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De los inútiles que bajaron del árbol

Pongámonos en una situación. Dibujamos en el suelo un círculo y luego le añadimos un rabito, algo así como un semicírculo que sale de uno de los lados. Colocamos a una persona en el lado del círculo y a otra en el lado del rabito. Una dirá que es un 6, y otra dirá que es un 9. Ninguno está equivocado. Ambas están en lo cierto. Las posibilidades nacen de la misma representación, amparadas en la visión, la perspectiva, la situación puntual o perecedera, o el conocimiento y la experiencia de cada uno.   Y sin embargo, imperará el 6 o el 9 en los libros o en los relatos a lo largo de las semanas y meses y años y siglos de esa situación representada, en función de cada uno de los individuos, es decir, dependerá de los múltiples factores que atañen a esas dos personas, porque ninguna, en ningún caso, relatará que en función de la perspectiva puede ser una u otra, sino que, dependiendo de la congregación de fieles que posea uno u otro, y de los recursos políticos, económicos y sociales que manejen, quedará más impregnada a lo largo de las generaciones lo representado en el suelo en ese puntual momento, como única verdad.

La teoría más reiterada y longeva sobre ‘El Hombre’ es que evolucionó a su antepasado el mono. En mi caso, con los años, me he decantado por otra perspectiva, leída hace años, y releída hace poco: miembros inútiles de las manadas de esa primitiva especie, los monos, se bajaron de los árboles, pues no eran tan rápidos ni tan fuertes, o a lo mejor incluso, fueron expulsados al presentar cierta aberración a los demás, por la nulidad y debilidad que producían, y estos, ya en el suelo, comenzaron a hacer lo fácil, es decir, caminar, luego comenzaron a pulir y elaborar herramientas que les ayudaran en todo, debido a su inutilidad, la cual fue en aumento en base a esa esclavitud y necesidad a la que quedaban sometidos por dichos útiles, y a esto le denominaron progreso o evolución. Una manera aberrante de despreciar a las demás especies.

La debilidad de todo individuo o sistema se proyecta en intentar gobernar todo a su alrededor, en marcarle sus pautas, manipular su conocimiento, profetizar y elaborar sus mañanas, anestesiar la imaginación, prohibir la reflexión y el pensamiento. Y a eso han dedicado el tiempo muchos miembros, poco a poco, a lo largo de las sucesivas generaciones de esos primates bajados de los árboles hasta llegar a este presente: conquistar todo a su alrededor, ser carroñeros insalvables e incontrolados de todo, no dejar nada a su alrededor que no pudiera manejar o controlar, devorarlo todo, incluso a su semejante cuando la situación lo sostenía, o era insalvable.

Y lamentablemente, en eso estamos y continuamos actualmente, aunque parezca que no, con otros colores y otros paisajes, corriendo de aquí para allá, en este endiablado y supurante tablero económico, despedazando toda posibilidad de mejora, mientras al amparo de una mesa y un familia, los telediarios nos muestran, en ese inacabado rosario de noticias que, a lo más seguro, algún Dios durante este trayecto nefasto de la especie humana, decidió, como castigo, que inundaría el mundo con una cantidad innumerable de impresentables, de idiotas, de dictadores bajo cortinas demócratas, de egoístas, de envidiosos, de corruptos, de violadores de los derechos, de manipuladores de la información, y de tantos otros, para que todos los días, los demás nos encontremos con alguno, escuchemos a alguno, nos gobierne alguno, y recordemos una vez más, que seguimos sobreviviendo, que seguimos siendo los inútiles que bajaron del árbol, y que nadie hará nada por nosotros que no hagamos nosotros mismos.

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