El accidente del avión del Málaga

Imagen del homenaje al Málaga antes del partido ante el Tenerife en el Heliodoro.

ACAN

Santa Cruz de Tenerife —

Por la lluvia, por la súbita aparición de la niebla, por una epidemia de gripe, por culpa de la nieve… y hasta por recurrentes lesiones arbitrales. En los años cincuenta se aplazaban muchos partidos en la liga española por los más variopintos motivos. El Tenerife-Málaga previsto para el 30 de septiembre de 1956 en el Heliodoro fue especial: se aplazó por el accidente aéreo que sufrió la expedición del conjunto andaluz cuando llegaba a la Isla. El piloto del DC-3 que transportaba al equipo malaguista tuvo que hacer un aterrizaje forzoso cuando ya casi tocaba la pista del aeropuerto de Los Rodeos. El artefacto acabó en Los Baldíos y quedó totalmente destrozado al incendiarse después de estrellarse contra un edificio. No hubo que lamentar desgracias personales entre los viajeros, pero sí se produjo una víctima: una señora que se encontraba haciendo calceta en la puerta de su domicilio, lugar al que fue a chocar el avión.

Los jugadores del Málaga acabaron magullados y golpeados, pero sin lesiones graves. Eso sí, sufrieron el lógico 'shock', lo que aconsejó aplazar el partido dos días. “Parece mentira que hayamos podido escapar con vida”, dijo el preparador visitante, Manuel Echezarreta. Alojados en el hotel Anaga, los expedicionarios fueron objeto de todo tipo de atenciones y hasta el obispo de la diócesis nivariense, don Domingo Pérez Cáceres, les impartió su bendición. Luego, el martes, saltaron al Heliodoro en medio de una calurosa ovación de los espectadores, “que acudieron en gran número a pesar de tratarse de un día laborable”. El Málaga, que llegaba invicto a la cita, rindió muy por debajo de su nivel. Y exhibió una violencia que acabó por poner al público en su contra. Y todo ello ante la pasividad del árbitro, el madrileño Meco, condescendiente con los visitantes “por el sufrimiento que han padecido”, según explicaría.

A los veinte minutos, un disparo de Tomás, extremo blanquiazul, lo rechazó el portero visitante y Antonio, que seguía la jugada, abrió el marcador. En la segunda parte, pese a la lesión de Herrera, los blanquiazules, dirigidos por Diego Lozano, dominaron la contienda. Y cerraron el marcador (2-0) en el último minuto, cuando Antonio aprovechó un centro de Julito. Para entonces, el Málaga ya se había quedado con diez jugadores por expulsión de Carrillo. El defensa visitante noqueó a Óscar y, no satisfecho por haber sido advertido, insultó al árbitro. Como no se quería ir, lo sacó la Guardia Civil y le terminaron por caer tres partidos de sanción. En los minutos de prolongación el expulsado fue Borredá, quien luego jugaría muchos años en el Tenerife. Primero agredió a Tomás y, ya camino de los vestuarios, intercambió puñetazos con Rogelio Albertos, masajista local. Le cayeron cuatro partidos... mientras, curiosamente, al bueno de Rogelio le suspendieron durante cuatro meses.

Acabado el partido, casi toda la expedición visitante regresó a Málaga en avión. Dos jugadores prefirieron regresar en barco, vía Lisboa. Pero al equipo le costó recuperarse del trauma: estuvo trece jornadas sin ganar, en las que sumó siete empates y seis derrotas. 

(*) Capítulo del libro ‘El CD Tenerife en 366 historias. Relatos de un siglo’, del que son autores los periodistas Juan Galarza y Luis Padilla, publicado por AyB Editorial.

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