En el curso del desacierto
Las alternativas a la catástrofe siempre son más catástrofe. El lunes, empecinado en el masoquismo, acudí al hotel Ritz de Madrid con la intención de desayunar, primero, y escuchar, después, al presidente de la Generalitat de Valencia. El desayuno lo ofrece el Foro de la Nueva economía, o Nueva economía Foro, nunca lo sé muy bien, que dirige con acierto el veterano periodista José Luis Rodríguez y suelen patrocinar algunas aseguradoras sanitarias o así. En el Ritz, a pesar de la infausta reforma de hace unos años, el café con leche casi es café y la bollería resplandece por lo que podría llegar a ser, con lo cual el apetito es mayor porque el deseo nunca se sacia.
Así puestos, cuando estaba a punto de entrar, una voz leonesa y firme me dijo “¿No tienes otra cosa mejor que hacer?” Era, por supuesto, mi viejo amigo el ectoplasma de Durruti que desde 1936 sigue vagando por el hotel. “Vas a salir en la foto” apostilló. “¿En qué foto?, pero si yo no soy nadie” respondí. “Eres bulto, lo cual es incluso demasiado para apoyar las mentecateces y mentiras que aquí se van a decir esta mañana.” Dispuesto a no ser bulto ni nada, me fui por donde había venido y me alcé ante la estatua de Neptuno en busca de un autobús. Madrid tiene esas cosas: cuando reniegas, aparece un dios y te recuperas de cualquier cosa.
El abortado desayuno, al menos para mí, tuvo su aquel, su desarrollo en la semana que nos sigue inundando y el President valenciano camina de televisión en televisión, sin estar en ninguna de ellas, como un pollo mareado que no encuentra su matarife. El tal Núñez, el amigo de contrabandistas de tabaco -¡pobriños!- y de narcotraficantes sobrevenidos muy a pesar suya, está enfrascado en las reformas de un piso en Coruña y en los accesos a una playa en una ría baixa, no sé cuál, para su chalé: no tiene tiempo de atender cosas tan temporales como las del chico de Valencia que ya no sabe a dónde acudir para solicitar justicia primera y ajusticiamiento segundo. Convertido en una especie de paria de sí mismo, emborracha lo catódico y embrutece lo hertziano.
Aunque cuesta reconocerlo, Durruti siempre tiene razón, y así me salva de acontecimientos que no me convienen aunque me obligue a buscar aposentos de pago para desayunar y abrevar en condiciones. El citado lunes casi sobrecaigo en unas gambas al ajillo en una de esa tabernas del viejo Madrid apeladas el no qué del abuelo. Pero era muy temprano. Ello no me libró de unas papas bravas, dicen que las mejores del mundo, en un callejón del gato sin esperpentos: estaban todos desayunando en el Hotel Ritz, sin Durruti y sin mí. Benditos sean.
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