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Activismos peligrosos

En el activismo por la liberación animal el sujeto político son los animales no humanos; sin embargo, es el animal humano el que construye un movimiento que les libere de la sádica opresión a la que históricamente les hemos sometido.

Somos nosotras, las desertoras de la humanidad, las que realizamos un activismo que sensibilice a nuestras comunidades, y a la sociedad en general, sobre el especismo, sus formas de dominación, su multiplicidad de manifestaciones, tanto en la industria alimentaria como en la vestimenta, en los laboratorios de vivisección, en los zoos y circos; incluso, la violencia material o simbólica en la representación de lo animal en todas las artes y la cultura. 

Es necesario reconocer que esto conlleva una responsabilidad enorme, exige formación y un compromiso real con esta causa que hacemos nuestra al momento de aliarnos con su resistencia, porque nada más ingrato que no reconocer la lucha activa y constante de los animales por liberarse de cada una de las jaulas que les contienen. Historias que se repiten cada día, y con la misma cotidianidad son invisibilizadas, porque dan constancia de que tienen conciencia de su situación y no desean la cautividad a la que son sometidos. Algunos han generado pequeñas grietas, otros, como la orca Tilikum, han participado activamente en la caída vertiginosa de empresas transnacionales como Sea World.

Son varios los proyectos que focalizan su energía en rasguñarle a esta estrategia de invisibilización las historias de resistencia animal de una gran variedad de especies, que van desde animales considerados de granja hasta seres marinos. Algunas de sus requisas pueden leerse en Querer La LibertadResistenza Animale o en blogs especializados en la resistencia de animales explotados en los circos como InfoCircos.

Asumir este compromiso es emprender un camino que seguramente tendrá fallos, y que probablemente iremos detectando conforme pulamos nuestra autocrítica. Lejos de desalentarnos, es indispensable mantenernos humildes, aprender de esos errores y seguir consolidando un movimiento que contenga una cuantiosa diversidad de estrategias y herramientas, y que a su vez sea cuidadoso de no caer en lugares que pueden resultar peligrosos para aquellos a los que defendemos. 

Personalismo

Hace tres años, Fabiola Leyton escribía: “Desde hace algunos meses, y especialmente durante las últimas dos semanas, siento un especial malestar ante la figura de los ”héroes“ y las ”heroínas“ que se erigen bajo el clamor popular dentro del mundo del activismo por los animales”.

A día de hoy, podría repetir cada una de sus palabras, quizás ya no en relación a cierto grupo de señores que protagonizaban vídeos para hacer un llamamiento a unirse contra el Toro de la Vega. Con tres años de distancia, pensaría en activistas que actualmente son encumbrados por los medios de comunicación como “prodigios”, “ídolos”, incluso “iluminados”, adjetivos que fomentan la creación de un personaje y la respectiva idealización de su figura.

Es importante reconocer el trabajo y la energía que dedicamos a esta lucha, incluso es necesario que nos cuidemos las espaldas las unas a las otras, sobre todo, cuando la estrategia emprendida es considerada ilegal por el Estado Especista.

Reconocimiento, complicidad y cuidado son términos muy alejados del engrandecimiento y el personalismo, que, siendo redundante, focaliza en la persona y no en la causa que defiende. El movimiento de liberación animal no va de personajes, sino de millones de animales no humanos explotados y asesinados sistemáticamente, minuto a minuto.

Además de mover el foco, genera una sensación de que necesitamos ser “prodigios” o “iluminados” para reconocer el especismo e iniciar una campaña contra él, cuando la verdad es que, si vemos a nuestras compañeras de asamblea, colectivo o de alguna concentración, solo somos simples mortales con un posicionamiento político en torno a la explotación animal.

Retomando a Fabiola Leyton: “No se necesitan ”héroes“ ni ”heroínas“ que lleven al límite sus capacidades para cambiar la situación de los animales (…) Todos y todas podemos hacerlo, solo hay que normalizarlo”.

Para la erradicación del personalismo dentro de nuestro movimiento, es necesario que los medios den un mejor tratamiento de las acciones concretas que realice una persona o un grupo de personas. También que las propias figuras reclamen y favorezcan estar en un segundo plano, que promuevan la liberación animal y no su lustroso currículum dentro de esta, y, sobre todo, que sea el mismo movimiento, es decir, que cada una de nosotras localice cómo es parte de esta ecuación al momento de idealizar a estos personajes.

