Sobre este blog

El caballo de Nietzsche es el espacio en eldiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano y Concha López.

Las imprescindibles casas de acogida

Boris, Nina y Nico fueron rescatados con pocas semanas de vida y hoy crecen felices

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La infatigable búsqueda de adoptantes por parte de quienes rescatamos animales abandonados y maltratados es una realidad que empieza a ser conocida por quienes, sin estar en primera línea de esa labor de rescate, están al menos familiarizados con la realidad de esos cientos de miles de animales en nuestra sociedad. La necesidad de dar una segunda oportunidad a perros, gatos, conejos y otros pequeños animales es cada vez más compartida por más personas que ya son conscientes de que, con la tasa de abandonos que sufre España, seguir criando, a veces importando, y comprando vidas no es una opción cuando queremos ampliar la familia. Sin embargo, una necesidad igual de acuciante sigue siendo aún muy desconocida: la de las casas de acogida.

Rescatar a un animal roto, con heridas físicas o emocionales, muchas veces ambas, requiere un paso intermedio antes de poder darlo en adopción, que casi siempre resulta imprescindible, incluso para los refugios y protectoras con más recursos, ya no digamos para las más pequeñas, que son la mayoría, esas asociaciones formadas por dos o tres amigas, vecinas (lo pongo en femenino porque la realidad es que la inmensa mayoría somos mujeres) que carecen de albergue y que hacen auténticos malabares con su tiempo, su dinero y su propia familia para salvar vidas.

En la mayor parte de las ocasiones, esos animales requieren una evaluación veterinaria, una cuarentena, tratamientos no solo para reparar su salud física, sino sobre todo para recomponer su alma. Necesitan perder el miedo, volver a confiar en los humanos antes de poder convivir con una familia. Incluso sin tener ningún problema, necesitamos conocer el carácter y las necesidades de ese animal para asegurarnos de que encajará con su adoptante. Y eso solo es posible en una casa de acogida.

Los ejemplos son innumerables. Para empezar, la prudencia aconseja que ningún animal rescatado de la calle entre en contacto con otros de su misma especie antes de pasar una cuarentena y comprobar su estado de salud. Unos simples parásitos o unos hongos sin ser algo grave pueden complicar mucho la vida a otros rescatados. Los albergues y refugios tienen siempre una zona dedicada a esa cuarentena, pero ¿qué hacemos las que no tenemos albergue? Cuando empezamos en esta tarea de rescatar animales es relativamente sencillo, ya que, al no tener otros, o tener solo uno o dos, podemos adecuar un espacio de nuestra casa para hacer esa cuarentena. Llevamos al animal al veterinario, estabilizamos su salud, le hacemos los test correspondientes, vacunamos, esterilizamos… y si todo está bien, ese animal encontrará una nueva familia y nosotras volveremos a empezar el procedimiento con el siguiente rescatado.

El problema es que cuando llevas solo unos meses en esta aventura ya no queda hueco en casa para hacer esa cuarentena en buenas condiciones. Porque algunos de los animales que has rescatado no han encontrado esa familia adoptiva. No eran cachorros; o lo eran, pero crecieron demasiado rápido y ya no eran tan monos. O eran adultos y nadie preguntó siquiera por ellos. O tenían un problema de salud y darlos en adopción era más difícil que obtener el premio gordo de la Lotería. Y se quedaron en casa. En casas que, normalmente, son pequeñas, porque no sé muy bien por qué la mayor parte de las personas que nos dedicamos a esto vivimos en condiciones bastante modestas.

Cuando sacas a un animal de la calle sabes que te estás haciendo responsable de ese animal pase lo que pase. Sea adoptable o no. Y pasa lo que pasa: que te quedas sin sitio. Y entonces, la única manera de poder seguir salvando vidas es recurriendo a casas de acogida. Solo quienes hemos llegado a meter animales rescatados en un baño en el que nadie más podía entrar, quienes hemos conocido a un animal que necesitaba urgentemente ser rescatado, pero al que no había dónde meter, sabemos lo necesarias que son las casas de acogida.

Lo son, incluso, para las asociaciones que sí tienen refugio, pero que no tienen recursos para vigilar permanentemente a un animal cuyo estado de salud es delicado, al que hay que medicar varias veces al día, o al que tiene problemas de comportamiento que solo se pueden solucionar con cierta experiencia y dedicación. Lo son, en definitiva, porque incluso esas asociaciones suelen estar desbordadas y siguen apareciendo más animales necesitados de ayuda que los que salen adoptados.

Solo nosotras sabemos también la generosidad que caracteriza a las casas de acogida. Lo difícil que a veces resulta serlo, y lo gratificante que siempre acaba siendo. Quienes convivimos con animales sabemos lo difícil que resulta acoger a un animal rescatado, a veces maltrecho, ver cómo sale adelante, cómo se recompone en todos los sentidos, para luego dejarle ir. Pero también sabemos lo gratificante que resulta saber que, gracias a ese paso por nuestro hogar, a esos mimos, a esos cuidados, ese animal tuvo una segunda oportunidad de ser feliz.

A veces las casas de acogida hacen ese esfuerzo porque son conscientes de esa realidad y quieren ser útiles aprovechando que no tienen otros animales, o que aun teniéndolos tienen espacio en casa para poder hacer esas cuarentenas o para que otros animales puedan sumarse a la familia temporalmente. Pero otras veces ser casa de acogida es lo que mejor se adapta a su forma de vida, porque no pueden comprometerse con un animal durante toda su vida, porque viajan con frecuencia y solo pueden hacerse cargo del animal durante periodos determinados de tiempo, o porque su situación económica no les permite asumir una adopción de un animal que puede vivir muchos años. En esos casos, la acogida puede ser la solución ideal.

Hay tantas acogidas como situaciones personales: estancias de urgencia de solo unos días para poder sacar a un animal de la calle hasta que se habilita otra solución; cuarentenas de tres o cuatro semanas que se pueden hacer incluso en una habitación si en la casa viven otros animales de la misma especie; acogidas temporales después de esas cuarentenas en las que el animal puede convivir con otros y se va socializando mientras encontramos a su familia definitiva; acogidas indefinidas para animales adultos o enfermos que difícilmente podrán encontrar una adopción pero que también merecen un hogar. Y en todos esos casos, generalmente quien rescató al animal se hace cargo de él, pudiendo acordar cómo se afrontan los gastos y cómo se organiza la logística de veterinarios y demás, de forma que la carga económica para la acogida es menor que en el caso de una adopción.

Las casas de acogida escasean, pero son un eslabón imprescindible en la cadena que hace posible dar una nueva oportunidad a esos animales. Tan imprescindibles como las personas que los sacan de la calle y las que después los adoptan. Sin ellas no podemos seguir rescatando, no podemos seguir salvando vidas. Por ello, a todas las casas de acogida, GRACIAS.

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El caballo de Nietzsche es el espacio en eldiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano y Concha López.

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Publicado el
16 de octubre de 2020 - 22:42 h

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