El riesgo de combatir los trastornos mentales con pastillas y no con terapia

Alma (nombre ficticio), una joven de 23 años con síndrome depresivo y Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG)

“La gente te dice que por un ataque de ansiedad no te vas a morir, pero cuando te pasa, tú realmente sientes que no lo vas a poder controlar”. Alma (nombre ficticio) tiene a sus 23 años un síndrome depresivo y un Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG) diagnosticados. Toma medicación tres veces al día, y acude a terapia de forma semanal por la sanidad privada gracias a los ahorros de su madre. El 2 de noviembre tiene concertada una cita a través del Servicio Canario de Salud. Un encuentro por el que lleva esperando ocho meses y que el parón provocado por la pandemia de COVID-19 ha retrasado aún más. “He pasado mucho tiempo solo con medicación esperando a que me vea un profesional y lo que he hecho es empeorar”, cuenta. La psicóloga clínica Esther Sanz especifica que la primera elección debe ser los tratamientos psicológicos, trabajar con las personas y darles herramientas para aprender a gestionar lo que está pasando y lo que está por venir. Los fármacos, por el contrario, deben concebirse para momentos puntuales. 

La falta de profesionales y de inversión en la salud mental –este sábado se celebra su Día Mundial- desde la Sanidad Pública han invertido el orden, y es “habitual” que los médicos de cabecera receten psicofármacos. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en España hay una media de seis psicólogos por cada 100.000 habitantes y, en Europa, la tasa es de 18 por cada 100.000 habitantes. La consecuencia principal de tratar los problemas de salud mental con pastillas y no con acompañamiento terapéutico es la generación de dependencia respecto a los fármacos. “Los pacientes pueden asociar la sensación de bienestar a la medicación. A corto plazo te elimina el malestar, pero en algunos casos se termina cronificando, produciendo la enorme dependencia que hay en todo el mundo de los psicofármacos y las consecuentes dificultades para dejarlos”, subraya Sanz. 

La profesional critica que la media de inversión en salud mental se sitúe en un 2%. “La vía de entrada al sistema sanitario para las personas es su médico de cabecera, que intenta solventar el malestar con las herramientas que tiene. Si estas cifras cambiaran, tendríamos más recursos para hacer un acompañamiento psicológico a las personas. Quitaríamos muchísima presión a los doctores de cabecera. No es cuestión de buenos o malos, hacen lo que pueden”, valora. Un ejemplo de esta carencia es la falta de psicólogos contratados en las Urgencias, donde los pacientes son atendidos por psiquiatras.

Para Alma, la ansiedad es una “respuesta de la mente y del cuerpo a un miedo o amenaza que puede ser real o no”. “Cuando te da un ataque de ansiedad lo pasas mal. Se te duermen las extremidades, te falta el aire, y sientes que no puedes controlarlo. El propio cuerpo está preparado para bajar ese estado, pero sientes que no puedes, te pones más nerviosa y es un bucle”, relata. La medicación es para la joven un rescate, pero sabe que la solución está en aprender a gestionar estos episodios. 

“Cuando se ha sufrido un duelo muy grave, por ejemplo, tiene sentido recetar durante una semana un hipnótico para dormir. Con principio y con fin, y con tiempos cortos. Al mismo tiempo hay que darle a la persona herramientas psicológicas para que pueda seguir defendiéndose ante los problemas que van a seguir llegando”, aconseja la profesional. Priorizar los fármacos frente a la terapia deriva, según Esther Sanz, en carencias para adaptarse a los problemas del día a día. Las personas dejan de tener herramientas para enfrentarse a las adversidades. “La salud mental es un hábito que permite superar estos obstáculos. Si no aprendo a generar estos instrumentos, voy a ser una persona más frágil que se va a desbordar con más facilidad ante todo, intentando evitar el malestar”, destaca. 

Los profesionales han percibido un incremento de trastornos de ansiedad entre la población joven, vinculada en ocasiones a la presión laboral y a la incertidumbre que se vierte sobre su futuro, intensificada tras la crisis económica y sanitaria de la COVID-19. La “dictadura del bienestar y la imposición de la felicidad por decreto” son factores culturales que también influyen en la salud mental. “Existe una baja tolerancia a la frustración, una lucha constante por evitar el sufrimiento y buscar el bienestar inmediato. Esto conduce a una sociedad más infantilizada, sin herramientas para transitar en el sufrimiento y hacer frente a las adversidades. Directamente se intenta no tener adversidades”, detalla la psicóloga clínica. “Mientras estudiamos nos sometemos a mucho estrés, y cuando salimos a la actividad laboral no encontramos salidas. Es un mundo de competencia y exigencias que no todo el mundo está preparado para afrontar de manera positiva”, valora Alma. 

El mal uso de las redes sociales es uno de los cómplices de esta dictadura ficticia de la felicidad. Falsear la imagen de uno mismo y sucumbir a la tendencia de que todo debe ser rápido e inmediato hace que “no aprendamos a parar”, ni a discriminar lo que genera tranquilidad o malestar. La profesional destaca que la segunda causa de muerte entre los jóvenes es el suicidio. Para Alma, la insuficiente inversión en salud mental y la falta de información sobre los trastornos mentales explican la poca sensibilización e incluso la discriminación que sufren las personas con este tipo de problemas en su entorno. “Siempre se juzga a las personas que lo sufren, y se cree que lo exageran, que se puede controlar”. 

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10 de octubre de 2020 - 11:13 h

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