Sueño carnavalesco. El grito de Polifemo (Puertito de Adeje IV)
“Empiezan por el nombre. Nos despojan del lenguaje y con ello de la realidad que nombra. Con un solo gesto nos hurtan dos elementos identitarios, inherentes a toda cultura. ¿Qué queda luego sino la herida abierta, un llanto callado desde las tripas por la pérdida de lo que fuimos y de lo que renegamos, necios del olvido? Un duelo eterno por la entrega servil de los poderes institucionales y un entierro en vida de un pueblo que no mira para no ver, porque prefiere continuar en el sueño carnavalesco y encallecido de colonia atlántica samborondiana, bajo el trópico de Cáncer, como si nunca hubiera existido”.
Hoy quiero referirme a los nombres con que se rebautizan los lugares de las islas porque, según necias declaraciones de personajes políticos habituales en los medios, “es bueno para el turismo”. Así que, amparándose en su cínica tesis, espacios que fueron singulares —según lo atestigua su anterior toponimia conectada con la historia aborigen, colonial o con cualquier otra circunstancia referencial sociológica— se transforman en no lugares, lo que es un modo de colonialidad por medio del lenguaje, que funciona de puerto de entrada para el robo de la identidad. Renombrar es reescribir el territorio desde fuera, imponiendo una narrativa que beneficia a visitantes y no a habitantes.
No es un fenómeno nuevo. Todos los pueblos colonizadores antiguos lo hicieron, también griegos y romanos. Piénsese en todas las Alejandrías —unas 70 entre reales y legendarias— desde el Mediterráneo a la India, por la expansión del macedonio Alejandro Magno, aunque la más conocida es la Alejandría egipcia. En cualquier caso, esta es una forma nada casual de marcar territorio. El conquistador llega, ve y vence (el “veni, vidi, vici” de Julio César); en el caso nuestro, llega, rebautiza y borra identidad. Pero no hay ocupación pacífica sin colaboradores. Estas conquistas suelen empezar cuando las élites locales entregan el nombre del lugar antes incluso de entregar la tierra. El cambio de nombre confirma la nueva soberanía y así el lugar deja de pertenecer a la historia local. El lugar se transforma en un logo.
Sirvan como ejemplos algunos del sur de la isla de Tenerife, pero son muchísimos en las islas, cientos posiblemente.
El nombre de El Puertito de Adeje se pretende sustituir por otro, irónico e insultante. La urbanización, que está destruyendo con sus excavaciones y extracciones un lugar singularísimo por su enorme riqueza patrimonial, está, desde su nacimiento, plagada de aparentes irregularidades y supuestas ilegalidades, denunciados a través de los medios, por Tagoror Permanente, la asociación Puertito Libre, Imastanem, Salvar el Puertito y hasta por Greenpeace y por la propia Fiscalía Provincial. Pese a todo esto, ya mucha gente le ha comprado, sin darse cuenta, el nombre de Cuna del alma, incluso quienes luchan por la defensa del territorio y del patrimonio, porque los padrinos del nuevo bautizo tienen mucho dinero, y al final cala el relato del poder en todos los cerebros.
Otro caso es el lugar llamado El Guincho, en la costa de San Miguel de Abona, por cuyo nombre ya nadie lo conoce, sino por el nombre de las urbanizaciones de chalets y hoteles, que ocuparon la zona, Golf del Sur y Amarilla Golf, hace ya décadas.
También en Playa de las Américas, junto a las antiguas salinas, hoy desaparecidas en pro del turismo, hay una roca llamada El Guincho, que dio nombre al espacio, al que el propio ayuntamiento le ha colocado un indigno cartel con el nombre de El Dedo, como reclamo para surfistas —que así suelen llamarlo—.
El Guincho es un águila pescadora. Tiene mucho sentido el topónimo que nombraba ambos espacios de la costa sureña, en las que unas rocas sobresalientes sirven de atalaya para estas aves, desde donde pueden avizorar a sus presas incautas y felices bajo la superficie marina. Al desaparecer el topónimo que atestiguaba el lugar como único, el patrimonio lingüístico, símbolo identitario del pueblo, pasa a ser la presa incauta; las aves depredadoras son ahora las constructoras y sus conniventes y facilitadores —inversores autóctonos o foráneos y organismos gubernamentales—. Y lo que era un ‘lugar’ se convierte en escena, como explica, contextualizando, el antropólogo —oriundo del sur— y profesor de la ULL, Ramón Hernández, en el artículo citado a pie de página.
Otro caso bochornoso es el de una punta en Las Galletas, junto a la Playa de La Ballena, antiguamente conocida por El Cagado, según testimonio de antiguos pescadores. Así consta además en los mapas de Grafcan, la empresa cartográfica del Gobierno de Canarias. Al parecer, el nombre fue cambiado por el rico propietario de los terrenos aledaños, asociado con una empresa belga —para construir una ciudad turística. El topónimo antiguo no debió de parecerles muy comercial. Hoy conocido por Ten Bel (Tenerife/Bélgica) o Costa del Silencio, otro nombre que apunta irónicamente contra la dignidad de un pueblo.
