertad propia.

El jueves pasado debatíamos en la Cámara del Congreso la enmienda a la totalidad que presentaba el PP a nuestra ley de igualdad LGTBI. Esa ley no es nuestra porque la presentara, defendiera y se admitiera a trámite mi grupo parlamentario. Es nuestra porque es de los colectivos y de toda la sociedad que queremos que seamos iguales y de plena ciudadanía todas las personas, al margen de nuestro sexo, de nuestra identidad de género, de nuestra expresión, de nuestros afectos y deseos. El PP esto no lo ve, salvo que haya una pancarta en la que hacerse la foto en un día tan simbólico como es el del Orgullo -más aún el año pasado que el World Pride era en Madrid-, que entonces sí: firman lo que haga falta (como que no impedirán la tramitación de la ley de igualdad LGTBI) y allí se van Javier Maroto y Andrea Levy a posar con toda la FELGTB, porque para eso ellos son la derecha moderna y tolerante.

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Todo el trabajo es trabajo sexual

Sí, hemos captado tu atención y nos reafirmamos en el título. No es un artículo de clickbait, mantenemos que nuestra condición de sexo, ser mujer u hombre, condiciona nuestra actividad laboral transversalmente. Y transversalmente no es un decir, es ver el informe último de Intermón Oxfam con el que al inicio de esta semana se nos atragantaba el desayuno confirmando lo que ya sabemos: que, si las personas trabajadoras de este país lo tenemos crudo, las mujeres trabajadoras lo tenemos doblemente mal. Y ya si eres joven o si llevas una familia monomarental, para qué contarnos.

Porque esta reflexión no es nueva, el Grupo Confederal intenta promover, desde su llegada al Congreso, una legislación en materia de igualdad entre mujeres y hombres en el mundo del trabajo que ponga fin a una discriminación histórica y extensa, que afecta al mercado laboral, a la calidad de pensiones o prestaciones y, de forma indisoluble, a los cuidados y derechos vinculados con la crianza, la maternidad o la paternidad. Por decirlo con una expresión que puede sonar antigua, pero es, en realidad, cristalina: queremos erradicar la división sexual del trabajo productivo… y reproductivo, pues el feminismo nos ha enseñado que no puede entenderse el uno sin el otro.

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Perturbación Feminista en la Fuerza

Antes de dormir siempre pide que le leamos un cuento. Y aunque lo habitual son títulos maravillosos de editoriales como Kalandraka o Takatuka o Pintar-Pintar (personas con criaturas que lean esto sabrán de lo que hablo) me pide el de Wonder Woman. Tiene narrativa de cómic, con muy pocas secuencias, es para peques. Cuenta la historia de Diana, amazona superfuerte comprometida con la justicia, las personas, los animales y el medio ambiente (sic). Algunas noches nos pedía el de Batman (mismo tipo de libro) pero desde que descubrió a Wonder Woman, él no quiere otro. Quiere ser como Wonder Woman porque es buena y vuela en un avión que se hace transparente, y eso “mola pedazo”. Tiene cinco años y la capacidad ya de evidenciarme mi desfase con el argot. 

En realidad, yo quería hablar de Star Wars, de la última entrega. Y adelanto que soy una friki de los episodios IV, V y VI (y sí, yo intento hacer como que los I, II y III no existen, aunque mi hijo ya sabe quién es Jar Jar Binks, totalmente a mi pesar) y que éste último, el VIII, me ha gustado mucho. Lo dejo claro para quien prefiera no seguir leyendo, que han sido unas Navidades entretenidas de haterismo, de cualquier tiempo pasado fue mejor, de hacerse cruces con el “flying Leia” y de repetir casi todas las críticas que en 1980 se hicieron a su adorado El Imperio contraataca. Lo que son las cosas. 

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Parar

En una tierra de cerca de cuatro millones de parados no sabemos, sin embargo, qué es detenerse. Qué es parar y que frene todo. No lo sabemos porque, incluso, cuando se convoca una huelga general (pienso en aquella de finales de septiembre de 2010) luego hay que ir a un sitio a tomar algo. La verja que se levantó, la caña que nos sirven, la televisión encendida y la reportera dando la noticia. No nos hemos detenido nunca.

Y no se confundan, que no habla una de pararse a oler las flores, ni esto tiene que ver con tópicos latinos que nos animen a vivir a otros ritmos. Me refiero a que en el constante girar y girar las cosas siguen sucediendo y nos parecen invisibles.

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