A jugar: ¡intercámbiense las togas con los tricornios!
Esto del Papa es como el pan del sándwich. O de la hamburguesa. Apreciar si su sabor es riquísimo, de mismísima y prístina masa madre, o más bien de intragable procesado industrial es cuestión de gustos, como los colores. La visión del conjunto, así puesto en el plato, resulta siempre atractiva. Cómeme, dice el muy canalla. La capa de arriba y la capa de abajo encubre el contenido, que habrá que hincarle el diente para saber lo que lleva dentro. Y hoy por hoy, pasados estos tres días de indulgencia papal, lo que hay dentro son sapos y culebras que a degustarlas volveremos mañana, como mucho tardar. Togas, guardias civiles, más togas y más guardias civiles. El mundo real vive ahogado por la vivienda, la cita médica que se retrasa, el nene que se asfixia en el aula maligna, la cesta de la compra y otras vulgaridades similares, mientras la superestructura se dedica al sucio juego de la sucia política. No sé ganarte en las urnas, pero te meteré en la cárcel. A ti, a tu mujer y a tu hermano. Porque manda el odio de esta derecha miserable.
Decíamos del Papa y nos gusta que todo el mundo vea en sus palabras discursos progresistas que atacan a la extrema derecha. Incluso a Trump. Lo que pasa es que de siempre tienen estos importantes señores un regusto por el habla almibarado, utilice cuatro palabras donde puede solucionarlo con una y deje siempre, siempre, un rayo de escape a cualquier afirmación que haga. Ejemplo. Está muy bien que diga “invito a todos, por amor a la verdad, a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes de vuestra realidad social y de su historia, para pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad”. Ea. La gallina. Algo esotérico e ininteligible para quien situó a los pobres –forzados a la ignorancia por definición- en el centro de la Iglesia en su primera exhortación apostólica, “Te he amado”, Dilexi te. O las vueltas y revueltas que ha dado en todos sus discursos para no decir, a pelo, ultraderecha, fascismo, racismo. Es sencillo: fas-cis-mo. O, también, pe-de-ras-tia. ¿Ven? No se cae el mundo y hasta el más lerdo sabría de qué está hablando ese señor tan arropado. Y así, quizá a Isabel Díaz Ayuso, la emigración es una importación masiva de miseria, dijo la ignorante, a Santiago Abascal o a Núñez Feijóo les avergonzaría esa bazofia de la “prioridad nacional”– aunque el Ojo duda de su capacidad para aceptar la realidad- mientras estaban en presencia, embobados se les veía, de míster Robert Francis Prevost, más conocido como León XIV.
Basta del santo padre. El contenido del sándwich, el bicho de la hamburguesa es lo que nos interesa. Porque eso es lo que nos encontraremos hoy, la miseria del día a día. Ha jugado bien la derecha –la carencia de escrúpulos ayuda mucho- a articular esa viscosa tela de araña de la que es difícil escapar. Armados de jueces, fiscales y guardias civiles han pergeñado un ataque masivo en el que ha caído el Gobierno. Un Gobierno, todo hay que decirlo, que albergaba en su seno seres indeseables, corruptos y mentirosos. Y además, cutres, sórdidos y desarrapados. Ábalos o Koldo ya eran ejemplos lamentables, pero pensar en Leire Díez como gran urdidora entre las complejas redes del poder es para echarse a llorar. Y alguien, con dinero del PSOE, pagó los cubatas y los bocatas de chicharrones. Vergüenza da mirarse en el espejo y que por detrás asomen algunas caras.
Decíamos que la derecha ha sido hábil en elegir la vía del estiércol, aunque en realidad es la única que saben usar, como ya hicieron con Felipe González, quién te ha visto y quién te ve. En ambos casos, Aznar dijo a lo más ponzoñoso que tenía a mano que el que pueda hacer, que haga. Y todos los espíritus negros salieron de las catacumbas. Para hacer maldades. Tienen las derechas poco que ofrecer a campo abierto. Es difícil vender una sanidad en la que regalarás los hospitales a tus amigos, como hacen en Madrid, Andalucía o Murcia; unos colegios a concertar con el primer cura que se aparezca en lontananza y unas universidades al primer lobby que pase cerca, en todas sus comunidades, o regalar a los fondos buitre miles de viviendas para que echen a sus longevos inquilinos. Eso hay que callárselo. No tienen nada que ofrecer. Libertad, grita alguna farsante de la cuerda, pero nadie se cree la patraña. ¿Honradez? ¿Ellos, los Rato, los Montoro, los Bárcenas, los Zaplana, los Matas, los Granados, los Ignacio González, los Fernández Díaz y sus cien altos mandos policiales, gentes rezadoras hasta la extenuación, pero drogadictos de la mentira y la extorsión? Qué risa.
Pero es verdad que las caravanas del PSOE, machacadas y asustadas, se han situado en círculo para intentar repeler el ataque de los mil y un indios, una vez conjuradas en el ataque, creen que definitivo, todas las tribus de la región. Pero olvidan que en las películas del Oeste siempre ganaba John Wayne. O Clint Eastwood. Romper el cerco, con tanto grito ululante, será difícil, mucho, pero no es imposible, sobre todo si se prescinde para lograrlo de esas espías que hemos visto en los papeles de la UCO, la todopoderosa UCO, esa sección de la guardia civil que intuye sin pruebas pero que el mundo togado y de la fiel infantería se pone de hinojos ante sus pies. Quedan meses para intentarlo.
