La violencia normalizada, lápices en vez de banderillas
La violencia impartida sienta cátedra. Como cualquier otro hábito, la agresividad se incorpora a través de la normalización, y se perfecciona mientras se la encubre con eufemismos. Vamos a desmontar estos mecanismos.
La brutalidad, epidemia social y filón de opulencia: las corridas mueven mucho más dinero que pasiones. Quinientos millones de euros anuales de las arcas públicas, incluidas las ayudas PAC procedentes de Europa, van destinados a la ganadería de dehesa, a la Fundación Toro de Lidia, a escuelas taurinas sin alumnos y a otros espectáculos tan vergonzosos y rancios como despiadados, donde se toman las calles, encumbrando a nuestro país a nivel internacional en el cénit de la barbarie más anacrónica. Este es uno de los motivos principales por el que los defensores de la tauromaquia se ponen nerviosos cuando se cuestiona la conveniencia de que los menores asistan al horror de la tortura instrumentalizada y se plantea su prohibición, como recomiendan el Ministerio de Juventud e Infancia y la ONU.
Vítor José F. Rodrigues, doctor en psicología por la Facultad de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universidad de Lisboa, psicoterapeuta, escritor, conferenciante y formador, en un artículo publicado por CoPPA (Coordinadora de Profesionales para la Prevención de Abusos) asegura que exponer a los niños a la violencia tiene consecuencias funestas para su desarrollo cognitivo y emocional.
Al seguir los preceptos de sus educadores, los menores caen en una argucia bipolar, un ejercicio de dicotomía abocado a la atrofia moral, dado que se les ofrece como modelo de ejemplaridad a un hombre que es aclamado por aniquilar sin remordimientos a otro ser vivo, por etapas, una especie de héroe irracional al que los asistentes premian con mucho dinero y admiración. A éstos, sus educandos, les han dicho que eso, la matanza del toro, es arte y es buena, aunque de camino a casa les explicarán, quizá, que no está bien tirar piedras a las palomas, dar patadas a los gatos o abusar de otros niños en el colegio.
En ese momento, el niño, permeable a todo, recordará que en la plaza la violencia se aplaude, que no conlleva consecuencia punible alguna, que la ejecución se recompensa como una vía socialmente válida y aceptada para lograr un fin. “El fin justifica los medios”, escribió Napoleón en sus notas a pie de página sobre un ejemplar de El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo. La fórmula es nítida: virilidad, popularidad, éxito; todo bajo la falacia del presunto arte. ¿El modo? Tienes que partir en dos un corazón de cuatro kilos para arrancarle la vida a una criatura de 500 que no te ha proferido ofensa alguna. Tranquilo, no estarás solo; el toro sí. Nadie te llevará a juicio ni te pedirá explicaciones. Sin dilemas morales, sin autocrítica, sin señalamiento.
Incluso la Iglesia estará presente en el palco de autoridades para bendecir al matachín y poner a su dios a relamerse los labios contra la víctima ofrecida en hecatombe; licencia para matar. El toro y el caballo son bestias malvadas a las que es lícito maltratar hasta el ensañamiento para divertirnos a su costa, cortándoles además las orejas y el rabo. Es bueno ser violento. Las corridas hacen resurgir el instinto básico del goce por el dominio llevado a sus máximas consecuencias; hay que ovacionar las bocanadas y el reguero de sangre que los derrotados dejan sobre el albero, dibujando la bandera patria cuando son vencidos; “España y yo somos así, señora”, que diría Eduardo Marquina.
“La agresión a la Naturaleza está en el origen de una evidente amenaza contra la propia supervivencia de la especie humana”, asegura Vítor José F. Rodrigues, quien considera asimismo a este respecto que las corridas inyectan, como hemos visto, un recado funesto en los más pequeños, una lección de perpetuación de la insensibilidad como solución, una hostilidad que arrincona y desprecia otras vías de solución de conflictos. El sociólogo Marvin Wolfgang, en su Teoría de las subculturas, explica que “una subcultura es un sistema normativo de algún grupo o grupos más pequeños que la sociedad extendida”. Y sostiene que esas subculturas son especialmente favorables a la violencia, pues sus valores y definiciones le son propicios.
