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Una crisis sin (un único) culpable

El Tenerife tiene un problema con el Heliodoro que se ha convertido ya en crisis y que lleva camino de arruinarle el curso. Queda mucho, es cierto, pero los nueve puntos perdidos ante Fuenlabrada, Oviedo y Extremadura no van a volver. Y nueve puntos, por ejemplo, es la distancia entre una temporada ilusionante y un curso discreto. O entre una permanencia solvente y una salvación agónica... o un descenso, palabra que nadie quiere escuchar pero que cuatro equipos van a pronunciar la próxima primavera.

Además, esta crisis como local que atraviesa el Tenerife 19-20 tiene algunos elementos que invitan a pensar que pueden llevar al equipo a un laberinto de difícil salida. Y una de las claves, más allá de su origen difuso y sus complicadas explicaciones, es que no tiene culpables. O al menos, un único culpable. Ni en el mundo real ni en el imaginario colectivo, tan propenso a señalar un responsable definido al que endosarle todos los males. Esta vez no hay nadie a quién señalar... y eso complica la resolución popular del problema.

Ausente un chivo expiatorio –o un chivo explicatorio, que también funcionaría esta expresión– al que echar a la hoguera para tranquilizar conciencias, el Tenerife 19-20 se encuentra con que pierde, pierde y vuelve a perder en el Heliodoro sin que existan razones contundentes para justificar los malos resultados. Esta vez no hay un Serrano al que culpar de confeccionar una mala plantilla ni un inepto en el banquillo que permita aventurar una mejora espectacular en cuanto se produzca su relevo en la dirección técnica.

Y más arriba o más abajo tampoco hay deficiencias de esas que se acepten de manera unánime como origen de la crisis. El Heliodoro sabe que el problema no está en el palco y los gritos de “Concepción dimisión” ya no atraviesan las fronteras del Frente Blanquiazul. Y al mirar al césped, más allá de tímidos silbidos a Naranjo, Nahuel o algún que otro futbolista, no puede decirse que haya un ambiente que imposibilite jugar bien como local. Todo lo contrario, pese a las derrotas, la afición sigue empujando.

Entonces, ¿dónde está el problema? Pues no lo sé. Y por una vez creo que el Heliodoro tiene razón a la hora de no buscar culpables y aceptar con relativa resignación la ausencia de buenos resultados. Y por ello no descartaría la opción de mirar en la cabeza de los jugadores (y también del entrenador), antes que en los pies. Y aunque el técnico se haya podido equivocar con las alineaciones, las sustituciones, las rotaciones y la gestión de los descansos... no lo ha hecho hasta el punto de bloquear a un equipo que quiere ganar antes de jugar.

Y ahí creo que nacen las dificultades blanquiazules para gestionar sus partidos en el Heliodoro, en querer ganarlos antes de jugarlos, en buscar el triunfo antes que el fútbol, en esa costumbre tan humana de desear tanto algo que pretendemos llegar a la meta sin recorrer el camino. Y luego, cuando el rival anota sin hacer gran cosa, porque al Tenerife un mínimo error le coloca con un resultado adverso, aplica ese axioma de la angustia que se ya es tópico y le lleva a “buscar el segundo gol antes de marcar el primero”.

Y tras tres derrotas seguidas en el Heliodoro, el Tenerife ya ha entrado en un bucle peligroso. Y se acepta como solución mágica para salir de la crisis “ganar un partido en casa”. Y es posible que sí, que “en cuanto ganemos un partido en casa, todo cambiará”. Vale, de acuerdo... pero convendría recordar que, para ganar, primero hay que jugar. Y hacer méritos para lograr la victoria. Porque si estamos esperando a que el triunfo caiga del cielo para que cambie la racha (algo que en un mundo tan caprichoso como el del fútbol puede pasar), mal vamos.

Este es el problema añadido de la actual crisis del Tenerife, que no tiene un responsable al que culpar de todos los males. No hay un Serrano (o un Cervera, un Concepción, un Oltra o un Coniglio) al que pedir que se vaya para poder dormir tranquilos y soñar con el paraíso. El tiempo nos demostraría que aquellas crisis con un culpable aceptado mayoritariamente tampoco tenían una solución sencilla, pero al menos nos permitían vivir la fantasía de tener la respuesta en la mano. Y podíamos dormir tranquilos y soñar con el paraíso.

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