Ni ''tontos'' ni tantos
Son muchas las páginas y memes en que en nuestros días se recurre al insulto como único argumento contra quienes, siendo personas trabajadoras empobrecidas o jóvenes sin vivienda e independencia económica, sin embargo, acaban sosteniendo discursos que parecen ir contra los propios intereses de su clase y votando a opciones conservadoras y ultraconservadoras.
Todos los días podemos leer diagnósticos de este tipo: “fachapobres”, “ignorantes”, “incultos”, “estúpidos” y demás calificativos dentro del mismo rango de desprecio. Y esos insultos proceden, con demasiada frecuencia, de personas y grupos de la izquierda mediática.
¿Confundir una decisión política con una incapacidad intelectual permite realmente comprender este fenómeno o nos aleja de ello? ¿No se esconde un desinterés real por la gente y sus problemas de siempre?
En el mundo clásico ya se conocía este modus operandi. Por ejemplo, Tucídides señalaba hace veinticinco siglos que el temor incidía en el juicio político, porque cuando las personas se reconocen inseguras, la coherencia ideológica no es un objetivo preocupante; se ocupan antes de su protección porque el miedo reduce el horizonte de decisión y desplaza la reflexión hacia la supervivencia súbita. Como cuando recibimos un pisotón: retiramos el pie de inmediato al extremo contrario, por instinto de protección, aunque al otro lado haya un abismo. Recordaré cómo de niña, mientras me ahogaba en el mar, por puro instinto de conservación de la vida, intentaba apoyarme con fuerza en la persona maravillosa que me socorría, hasta el punto de que requirió ayuda externa, pese a casi duplicarme en tamaño y peso. Una no se pregunta si es coherente intentar hundir a quien la rescata. El instinto no deja tiempo para esas preguntas. No tiene tiempo de eso. En la hostelería, por ejemplo, con horarios agotadores de apertura y cierre, adaptados a las exigencias del turismo, ajeno a los ritmos biológicos de quienes trabajan, con sueldos míseros que obligan a hacer horas extra mal pagadas, tampoco la gente tiene tiempo de hacerse preguntas muchas veces.
Para pensar también se necesita descansar. Un sistema que depende de la disponibilidad permanente del trabajador difícilmente favorece el descanso; y sin descanso, el pensamiento crítico se vuelve un lujo. Para eso, buenas dosis de fútbol, fiestas, romerías y macroconciertos; y Sísifo, a empujar de nuevo al día siguiente la piedra interminable de esta sinrazón.
El ser humano de hoy, según la sociología, psicología, filosofía y neurociencia, aun con el enorme progreso tecnológico, está rodeado de incertidumbres. En España, las cifras de los niveles macroeconómicos permiten a representantes políticos lanzar mensajes jubilosos desde los hemiciclos, sin embargo, padecemos los estragos de la crisis habitacional, sueldos precarios, emergencia climática, turistificación y ecocidios diversos, que, además, en Canarias están enmarcados por la colonización histórica, y agravados por una colonización de la política, que también es histórica. Esto lo que produce entre las personas más desfavorecidas por el sistema es miedo económico, ansias de reconocimiento y sensación de abandono.
No obstante, ¿por qué no nos preguntamos con honestidad cuál es el verdadero problema, antes de insultar de una forma tan simplista? No parece lógico que nadie se acueste sensato y se levante una mañana con la decisión tomada de votar contra sus propios intereses. Quizá sea la mezcla de experiencias, emociones, identidad, expectativas con la cultura en general, el lenguaje y los medios de comunicación y redes sociales las que incidan en las decisiones políticas.