La violencia está en todas partes y los estímulos negativos entre los más pequeños derivan en más belicosidad durante la adolescencia. “La probabilidad de que se cometan crímenes violentos es un 74% mayor en jóvenes que fueron objeto de ella en casa o en su vecindario”, según se desprende de estudios desarrollados por Donald Kirkpatrick. ¿No estaremos dejando a los más pequeños la idea de que sólo los bárbaros, desde la fuerza bruta, pueden subsistir, y que la compasión, el perdón, la ternura y el amor son cualidades que debilitan y, por consiguiente, hay que excluirlas de nuestras cualidades?
Ver la sangría desde los medios de comunicación no atenúa el problema. Varias organizaciones, entre ellas la American Academy of Pediatrics, a lo largo de décadas, con más de mil estudios, han concluido que “el visionado de violencia televisiva está significativamente ligado al comportamiento agresivo y antisocial, sobre todo entre los espectadores más jóvenes”.
Podemos traer a la memoria la cantidad de niños y niñas que perdieron la vida en un juego incomprendido, emulando a sus héroes de ficción. Pero valga como ejemplo paradigmático el estudio de la cadena CNN, que desvela que, tras la emisión de la serie 13 Reasons Why, la tasa de suicidios entre sus espectadores se disparó hasta un alarmante 28,9%. El crecimiento y la educación que se dan en ambientes sociales o familiares donde impera la violencia predisponen al sujeto a ejercerla y es un indicativo predictor de comportamientos delictivos y criminales, independientemente del cociente intelectual o el estatus social.
Desde la entrada en vigor de la ley antitabaco en 2006 se ha reducido a la mitad la tasa de fumadores en España, pasando del 33% al 16,6% en 2025. ¿Entendemos ya por qué se prohibió la venta de caramelos en forma de cigarrillos de chocolate a los niños?
En el mismo orden de cosas, Joel Lequesne, psicólogo clínico, en un artículo publicado por AnimaNaturalis, desglosa en cuatro puntos la inconveniencia de llevar a los menores a ceremonias donde se hace apología de la crueldad:
- Los efectos traumáticos: En ocasiones soterrado por el miedo del niño y la niña a cuestionar la autoridad paterna surge el trauma en forma de conflicto de lealtad, al no poder mostrar compasión por el animal. Esta situación acarrearía una pérdida de confianza hacia los progenirores, viéndose obligados a ocultar sus sentimientos, a la vez que se hace cómplices de la barbarie protegiendo la posición de éstos frente a enfoques opuestos.
- La debilitación del sentido moral: Al niño o la niña se le presenta la agresividad como algo censurable en general. Pero, paradójicamente, la violencia del espectáculo de los toros es otra cosa, y se la considera positiva. El niño o la niña descubren así que, al no tomar como propia la defensa del más débil, la justicia humana no es universal, y que esta se muestra particular y extremadamente injusta contra los otros animales. En su formación quedarán grabadas sugerencias inapelables: aprobar abiertamente el castigo injustificado de un inocente, no mostrar piedad y el derecho a hacer sufrir a algunos seres alegando que se hace por arte, tradición o cultura. La corrida de toros está por encima de las leyes y prescinde de la razón.
- Una perturbación del sentido de los valores: Considerando que niños y niñas comprenden a muy temprana edad que el dolor es malo y los arrumacos son buenos, entenderán de igual modo que causar angustia a un animal, (y lo saben porque lo ven desangrarse y lo escuchan quejarse), aunque sea en un ambiente “festivo”, está mal. Viendo que hay un tipo de tortura permitida, el niño va a descubrir la fuente autorizada de una satisfacción sádica que creía justamente prohibida; y probablemente la va a explorar.
- El costumbrismo o la incitación a la violencia: Los espectáculos de violencia estimulan el escarnio y arrastran otros fenómenos como la insensibilización, que acabará creando un hábito hacia los sacrificios, ya sean novatadas o humillaciones, como filmar la agresión física con la ayuda de un teléfono móvil, desde la simple vejación al abuso sexual, etc. Por si no fuese poco, otro de los mensajes dañinos que se envían de manera subjetiva a los menores, en pleno desarrollo cognitivo, es que “los toreros ponen su vida en peligro en el ruedo”. ¿Este desprecio por la vida es la embajada que queremos trasladar a quienes ya de por sí cuestionan su lugar en el mundo mientras se ubican en él? La toma de riesgos constituye hoy en día el problema de muchos adolescentes en forma de complejos físicos impuestos por una imagen tan idílica como falsa, retos de iniciación, droga como aglutinante grupal, etc.