Es importante mencionar que el personalismo no es exclusivo del movimiento de liberación animal. Contrariamente, está contextualizado por un sistema racista, capitalista-meritocrático, donde esta fórmula se repite una y otra vez. Por ejemplo, recientemente, con el encarcelamiento de Carola Rackete, la capitana del Sea Watch 3, una mujer euroblanca políticamente responsable y que dedica su vida al rescate marítimo de personas que desafían las fronteras de la Europa Fortaleza. Tanto en los medios de comunicación como en las redes sociales, atestiguamos una glorificación a su figura, dejando de lado el carácter político restaurativo de su activismo y borrando totalmente del mapa la resistencia política de quien emigra. Al final, poco o nada se supo de las personas migrantes que acompañaban a Carola en el momento de su detención. Afortunadamente, ella quedó en libertad, pero, ¿y las personas migrantes? Aquí la importancia de no perder la perspectiva.

En el marco antirracista, esta figura es ampliamente conocida y tipificada como el salvador blanco o el síndrome del salvador blanco, explicado ampliamente por Desirée Bela-Lobedde en el enlace, pero que básicamente es una tendencia a auto-vanagloriarse con su “altruismo de postureo” o a vanagloriar mediáticamente a quien se responsabiliza y realiza acciones desde su posición de privilegio y la deuda histórica, casi fundacional, ante este grupo oprimido.

Regresando al movimiento de liberación animal, cabría reflexionar a qué lógicas obedece este personalismo, y respondernos sincera, honesta y profundamente ¿Por qué o para qué somos activistas por la liberación animal?

Supremacismo moral

Los veganismos son un conjunto de prácticas que consisten en no participar de la explotación animal desde una ética desafiante con la ideología imperante, donde los cuerpos son jerarquizados y son los animales los que ocupan el último peldaño de esa organización-mundo basada en la dominación de lo humano (hombre, cis, blanco, funcional, joven, delgado) sobre lo otro.

Practicar, promover, sensibilizar, manifestar una ética de justicia social e interespecie es totalmente posible sin colocarse en una posición de superioridad moral. Entiendo que, para las personas veganas, todas nuestras decisiones pasan por este filtro y van mucho más allá de lo que compramos en el supermercado: incluye el tiempo que dedicamos al activismo, incluso, para algunas de nosotras, está presente en momentos tan trascendentes como elegir o no la maternidad. Sin embargo, “crear las circunstancias para que el veganismo sea algo accesible a otras personas también debería ser parte de nuestro marco de referencia moral”, así lo señala Christopher Sebastian Mcjetters, activista comprometido con la opresión racial y su intersección con la violencia animal. 

El movimiento por la liberación animal es la respuesta a un sistema de opresión donde nosotros encarnamos al sujeto opresor, es un movimiento de restauración, incluso, sin connotación religiosa, un camino de redención en torno al lugar en el que hemos colocado a los demás animales. ¿Dónde está la gloria de dejar de oprimir e intentar reparar el daño?

Además, este supremacismo moral, analizado desde una perspectiva decolonial, puede llegar a reafirmar el supremacismo blanco, entendiendo esto último como una ideología vigente que mantiene el dominio social, político, histórico e institucional de las personas blancas sobre las personas racializadas. Vivimos en sociedades occidentales construidas sobre la base de la blanquitud y el colonialismo.

Y digo “puede llegar” porque bajo este marco, ¿qué pasa cuando este supremacismo moral es encarnado por personas anglosajonas o euroblancas? Se complejiza el generar vasos comunicantes con otras culturas porque el mensaje solo puede ser visto desde la verticalidad y la imposición. Las lógicas del antiespecismo son absorbidas por quien enuncia, por el históricamente privilegiado, por quien tiene un linaje de dominación que ha invisibilizado otras genealogías de pensamiento en relación a lo animal y prácticamente todo aquello que ha y sigue resistiendo.

