En el centenario de Pasolini

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No solo por cumplirse 100 años del nacimiento de Pier Paolo Pasolini merece que volvamos una y otra vez sobre la creación y la acción civil de este artista inconmensurable, uno de los mayores escritores y cineastas europeos del siglo XX y heredero multifacético de los grandes humanistas del pasado. El transcurrir del tiempo no hace más que engrandecer una trayectoria vital y artística conmovedora y excepcional. ¿Qué tiene que decirnos Pasolini, nacido un 5 de marzo de 1922, a las generaciones que somos y seremos? Lo primero que nos dirá es que “la muerte no está en el no poder ya comunicar, sino en el no poder ser comprendido”. Siendo así, Pasolini, esa voz que sigue interpelándonos mientras vuelven a sonar los cañones en Europa, como si no pudiéramos escapar de aquellos círculos dantescos que aparecen en su obra, continúa hoy tan vivo como siempre.

“Cuando esté muerto, ¿qué importará mi vida privada?”, escribió una vez. Pasolini quiso que se le recordara por su obra artística, especialmente por sus libros, pero también podemos celebrar su inquebrantable compromiso civil, expresado por aquellos años turbulentos en su permanente relación con multitud de colectivos sociales de izquierda, además de incesantes colaboraciones con la prensa italiana, prolongadas hasta el momento mismo de su muerte. A principios de los años sesenta, en medio de un proceso acelerado de implantación de la sociedad de consumo en toda Europa, Pasolini es el crítico más feroz del “falso progreso” que viene de la mano del desarrollismo capitalista imperante. Abril de 1945, la derrota del fascismo, había supuesto para el poeta la apertura de un tiempo luminoso en el que la humanidad superviviente aspiraba a algo mejor que aquel sistema económico y político de explotación, que había generado un horror como el que entonces parecía que terminaba. Ser testigo de la lucha de los campesinos friulanos contra los amos terratenientes (un mundo que retrató en la película Novecento su amigo Bertolucci) lo llevó a apoyar activamente al Partido Comunista Italiano, la formación comunista más grande y potente de Europa occidental, una adhesión hacia lo que él consideraba “la otra Italia”, limpia y honesta en medio de un país que, dirigido por la Democracia Cristiana y su contubernio con la OTAN, se había vuelto turbio y miserable. Tal apoyo político al proyecto comunista se mantuvo férreo hasta el final, pese a que hoy se quiera rebajar ese perfil, apelando a los matices y críticas que una conciencia lúcida no podía dejar de plantear. En junio de 1975, meses antes de morir, pedía en l'Unitá el voto para el PCI y se dirigía así a los jóvenes: “Si no conociéramos a Marx, a Lenin, a Gramsci, viviríamos una vida sin forma”. Con clarividencia excepcional, observa y describe cómo el país que ama se degrada ante sus ojos. El consumismo, nos dice, nos hace peores personas porque la industria y sus amos producen esencialmente mierda. El consumidor es un siervo que cree estúpidamente que tiene derechos. Los productos industriales que nos ofrece el capitalismo son mierda. Los quesitos y las galletitas que venden en los supermercados para los niños son mierda. Las granjas industriales y sus productos derivados son mierda. El urbanismo de masas que destruye paisajes naturales y humanos trazados durante siglos es mierda y representa, junto con el conformismo social y la homologación cultural que van de la mano de medios como la televisión, un auténtico genocidio. ¿Qué habría pensado hoy Pasolini de una humanidad atemorizada y apática, que no levanta los ojos de la pantalla del móvil, “transhumanada y organizada”?

