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Trump, el ‘gran dictador’ del siglo XXI

3 de enero de 2026 13:45 h

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Imagínense que hace una década un cineasta realizara una ficción en la que un presidente del Partido Republicano de Estados Unidos decidiera enviar a la Guardia Nacional a intervenir en ciudades gobernadas por los demócratas o pusiera en marcha una auténtica cacería contra personas migrantes; que jugara a repartir aranceles por el mundo según sus particulares criterios; que castigara económicamente a las universidades que no comulgan con sus ideas reaccionarias y persiguiera a los defensores de los derechos humanos, prohibiendo su entrada al país o congelando sus cuentas corrientes. Amenazando sin el menor disimulo a los periodistas y a los medios de comunicación críticos. Proponiendo convertir a la Gaza destruida por su aliado Netanyahu en un resort turístico. Despreciando a la Unión Europea y apoyando a sus partidos ultraderechistas como salvadores patrióticos. Bombardeando impunemente Venezuela al margen de cualquier legalidad internacional para así sustraer su enorme riqueza petrolífera. Atacando hasta cinco estados en 2025, al margen de Naciones Unidas, coqueteando permanentemente con otro reaccionario como Putin… 

Pensaríamos, sin duda, que se trata de todo un derroche de desmesurada imaginación, de circunstancias anómalas imposibles de plasmar en la realidad de la veterana democracia estadounidense y, asimismo, en un mundo con unas mínimas reglas de juego internacionales. Sin embargo, todo eso y mucho más está ocurriendo desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca en enero de 2025; y todo apunta a que esa situación autoritaria -bañada con intervenciones excéntricas, disparates e insultos-, se consolidará e incrementará en el periodo próximo. Chaplin podría hacer hoy una versión actualizada de El gran dictador.

En el ámbito de la seguridad, Trump cuestiona la Alianza Atlántica, al aplicar una política unilateral que deja a Europa en situación de enorme debilidad. En materia económica impulsa una política proteccionista con la imposición arbitraria de aranceles. Sus decisiones regresivas se reflejan también en los propios Estados Unidos, con el desmantelamiento de las ya débiles políticas públicas y de cohesión social, además de poner en grave riesgo las libertades y derechos cívicos con su xenofobia, racismo y machismo. Reduciendo, además, la democracia, gobernando por decreto y dejando en un plano secundario a los órganos de representación ciudadana. 

Seguridad Nacional

En el documento de Estrategia de Seguridad Nacional presentado el pasado mes de diciembre se expresan las prioridades del trumpismo y, también, sus contradicciones. En un análisis realizado por el instituto Elcano se destaca como se ensalza a Trump como “presidente de paz”, al tiempo que se ordenan operaciones militares más que discutibles en El Caribe o se amenaza con un cambio de gobierno en Venezuela. 

Además, los expertos del instituto Elcano señalan que la Estrategia “exalta la soberanía mientras parece dispuesto a recompensar a Rusia pese a su violación de ésta en Ucrania. Proclama derechos naturales ”otorgados por Dios“ frente a un trato cruel a inmigrantes y refugiados; promete preservar la ventaja estadounidense en ciencia y tecnología mientras recorta la investigación”.

Las referencias a Europa son claras. La considera en declive, se le deslegitima, instando a Estados Unidos a “cultivar la resistencia a la trayectoria actual de Europa dentro de las propias naciones europeas”. No se corta a la hora de plantear una clara injerencia política mediante el apoyo explícito a las fuerzas de extrema derecha (a los partidos “patriotas”) poco o nada europeístas. Trump quiere una Europa más débil, más fragmentada, menos cohesionada, y para ello cuenta con poderosos aliados que cada vez disponen de más poder electoral y presencia en los gobiernos. Al tiempo, Trump impone a los estados integrantes de la OTAN incrementar hasta el 5% el PIB su presupuesto armamentístico. Gasto que, sin duda, beneficiaría en gran medida a la industria militar estadounidense. 