¿No es acaso El Cagado un hermoso topónimo que evoca en nuestras mentes situaciones divertidas y escatológicas en las que podemos imaginar personas en cuclillas escondidas, algunas, tras una tabaiba, otras, entre aulagas o tras una roca guincho? ¿No las vemos, incluso, corriendo tierra adentro, apresuradas por un repentino chingo —quién sabe si por comerse un higo chumbo soleado— y, sin que les dé tiempo de alcanzar refugio discreto, nos plantan en la mirada su trasero —porque somos unos jocicudos mirones? ¿Dónde hallará ahora amparo la memoria colectiva? Por medio de los nombres la memoria nos conduce por una escenografía que completa nuestro acervo de imágenes. Se trata de las imágenes que se convierten en verdaderas historias de lugares con verdad, como lo era El Cagado.
Me ha venido a la mente el mito de Polifemo, pero advierto de que el mito me sirve más que nada para reflexionar sobre el vaciado del lenguaje.
En La Odisea se nos canta que Ulises, gracias a su astuta estratagema, se salva del cíclope. Cuando al llegar este le había preguntado por su nombre, aquel le respondía “Nadie”. Unos versos más adelante, después de que Ulises le hubiera clavado la estaca en el único ojo que tenía, Polifemo pide ayuda a sus compañeros que le preguntan quién lo había atacado, a lo que él respondía “Nadie”. Por tanto, nadie acude a socorrerlo. Es el resultado del lenguaje vaciado con intención burlesca.
El lenguaje, vaciado de referencia, convierte la violencia en algo invisible e imposible de socorrer. Si esto lo llevamos al fenómeno de la turistificación, vemos algo semejante. Cuando el lugar pierde el nombre que condensaba historia, memoria, usos…, y se le da un nombre comercial o en inglés, comienza para él una odisea a la inversa y perversa, porque este deja de decirse a sí mismo en un viaje iniciático hacia el abismo cultural.
Es opinión extendida que el nombre dota de existencia, pero quien se llama Nadie no puede ser localizado, ni acusado ni juzgado. Así ocurre con los lugares, que dejan de existir como sujetos históricos y de ser puertos, pueblos de pescadores, rincones de pesca, cuevas de escarceos amorosos; y aquellos charcos de chapoteo infantil, ajenos a los gritos maternos perseguidores con Nivea en mano, pasan a convertirse en un producto, una postal, una zona sin ecos familiares ni evocaciones entrañables, ni entroncables con una cultura propia.
Ya puesta a encontrar ecos en el mito, de la violencia sufrida por Polifemo tampoco hay responsable, al no podérsele nombrar. De igual modo, en la pérdida de la memoria de un pueblo no hay un culpable claro. Nadie es el mercado, la marca Canarias, la demanda turística…
Ulises, héroe civilizado, viajero y astuto, es el que se desprende de su nombre para ganar. Cambiar los nombres de los lugares porque “es bueno para el turismo” es también un gesto de poder, pero este es un gesto de poder colonial que conlleva quedarse para imponerse. Ulises en cambio se va. En esta odisea inversa no se pierde el héroe, sino el lugar que, al perder su nombre, se convierte en Nadie. Si nadie sufre, natural que nadie responda.
Por último, Polifemo grita de dolor. Los barrios, playas, costas, el Puertito de Adeje, el vecindario, el Tagoror Permanente, el Frente Común de Canarias, cantantes, poetas, activistas y ciudadanía, también gritan —manifestaciones, ruedas de prensa, publicaciones, redes...—, pero el grito es la antesala del juicio. Si culpables y responsables no lo han oído, cuando aún era aire herido, lo escucharán en la palabra urgente del silencio como última cortesía, escrito en expedientes, firmado por jueces y sellado por la ley. La justicia es lenta, pero confiamos en que no sea sorda.
Por todo lo anterior, propongo a quienes lean este artículo arrancarnos la máscara de todos esos nombres, que nos des(hist)orientan, y recuperar los auténticos, pero quizá esto sea “...una provocación a la quietud y a la conformidad de un pueblo acostrumbrado a permanecer callado…». Por la misma razón les invito a leer el libro completo de este autor que cito, Ignacio Gaspar —a mi juicio, tan local como universal— , y subirnos al carro de su onírica odisea hasta llegar al baile de la Hoya de los Tapados.
1. Del lugar a la escena. Ramón Hernández Armas. Antropólogo. Museo de Antropología de Tenerife. Revista El Pajar, n.º 15, 20003
2. Cita de Baile de Tapados (pág. 70). Ignacio Gaspar. Baile del Sol Ediciones.
Sobre este blog
Espacio de opinión de Canarias Ahora
0