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De mayor duración en La Palma, pero más frecuentes en Fuerteventura: así serán las olas de calor en Canarias, isla por isla

Fotografía de archivo de un termómetro callejero que marca 47 grados mientras un hombre se hidrata ante el calor extremo. EFE/Juan Carlos Caval

Toni Ferrera

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Después de un invierno húmedo y una nueva borrasca que ha dejado cuantiosas precipitaciones en Canarias, lo normal sería no pensar en el calor y sus consecuencias. Pero el clima es una ciencia de tendencias prolongadas. Y lo que dice la ciencia es que en un planeta cada vez más caliente por el uso de combustibles fósiles, las olas de calor en las Islas podrían ser más duraderas, más frecuentes y de mayor intensidad.

Un nuevo estudio de alta resolución publicado en la revista científica ‘Regional Environmental Change ha analizado isla por isla cómo evolucionarán estos eventos de altas temperaturas en cada escenario climático posible: optimista, en el que habría una reducción drástica y rápida de las emisiones de gases contaminantes para 2050; moderado, en el cual apenas habría rebajas hasta mediados de siglo; adverso, donde las emisiones se duplicarían para 2100; y pesimista, en el que no habría directamente políticas climáticas.

Los investigadores utilizaron como referencia el periodo entre 1981 y 2010 para hacer luego predicciones en tres horizontes temporales: corto plazo (2021-2050), medio plazo (2041-2070) y largo plazo (2071-2100). Recopilaron una enorme cantidad de variables climáticas (temperatura, precipitación, orografía, vegetación…) para predecir la frecuencia, duración, intensidad media y máxima de las olas de calor, que se dan cuando se registran temperaturas muy altas en al menos tres días seguidos. Y calcularon esas proyecciones en pequeñas cuadrículas de 100x100 metros, una resolución inédita en Canarias que ha permitido capturar con precisión la diversa realidad física de la región.

“En el Archipiélago hay una gran variedad de microclimas. Podemos estar en el Aeropuerto de Tenerife Norte con frío y que en el municipio de al lado ese clima se suavice. Eso se debe en gran parte a la orografía de las islas o a las influencias de corriente, como los vientos alisios, que son más frescos, más húmedos. Y prever por tanto cómo va a evolucionar el clima en un territorio u otro permite que desarrollemos soluciones o medidas que se adapten mejor a su realidad, evitando propuestas a gran escala”, explica Susana Clavijo-Núñez, una de las autoras del estudio e investigadora en el Departamento de Ingeniería Agraria y del Medio Natural de la Universidad de La Laguna (ULL).

Los resultados muestran que Canarias registró de media menos de una ola de calor al año entre 1981 y 2010. En el futuro habrá más sin ninguna duda. Pero todo variará según la isla y los escenarios climáticos. En el peor posible, las islas podrían acumular entre seis y siete episodios a finales de siglo, siendo Fuerteventura la más perjudicada con un promedio de 7,3 anuales. El Hierro sería donde menos crecería la frecuencia, con 6 en total (que también es altísima en comparación con el registro histórico). Si las emisiones de gases de efecto invernadero frenasen por completo en 2050, habría entre dos y tres olas de calor anuales. La diferencia es más que notoria.

La duración de estos eventos de altas temperaturas suele variar desde los 4,4 días en Fuerteventura hasta los 5,5 en La Palma. Sin embargo, la crisis climática podría llevarlos a ser mucho más duraderos. En la Isla Bonita alcanzarían las 11,4 jornadas de media entre 2071 y 2100, es decir, el doble que ahora. En Gran Canaria llegarían a ser de 8,7 días. En Tenerife, de 9,1. Eso si el cambio climático avanza a un ritmo desbocado. Si no, si pasa todo lo contrario, apenas habría cambios. Olas de calor de 5,1 jornadas en La Gomera o de 5,6 en Lanzarote.