El negacionismo climático es otro de los ejes del trumpismo. Abandonando el Acuerdo de París. Mostrando sus fobias hacia las energías renovables, los coches eléctricos o la racionalización y el ahorro en el consumo del agua. Su rechazo firme a la agenda verde y a las medidas para hacer frente a la Crisis Climática. Defendiendo la continuidad del uso y extracción de los combustibles fósiles y embelleciendo sus consecuencias. Un informe del Departamento de Energía llega a afirmar que “la creciente cantidad de CO2 en la atmósfera influye directamente en el clima terrestre al promover el crecimiento de las plantas, mejorando así el rendimiento agrícola y neutralizando la alcalinidad de los océanos”.

Todo por y para los más ricos

También es diáfano su repudio a la solidaridad internacional. Como muestra el desmantelamiento de la USAID, Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, organismo encargado de canalizar los programas de cooperación y ayuda humanitaria. Lo que afecta a millones de personas, que se quedan sin programas de acceso al agua potable, vacunación, asistencia médica a recién nacidos en zonas de guerra o acciones frente a la desnutrición infantil. Las organizaciones humanitarias consideran el cierre de la USAID una catástrofe de dimensiones históricas.

Además, y en plena sintonía con lo que vienen haciendo las extremas derechas en todo el mundo, Trump defiende una fiscalidad claramente regresiva, en la que se disminuyen o eliminan los impuestos a los más ricos. Y que tiene como directas consecuencias la disminución del papel del Estado, el recorte del gasto social y el incremento de las desigualdades.

Todo ese conglomerado de ideas y prácticas van dibujando un mundo en el que las democracias son cada vez más formales, más vaciadas de contenido y poder real. En el que las grandes decisiones económicas, sociales o medioambientales no les corresponde implementarlas a los parlamentos y gobiernos, sino a los grandes poderes económicos. En el que se protege a los más ricos y se desprecia a los más vulnerables. En el que se trata de desprestigiar y neutralizar a los organismos internacionales.

Los riesgos no son menores. Steven Forti, profesor titular en el Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universitat Autònoma de Barcelona, asevera en la revista Galde que estamos viviendo “la primera gran ola desdemocratizadora desde 1945 con la sustitución paulatina de sistemas democráticos pluralistas por autocracias electorales. Hace veinte años más de la mitad de la población mundial vivía en democracias plenas, ahora menos del 30%. Si no conseguimos romper esta tendencia, las democracias pueden lisa y llanamente extinguirse”.

En el caso del Estado español son directas las conexiones entre el trumpismo y Vox. Pero las posiciones ultras también están presentes también el PP, como es el caso de la presidenta de la Comunidad de Madrid, que defiende planteamientos muy similares a los de las extremas derechas europeas y mundiales. En ambos partidos, como en algunos de sus satélites, es nula la crítica a las constantes barbaridades de Trump.

Este año de trumpismo ha ido construyendo un mundo peor, más injusto, más violento, más autoritario, menos democrático. Sustentado por un gran poder militar, económico y mediático. Con consecuencias muy graves para el conjunto de la Humanidad. Pero, afortunadamente, comienzan a producirse algunos hechos que demuestran que es posible levantar alternativas a ese tsunami reaccionario. 

Con hitos como la victoria electoral de Mamdani, con un programa progresista -congelación del precio de los alquileres, financiación pública para la construcción de 200.000 nuevas viviendas asequibles, transporte público gratuito y eficiente; cuidado infantil gratuito para niños y niñas desde las seis semanas hasta los cinco años, supermercados públicos a bajo coste…), que este 1 de enero se estrenó como alcalde de Nueva York. Demostrando que las extremas derechas trumpistas pueden ser derrotadas con programas que respondan a las necesidades más acuciantes de la mayoría social. Ese es el camino, junto a la unidad de las fuerzas progresistas, para defender las libertades y las conquistas sociales, la diplomacia y la paz.

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