¿Tendrán que pasar?
¿Tendrán que pasar y echarlo abajo todo, sin piedad ni consideraciones; desmontar la memoria que consuela y que se alía con la justicia, reventar los soportes que tranquilizan a los necesitados, alterar los pilares del bienestar, enfermar lo sanitario, ignorantar lo educativo; favorecer a una camarilla para que pueda flotar —incluso sin mojarse— en el océano de una realidad donde una agitada masa —más desdichada, maniatada y amordazada que nunca— bracea para no hundirse en el marasmo; generar odios y malquerencias, potenciar ineptitudes, abanderar cinismos y variopintas violencias, estimular abismos, realzar mediocridades; repatrioterar con colorines lo ajado, lo desgastado de tanta penosa e insulsa loa a una nación de la que lo desconocen todo; cerrar las casas de auxilio, clausurar los espacios de convivencia y consuelo, armar a los fanáticos, suprimir las garantías legales, exprimir las paciencias, alentar las vísceras, chapotear en desechos, caldear ánimos, aniquilar a los indefensos, anular a los útiles, despreciar a los sabios, humillar a los trabajadores, escupir sobre la dignidad de nuestras mujeres, desangrar a los desiguales, mortificar a los que aman, importunar hasta el hartazgo a los filántropos; tendrán, tendrán, tendrán… para que de las cenizas de lo que termine quedando tras esta inmisericorde destrucción del mundo que hemos conocido —mejorable, sin duda, pero no merecedor de esta catástrofe— surja un grupo de personas serias, responsables, cabales, juiciosas, íntegras, rectas, formales, solventes, rigurosas, ecuánimes, confiables, conscientes de lo que se ha perdido y de lo que es imperativo que se vuelva a conseguir, y se logre, y se gane; y se consolide, y dure, y se proyecte en lo que quede de siglo, incluso en los que han de venir con posterioridad; y sea posible la unidad, pero la de verdad —no la de retóricas formas e imposibles contenidos— para que un régimen constituyente vuelva a formarse, libre de ataduras regias y de vividores, y de tipos emperchados sujetos a la sopaboba, y de mercenarios armados con argumentarios chipirifláuticos, y de bambús meciéndose en sus escaños al viento de los poderes fácticos, y de necios adiestrados en el aplauso fácil y las más zafias groserías, meros claques amarrados a ese sueldo que, con sudor y sacrificio, abona el mismo pueblo al que desprecian, y que el mejor país deseado pueda tener definitivamente una verdadera oportunidad para lograr, aunque impregnada la memoria del horripilante destrozo, su imperecedera y merecida prosperidad? ¿Tendrán que pasar? Para llegar al cielo, ¿primero el infierno? Así debe pensar el condenado a muerte mientras contempla al pelotón de fusilamiento.
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