La sociología también (Pierre Bourdieu, Gramsci…) ha abordado en profundidad este fenómeno, y más nos valdría tenerla en cuenta, porque cuando las instituciones hablan un idioma que la gente no entiende y no se escucha a la más desfavorecida —proceda de donde proceda—, esta termina buscando respuestas en el otro lado, el lado oscuro del miedo. En la oscuridad todo es confuso y siempre hay allí quienes se manejan muy bien, con gafas de infrarrojos —¿será casual el nombrecito? El mismo Plutarco argumentaba que quienes prometen prosperidad no siempre atraen al pueblo. Este es más proclive a seguir a quienes le dan la sensación de dignidad, pese a ser falsa o falseada. Otra cosa distinta, demasiado prolija para abordarlo ahora, es cómo el liberalismo y los imperialismos tecnocráticos recientes trabajan afanosamente para manejar voluntades, mediante falsas verdades, el control de los medios y los bulos a través de los algoritmos.
En la farsa —comedia— predominan los disfraces ridículos, como esclavos vestidos de amo; los malabarismos con el lenguaje y el cinismo —“hijo de fruta”—; la música, como los macroconciertos; y un final festivo, como romerías, festival de sensaciones — copa y tapa—, que buscan la diversión momentánea por encima de todo, por encima del rigor y la honestidad y que dan la falsa sensación de prosperidad. En la farsa romana, Plauto ejercía la crítica subversiva a través de los actores; el problema es cuando la farsa salta del escenario y los personajes se confunden entre el griterío en el patio de butacas y comienzan a ser insultados. Ahí ya es difícil vislumbrar el retorno, detectar qué hay detrás de las máscaras, bajar el telón y encender las luces.
Por otro lado, según datos del CIS, en España, son entre el 25% y el 35% de votantes, que se autoidentifican dentro de las clases bajas, pobres o trabajadoras, las que se inclinan por votar a opciones de derecha. Pero no existe un patrón único en el que “los pobres” voten de una determinada manera, sin una coyuntura compleja que lo propicie. Suponer este voto extensible a toda la clase trabajadora, puede invisibilizar su diversidad política; y reducir el problema a la idea de “la ignorancia” y “la estupidez” también contribuye a su revictimización.
Por tanto, en mi opinión, que un porcentaje determinado entre las rentas más bajas apoye posiciones políticas conservadoras o destructoras de sus propios derechos adquiridos —como ya ha podido observarse en Argentina—, no puede evidenciar una súbita pérdida de neuronas colectivas. Más bien nos debería obligar a preguntarnos cuándo y por qué se rompió el vínculo entre su experiencia cotidiana y quienes debieran representarle, gobiernos, partidos y sindicatos. En este punto la inteligencia es como la energía, ni se crea ni se destruye, se transforma. Es el miedo con todas sus máscaras. Si no hay un tejido comunitario ecosocial, sólido, que actúe de red cuando la gente se tambalea, el miedo ante el abismo, conduce a tomas de posición escoradas al conservadurismo, donde se siente rescatada y, en apariencia, dignificada.
Por último, detrás del insulto, creo que hay otra cosa que revisar, algo incómoda también, pero más camuflada. Se trata del desprecio, que no es otra cosa que una forma de aporofobia. En mi opinión, el problema es que se ha sustituido el esfuerzo por comprender, por la comodidad de despreciar. Se acepta, usa y abusa de la gente pobre siempre que vote correctamente —pese a las traiciones continuadas para que siga manteniendo el sistema sobre sus espaldas—, pero se la desprecia cuando deja de hacerlo. Es entonces cuando la víctima se transforma en culpable. ¿Y qué hemos hecho en realidad? Dejarla sola en medio de la confusión. Esa sí se me antoja una forma sutil y perversa de traición, con la que salimos perdiendo todas, menos el lado oscuro.
¿Quiénes son “los tontos” entonces? El CIS no arroja datos sobre esto. Pero intentar comprender la complejidad que nos lleva al insulto y al desprecio, es aprender más de nosotras, ser mejores para colaborar con las demás para que también puedan ser mejores. En mi opinión, intentar comprender todos estos condicionantes, los de “las otras” y “los nuestros” hace que Tucídides y Plutarco sigan siendo contemporáneos.
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