Por lo pronto, habrá que despejar el panorama judicial, todo organizado milimétricamente para que al final algún juez -¿Santiago Pedraz?- acabe citando a Pedro Sánchez. La obsesión de la derecha, babeando de solo pensarlo. Luchar contra la plaga feroz es sencillo decirlo, claro. Pero aún no hemos visto esfuerzos firmes para reunir a todas las togas decentes, ha de haberlas a centenares, el Ojo no tiene la menor duda, decididas a plantar cara a la carcundia de sus iguales. Esa batalla sí merece la pena darla. Y concentrar de la misma manera a las mentes jurídicas progresistas que todos leemos a diario para que formen un comando de acción a cara descubierta. No puede ser tan difícil intentar que den la batalla, tanto en los tribunales como ante la opinión pública. A lo concreto. Ningún humano de a pie sabemos la calidad profesional del equipo jurídico que ha defendido al hermano de Pedro Sánchez. Lo sabrán quienes los han contratado. Pero si Ignacio Escolar en elDiario.es, o Jordi Nieva Fenoll en El País han conseguido destrozar a las acusaciones y a ese gran civilón que es el teniente coronel Balas, otra vez la UCO, ¿qué ha impedido que durante las semanas previas al juicio, los días de la vista e incluso en días posteriores, se haya inundado con esos razonamientos por quien correspondiera, hay medios, hay partido, todos los pueblos y plazas del país? Cualquier experto en comunicación sabe cómo hacerlo. O sea, hay ignorancia y pasividad. Fea jugada la del PP, por cierto, añadiendo un delito al final y aún más sorprendente la decisión de la Sala de no dejar defenderse a David Sánchez. Cierto, hay una justicia ciega.
¿De verdad creen en las alturas del PSOE que es suficiente con que el muy valeroso Luis Arroyo se parta la pana en apariciones televisivas aquí te pillo, aquí te mato, para defender el nombre y el honor, la inocencia va por otros derroteros jurídicos, de José Luis Rodríguez Zapatero? ¿Creen en serio que bastan las tertulias y los aguerridos periodistas de TVE, por muy profesionales de mérito que sean? Todo les supera y cuando quieren reaccionar lo hacen con la concha que contaba San Agustín. Siempre le viene al Ojo, cree que ya lo ha citado en alguna otra ocasión, la misma escena cinematográfica de El maquinista de la General. Johnny Gray (Buster Keaton) se está partiendo el alma para llenar la caldera de la locomotora a grandes paletadas, suda y suda, y Annabelle Lee (Marion Mack) le pasa un palito como toda ayuda. Repasen la cara de Keaton.
Pértiga y salto para superar los enredos judiciales. Son terribles y ya decimos que hay que luchar contra ellos, pero la vida sigue y los ciudadanos progresistas necesitan saber que el Gobierno se va a matar por solucionar sus problemas cotidianos y para llegar a acuerdos con la izquierda a su izquierda, amén de continuar con sus malabarismos, decentes, con los partidos nacionalistas, básicos en la España plurinacional que el patriotismo de hojalata, el de Feijóo, el de Abascal, que es el mismo de Ramiro de Maeztu, nunca entenderá y siempre menospreciará.
Mil, diez mil veces lo dirá el Ojo, como ya hizo la semana pasada y lo seguirá haciendo, que es más pesado que un kilo de churros: habrá que vender el paño por tierra, mar y aire, que en el arca, por muy bueno que sea, solo acabará por pudrirse.
A la calle, que ya es hora de pasearnos a cuerpo. Nosotros somos quien somos, somos un río derecho, decía Gabriel Celaya.
Adenda. Israel ha ganado el control de cerca de 1.000 kilómetros cuadrados en Líbano, Siria y Gaza desde 2023. Hacía más de cuarenta años –en 1982- que no controlaba tanto territorio. El mismo domingo pasado, después de que Trump le dijera que no lo hiciera –o esa milonga nos vendieron- Netanyahu bombardeó Beirut. Más destrucción, más muerte allá donde el mandatario israelí y sus secuaces ponen el ojo de halcón. En absoluta impunidad. Asesinan, destruyen y ocupan lo que les viene en gana. ¡Qué pena ver a un político decente como António Guterres, secretario general de Naciones Unidas, escondido en su cueva de Nueva York, consciente de que su enorme organismo, 193 países, 37.000 empleados, no sirve absolutamente para nada! ¿Tampoco la Unión Europea tiene nada que decir? ¿Seguirán cientos de países comerciando con Israel como si fuera un Estado decente, olvidando los miles de niños que masacra su ejército de fanáticos salvajes?
Aleluya, aleluya, recemos con el Papa y cantemos las glorias de los futbolistas, que ya empieza el Campeonato del Mundo.
Gaza, Cisjordania, Líbano. Y Cuba. ¡Qué plasta es este Ojo!
Sobre este blog
El Ojo izquierdo nació en El País en 2010 y prolongó su vida durante diez años en la cadena SER, con vivienda propia en el Programa Hoy por Hoy, primero con Carles Francino, después con Pepa Bueno y finalmente con Àngels Barceló.
Ahora se instala con comodidad en elDiario.es, donde es de esperar que se mantenga incólume la aviesa mirada de su autor, José María Izquierdo.
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