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Aguere y los límites del crecimiento

Juan Jesús Bermúdez / Juan Jesús Bermúdez

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Si volcamos la mirada de la fototeca sobre el tinerfeño municipio de La Laguna, nuestro recorrido histórico también adquiere ese carácter de frenético. En el año 1965, coincidiendo con el comienzo de los registros fotográficos aéreos, San Cristóbal de La Laguna tenía aproximadamente unos 50.000 habitantes, y hoy el padrón local registra 148.000 habitantes; esto es, se ha incrementado en casi un 300% en medio siglo, una evolución muy superior al también exponencial crecimiento de la población mundial, que en ese periodo se duplicó.

Este ritmo incesante ha dejado una indeleble huella en el escaso territorio municipal, con el agravante de que nuestras sociedades hiperdesarrolladas requieren de una importante ocupación de nuevo suelo con el que dar satisfacción al transporte motorizado individual predominante, así como al de la vivienda de familia nuclear segregada, que además precisa de una cantidad sustancial de espacio mayor que la de pretéritas generaciones para instalar sus enseres. Por último, el hecho de que la ocupación de la población haya pasado de ser la agropecuaria a la del sector servicios, y en la medida en que los alimentos en su inmensa mayoría son importados, la otrora vocación normal del suelo para cultivo se ha tornado en “espacio vacante” susceptible de ser “ordenado”, en palabras de los redactores del Documento de Avance del Plan General de Ordenación. No es nada nuevo que veamos como algo residual, “vacante” y sin función alguna que no sea la de ser construido, el suelo que otrora usara la inmediata generación anterior para alimentarse. Es simplemente triste.

Debemos reconocer también el buen hacer de los redactores del Avance del Plan General de La Laguna que, en un meritorio afán de pedagogía urbanizadora, nos muestran los límites del crecimiento. Y podemos hablar de límites porque el Avance, como ocurre con documentos de otros municipios, en su afán, llega hasta los mismos bordes montañosos locales, pero mostrándonos las posibles “alternativas”: desde la llamada opción cero, a la que muchos calificarían peyorativamente como de estancamiento e inclusive de “ir contra el desarrollo”, hasta la colmatación de huecos, cuya lógica al parecer no puede ser otra que la de “integrarlos” a través de su conversión en suelo edificable.

Está por ver que la paralización del sector de la construcción realmente frene los planes que permitan seguir urbanizando el territorio municipal. Tenemos como factores importantes a favor de la alternativa de la “ocupación total”, la poderosa inercia demográfica; la especialización productiva precisamente en edificar, con Plan o sin plan, las parcelas “vacantes”; o las promesas de que, de forma paralela al rescate bancario, deberá venir la buscada activación económica y, con ella, la de la ya casi natural tendencia que hemos adquirido en las últimas décadas de sellar el suelo. No está de más decir que todo esto pasa factura, y que el tamaño del “debe” es considerable, después de tanto “haber” contribuido a acelerar las inercias de los tiempos, que nos acercan de forma veloz a intentar superar esos límites que de forma tan educada queremos ordenar.

Juan Jesús Bermúdez

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