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Realidades alternativas
Y mientras tanto, a la gente le dicen que hay que apretarse el cinturón y capear la tormenta de la manera que pueda, evitando que el agua los arrastre hasta la oscuridad de las profundidades.
Al final, el guión siempre es el mismo, aunque algunos actores sean nuevos y otros asuman papeles más secundarios. Es igual que asistir a la misma representación de un sainete que, aun con sus momentos cómicos, se ha ido transformando en una tragedia con tintes esperpénticos y casi surrealistas.
Por ello, se me pasó por la cabeza no escribir la columna de esta semana, aunque al final encontré una disculpa como otra cualquiera. Una disculpa que tiene nombre y apellido, y cuya forma de entender de la vida me sorprendió, por muchas y variadas razones.
Y es que cada vez estamos menos acostumbrados a cruzarnos con personas dispuestas a renunciar a muchas cosas por lograr unas pocas. Vivimos en una época donde cada cual se agarra a su pequeña “tabla de salvación” y así resiste todo lo que le caiga encima. Como ya dije antes, es una manera de sobrevivir a los continuos temporales que azotan al gran y hostil océano en el que se ha convertido la vida cotidiana de las personas.
De ahí que al conocer a una persona que abandonó dicha tabla de salvación y se aventuró a nadar contra corriente, a la aventura y sin tener muy claro cuál sería su futuro, me sentí realmente sorprendido.
Es muy fácil decir que para lograr cosas hay que arriesgarse, pero saltar al vacío, sin red que te pueda soportar tras la caída, es un riesgo que pocos asumen. Y ni siquiera con la mencionada red, es tan sencillo hacerlo. Y en el caso de esta persona, una mujer para más señas, lo hizo sin red ni nada, sólo la convicción de que aquella era una opción tan válida como cualquier otra y, después del salto, la ganancia pudiera merecer la pena.
Como en toda aventura vital, hay luces y sombras, momentos buenos y malos, pero las experiencias ahí quedan.
Nada dura para siempre y puede que su aventura, después de aceptar trabajos que la mayoría de nosotros ni siquiera se plantearía, esté llegando a su fin. Puede que la soledad se haya divertido a costa de su afán de superación, llevándola hasta terrenos oscuros y faltos de toda esperanza. Puede que por su causa, el sacrificio haya sido demasiado para vivirlo sin tener a nadie a lado. O simplemente que llega un momento en el que te cansas de librar batallas que nunca acabarán por ganar la guerra, por mucho que te empeñes.
La solución a todo ello, pasa por cambiar de escenario, de antagonistas, de una guerra que ya no aporta nada sino desesperanza
Sin embargo la experiencia queda y ese legado es algo que nunca se olvida, sobre todo cuando se ha puesto tanto por parte de uno.
Se habla mucho del valor de la experiencia, de lo que enseña la vida y esas cosas. Es más, se recurre a tales eufemismos para justificar todo tipo de atropellos contra quienes se han consagrado a la formación y el estudio. En el caso que les cuento, la experiencia corre paralela a la formación y una cosa sin la otra, difícilmente se sostiene. Experiencia, sí, pero con una formación que ayude a tomar decisiones, mezcladas con cierta neblina de dudas, tal cual nos enseñara el maestro René Descartes.
Dudo que ella quisiera que la utilizara como ejemplo, pero en una época marcada por los cambios, muchos de ellos de extrema urgencia, estaría bien que todos nos planteáramos nuestras prioridades y actuáramos en consecuencia.
Es demasiado fácil apoyarnos en los demás, antes que buscar nuestra propia solución. No negaré la implicación directa de los legisladores y mandatarios en tratar de buscar soluciones a los problemas que nos persiguen en el día a día. No obstante, no estaría mal asumir las responsabilidades inherentes a vivir en nuestro mundo y comportarnos de una manera menos frívola y más responsable. Nos costará más, tendremos muchos más sinsabores, pero la recompensa, aunque escasa, merecerá la pena.
De otra forma estaremos expuestos a los caprichos de quienes sólo se preocupan por su propia seguridad y que no dudarán en aprovecharse de nuestras propias flaquezas para lograrlo.
No sé, puede que este caso sea una rara excepción en un mundo demasiado atenazado por la búsqueda de un bien que, al final, le está pesando como una losa de la que no sabe librarse para poder sobrevivir.
Eduardo Serradilla Sanchis
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