Las personas anglosajonas o euroblancas deben hacerse cargo de su poder de enunciación, dar espacio a las personas racializadas que están generando campañas de concienciación sobre el especismo al interior de sus comunidades, bajo nuestros propios marcos, que guardan una doble potencia, primero, la desarticulación del discurso especista y segundo, las implicaciones que el especismo ha tenido en la fundación del sistema racista.

Es absurdo hablar de individualidades moralmente superiores si lo que realmente se busca es un cambio radical que haga posible abarcar a todas las especies del planeta. Nuevamente, es necesario centrarse en una ética animal y reconocer el propio lugar de enunciación como un lugar no exento de privilegios, así como las inercias sociales que lo contextualizan.

 Inercias sociales

¿Por qué dentro del movimiento para la liberación animal los personajes más destacados son hombres cis heterosexuales funcionales blancos, cuando son mujeres mayoritariamente las que lo integran? Al menos así lo demuestra un estudio realizado en el Estado español por Estela Díaz Carmona en 2012, donde las mujeres constituimos un 71% (el estudio no realiza una distinción entre mujeres cis o mujeres trans u otras identidades sexuales femeninas o socialmente feminizadas).

Emily Gaarder, investigadora estadounidense, en Women and the Animal Rights Movement  (Las mujeres y el movimiento por los derechos de los animales), concluye que las mujeres prevalecen frente a los hombres en el ambiente activista. Una vez centradas en los ámbitos académicos, Siobhan O’Sullivan, Yvette Watt y Fiona Probyn-Rapsey puntualizan cómo la mayoría de los estudios sobre animales son realizados por mujeres y, sin embargo, proporcionalmente, la cifra de mujeres invitadas a participar en conferencias sobre esos temas es mucho menor.

En otras esferas, como la acción directa, en los inicios del Frente de Liberación Animal en Inglaterra, antes de que se expandiera y surgieran infinidad de grupos alrededor del mundo, “las mujeres superan en número a los hombres (…) Varias acciones fueron realizadas solamente por mujeres, pero nunca se difundieron así (…) En los ochenta, los medios de comunicación y la policía eran bastantes sexistas. Y no podían entender que hubiera una mujer detrás de la máscara”, revelaría Angie Hamp en una de las entrevistas que constituyen el libro Contra todo pronóstico, publicado por ochodoscuatro ediciones.

Ante la aplastante evidencia de cómo el machismo permea el movimiento para la liberación animal, contestar la pregunta anterior es otro punto a considerar al momento de hacer activismo: transgredir estas inercias estructurales, generar herramientas y estrategias de resistencia que nos permitan dejar de perpetuar una matriz de opresión, donde es el especismo el que legitima la dominación de los cuerpos históricamente animalizados, como es el caso de las personas racializadas, de las indígenas, de las mujeres, de las personas trans, de los que tienen diversidad funcional o no son neurotípicos, de las gordas, de las maricas, etc. 

El antiespecismo implica un cambio en cómo nos relacionamos con los demás animales y, a su vez, toca la raíz de todas las opresiones. Nos abre la maravillosa posibilidad de replantearnos las categorizaciones de subordinación que hacemos sobre otras colectividades humanas.

Tomando las palabras de La fuerza de lo colectivo, publicado también por ochodoscuatro ediciones: “Hemos tomado una decisión, implicarnos con la realidad que nos rodea. La explotación animal está en todas partes. En todas partes debe ser combatida. Pondremos nuestra parte para que así sea. Y en ese proceso habrá encuentros y desencuentros. Victorias y derrotas. Momentos de frenesí y momentos para recuperarnos. Y ojalá en cada momento seamos capaces de hacerlo lo mejor que podamos. Porque merece la pena”

En el activismo por la liberación animal el sujeto político son los animales no humanos; sin embargo, es el animal humano el que construye un movimiento que les libere de la sádica opresión a la que históricamente les hemos sometido.

Somos nosotras, las desertoras de la humanidad, las que realizamos un activismo que sensibilice a nuestras comunidades, y a la sociedad en general, sobre el especismo, sus formas de dominación, su multiplicidad de manifestaciones, tanto en la industria alimentaria como en la vestimenta, en los laboratorios de vivisección, en los zoos y circos; incluso, la violencia material o simbólica en la representación de lo animal en todas las artes y la cultura.