La Pasión según Mateo de Bach suena en la entrada de “Accattone”, su primera película, la historia trágica de un hijo de las barriadas romanas. Con esta obra, del año sesenta y uno, Pasolini pasó de ser un escritor prestigioso a encarnar una voz cada vez más escuchada en la escena artística e intelectual. Se inicia así una carrera meteórica que propiciará su reconocimiento internacional en pocos años. El artista Pasolini es hoy día una figura universal, un verdadero clásico del cine y las letras, “uno de los pocos de este siglo que contarán en el futuro”, como lo supo ver su amigo Alberto Moravia. En su faceta de cineasta, inicialmente adscrita al neorrealismo con metrajes como la mencionada “Accatone” o “Mamma Roma”, nos ha legado también las más genuinas representaciones de la antigüedad en películas como el “Evangelio según Mateo”, “Edipo Rey” o “Medea”, o maravillosas adaptaciones de clásicos de la literatura como “El Decamerón”, “Los cuentos de Canterbury” o “Las mil y una noches”. Por último, en la fabulación de su obra maestra final, Pasolini supo asestar, a través del lenguaje cinematográfico, un golpe simbólico devastador al Poder mayúsculo (en las figuras simbólicas del banquero, el obispo, el duque y el magistrado) con “Saló o las 120 jornadas de Sodoma”, un film de violencia insoportable, que quiso acompañar por la banda sonora ligera, despreocupada, inolvidable contrapunto del horror, del genial Morricone.

Mucho antes, Pasolini había demostrado su talento en el campo literario. La novela “Una vida violenta”, del año cincuenta y nueve, había obtenido el segundo puesto en el concurso del premio Strega, máximo galardón de las letras italianas (el primero se lo llevó ese añoEl Gatopardo”, de Lampedusa). A esta novela le había precedido otra, “Chicos de la vida”, recreación poética de las andanzas de unos jóvenes romanos de posguerra. También ambientadas en los días felices de mitad de los cuarenta, “El sueño de una cosa” o “Amado mío” son buena muestra de su universo narrativo. Y aunque Pasolini anunció alguna vez, polémicamente, que abandonaba la literatura en italiano para dedicarse únicamente a la “lengua internacional” del cine, lo cierto es que la muerte lo atrapó mientras redactaba la que según él iba a ser su obra maestra, la monstruosa novela “Petróleo”, en la que indagaba en las oscuras tramas del poder económico en Italia, y que quedó incompleta, envuelta en los misterios y conjeturas que rodearon su muerte. Pero es en la poesía donde nos encontramos a Pasolini en su estado más puro y originario: colecciones inolvidables como las iniciales “Poesías en Casarsa”, escritas en la lengua friulana de la madre; la exquisitez de los tercetos dantescos en “Las cenizas de Gramsci”, del año cincuenta y cinco; la autobiografía poetizada en “La religión de mi tiempo”, del sesenta y uno; la impronta de Rimbaud en “Poesía en forma de rosa”, del sesenta y tres; o, finalmente, la autodestrucción estética de “Transhumanar y organizar”, del setenta y uno, todos ellos títulos que permanecerán para siempre en la memoria literaria universal.

Hoy, cuando se cumplen 100 años de su nacimiento en Boloña, los medios mayoritarios celebran al Pasolini “contradictorio” intentando trocear sus múltiples facetas, dejando de lado cuanto de “incómodo” tiene todavía hoy el intelectual comprometido y tratan por contra de rescatar para el mercado al artista “vendible”, productor de exquisitos objetos culturales. Sin embargo no lo tienen fácil. Como nos dijera Walter Benjamin, “no hay documento de cultura que no lo sea también de barbarie”. Vean de nuevo “Saló”, “Pocilga” o “Teorema”. Pasolini no se deja consumir fácilmente ni deja tranquilo a nadie. El prestigio de su figura no necesita de ninguna campaña de marketing. Basta verlo reaparecer de tanto en tanto, como un eco perenne, en las páginas de importantes escritores actuales como Roberto Saviano o Elena Ferrante. Mientras en Europa vuelven a caer las bombas y la opinión pública es inundada por las soflamas bélicas y la propaganda que dice, por tierra, mar y aire, que la guerra se solucionará vetando directores de orquesta y delegaciones paralímpicas, exportando armas y redoblando presupuestos de defensa, la voz de Pasolini, clamando como “una fuerza del pasado”, nos recuerda que “la no-violencia es la actitud sentimental y persuasiva de quien está totalmente fuera de todo conformismo, de quien se ha liberado totalmente a través de los instrumentos de la razón y de la cultura”.

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