Dado que para este artículo hemos abordado los campos de la educación, la ética y la psicología, no queríamos pasar por alto el aspecto legal, una legislación sobre bienestar animal que en España es tibia e ineficaz, una tomadura de pelo que no convence a nadie, que deja desatendidos a los animales que más lo necesitan (perros de caza, toros, zorros, lobos, palomas, cotorras, etc.). Por ello traemos a colación el paradigmático ejmeplo del FBI, que depende del Departamento de Justicia de Estados Unidos y que ha clasificado la crueldad hacia los animales como un delito grave, equiparándolo al nivel de crímenes violentos como los incendios provocados, el abuso intencional o el homicidio.
Desde 2016 y reforzado en los siguientes años, esta agencia de investigación criminal viene realizando un registro en su base de datos nacional, para el ‘Sistema Uniforme de Informes del Crimen’ (UCR), un seguimiento detallado de personas que han cometido o cometen actos desalmados contra animales, para identificar, prevenir y rastrear patrones de violencia. La agencia entiende que la brutalidad hacia los animales precede y acompaña delitos violentos contra humanos, y relaciona esta perversión de maltrato animal de modo directo con comportamientos antisociales en un vínculo indisoluble.
Pese a lo que diga algún pseudointelectual, quizá arropado por lobbies taurinos o puede que sencillamente aquejado de “cuñadismo” de sobremesa, llevar a los niños a los toros no les hace mejores personas, del mismo modo que dejarles sin tutela ante las redes sociales no les hace más reflexivos ni agudiza su pensamiento crítico, ni darles coñac en ayunas fortalece su aparato digestivo, así como exponerlos a la pornografía no les hará mejores amantes ni les ayudará a incubar actitudes de respeto por el sexo contrario o el consentimiento ajeno.
Mejor que arrastrar a los pequeños a distracciones tóxicas revestidas de padecimiento y sangre, es acompañarlos a bibliotecas, llevarlos a salas de conciertos, a museos o aulas de naturaleza. Y ya puestos a hacer lo mejor con los pequeños, de manera responsable, decididos a estimularlos en vez de sobreprotegerlos, comprometidos a instruirlos en vez de adoctrinarlos, ¿por qué no nos echamos al suelo a jugar con ellos en vez de dejar que los eduque un teléfono móvil o un bufón? Estamos convencidos de que eso marcaría la diferencia entre el futuro déspota, pendenciero, autoritario, y un ser humano conciliador, cariñoso y sociable.
Y si lo que pretende el mal educador es inculcar a sus vástagos un espíritu competitivo, incluso de corte marcial, invítenlos a practicar algún deporte donde las reglas sean las mismas para todos los contendientes, aceptadas por ambas partes, no entre enemigos, sino entre rivales que se respeten, donde no haya vencidos que acaben arrastrados por dos mulas al finalizar el partido. Tomemos a 'la manada' de los sanfermines de 2016 como alegoría. ¿Qué es en realidad una violación grupal sino la recreación extrapolada del rito patriarcal de la violencia contra la voluntad de una víctima indefensa?.
Podemos concluir que posee derecho a la vida digna todo ser dotado de un cerebro que le ofrezca la capacidad de discernir entre una opción que le beneficie y otra que le perjudique, y un sistema nervioso que le dote de placer o dolor a través de factores intrínsecos o externos; posee derechos, le sean reconocidos o no. El toro, analizado fríamente, es la diana hacia donde una sociedad ofendida por potencias superiores encauza y se resarce de su propia derrota.
El toro, aunque no se den cuenta quienes lo sitúan en el centro del ruedo, o sí, es el blanco de una determinada parroquia asolada por su propia cotidianidad, por frustraciones profesionales, humillaciones laborales, quizá por limitaciones culturales, un clan que se venga del toro porque su rabia no admite un sentido vertical ante los problemas que le caen del cielo, y se desquita descargando toda su ira horizontalmente en quien tiene a mano tras asegurar un golpe sin réplica, no contra quien desea, sino hacia quien puede, de manera mezquina, como el matón de discoteca que ordena a sus colegas que le sujeten al tipo al que quiere partirle la boca. ¿O creemos que Manolo, el mismo que no puede permitirse una entrada en el tendido de sombra, iba a proceder con su jefe de sección como exige que el toreador trate al toro?
Si fuesen capaces de ver en la mirada del toro que su angustia no es distinta de la suya propia cuando el tirano pisa su orgullo, en vez de salivar ante su dolor, verían que no hay nada heroico en acabar con una criatura tan noble cuya única posesión es la vida.
“Herido está de muerte / el pueblo que con sangre / se divierte”. Juan Ramón Jiménez