La publicación también señala que la intensidad media de estos fenómenos cambiará muy poco con el paso del tiempo. Pero sí habrá posibles incrementos en la temperatura máxima de cada uno de ellos. Analizando otra vez el horizonte temporal a largo plazo, El Hierro, que ya registra picos máximos de 35,7 grados de temperatura en una ola de calor, podría alcanzar los 37,1. Gran Canaria pasaría de 34,5 grados a 35,9 y Fuerteventura de 33 grados a 34,3. Eso si nos adentramos en el futuro climático más pesimista de todos. De lo contrario, podría haber hasta descensos en La Gomera, que iría de los 35 grados actuales hasta los 34,6. O en Tenerife, de 33,6 grados a 33,4.

Clavijo-Núñez detalla que las islas orientales, al presentar un relieve menos abrupto y estar más cerca de África, son “más susceptibles” al aire cálido sahariano y “a un proceso que puede intensificar frecuencias de eventos extremos”. No obstante, en relación con la intensidad máxima, es en las islas occidentales donde se ven crecimientos “más acusados”. Agrega la investigadora que “hay muchos factores que podrían explicar” esa diferencia, pero que uno de los más importantes es la orografía. La Palma, La Gomera, Tenerife y El Hierro son territorios con un relieve que “interacciona con factores atmosféricos” como la inversión térmica, que “puede intensificar los aumentos de temperatura”.

La diferencia entre una realidad para finales de siglo en Fuerteventura, por ejemplo, con siete olas de calor al año, cada una de ellas de siete días de duración. O una con apenas tres, de cinco jornadas por evento (ambos escenarios plausibles en la isla majorera), puede marcar una gran diferencia en múltiples ámbitos: la salud pública, la economía o la agricultura, enfatiza la investigación. Nuestras viviendas tampoco están preparadas para algo así, remarca Clavijo-Núñez.

“Muchas de nuestras casas se construyeron antes de la entrada en vigor de la primera normativa de edificación, que incluía cuestiones de ahorro y eficiencia. Tenemos que entender que esas viviendas no tienen medidas adaptativas al cambio climático. Si empezamos a soportar un número considerablemente superior de olas de calor, eso va a tener un impacto grave sobre nuestra salud, sobre nuestro desarrollo”, reflexiona la también doctora por la Universidad de Sevilla (US).

Archivo - Obreros en una construcción durante una ola de calor

El incremento de las olas de calor también “puede poner en peligro” la supervivencia de especies endémicas en el Archipiélago, generando un enorme estrés para ecosistemas sensibles y elevando el peligro de incendios forestales al combinar el calor con la sequedad de la vegetación. El estudio menciona asimismo los impactos en el motor económico canario, el turismo, por la reducción del confort térmico. Y la rebaja de los rendimientos agrícolas en unas islas “propensas a la sequía o con acceso limitado al riego”.

Solo el año pasado murieron 140 personas por el calor en Canarias, el valor más alto de la serie histórica, según el sistema de monitorización de la mortalidad diaria (MoMo) del Centro Nacional de Epidemiología del Instituto de Salud Carlos III de Madrid, una estimación de referencia en España elaborada con modelos estadísticos a partir del exceso de muertes cuando se disparan los termómetros. El estudio en el que ha participado Clavijo-Núñez sirve para huir de las recetas globales y desplegar cirugía local en cada isla con el fin de que ese número deje de crecer.

“La adaptación climática está muy relacionada con las soluciones basadas en la naturaleza. ¿Ejemplos de ello? La restauración de humedales, los sistemas de drenaje urbano, las prácticas de conservación del suelo… También necesitamos una planificación urbana sensible a los impactos para priorizar zonas que necesitan más vegetación o refugios climáticos. Y todas esas predicciones son vitales para avanzar en una gestión del recurso hídrico sostenible y eficiente. Nuestro contexto insular hace que salvaguardar ese recurso sea realmente una prioridad y para eso tenemos que conocer cómo va a evolucionar el clima”, remacha la experta.

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